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El fuego de la heterodoxia

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Era socarrón y tímido, noctámbulo pero comedido, un bohemio amable que nunca dio que hablar por sus excesos, algo también insólito en un mundillo tan desmedido. Aficionado cabal, fue respetado por los gitanos aunque él no lo fuera. Desde joven, viajó por medio mundo solo o en compañía de otros. Desde entonces, quizá a bordo de los aviones que tanto amaba, supo que no había fronteras. "El flamenco es mestizaje, la mezcla ha reinado siempre, una música de mezcla de barrios, de pueblos, de casas", decía.

Enrique Morente llevó al flamenco el espíritu de mayo del 68. Lo mismo escoltaba a Carlos Cano en su primer disco entre sus muertes paisanas median diez años, que viajaba en 1970 hasta Bruselas para cantar versos de Miguel Hernández ante 5.000 emigrantes españoles. La próxima semana iba a volver a hacerlo en España junto a Luis García Montero. El exilio español le aplaudía de México a París, donde logró casar el quejío con la poesía de Machado.

Exploró la memoria cantaora a través de los cantes de Cádiz de Aurelio o del rajo de Chacón por boca de Pepe el de la Matrona, pero también reivindicó la memoria histórica y las libertades de la Transición, como en aquel mítico recital suyo en la Facultad de Medicina de Granada en 1975. Muchos recordarán siempre a aquel "cantautor de aire agitanado", como lo llamó un periodista, y su impresionante toná en el polideportivo de Anoeta en Donosti cuando, en 1989, se sumó a un homenaje a Imanol, amenazado por ETA.

Fieramente humano, su obra discográfica no sólo juega con el fuego de la heterodoxia y la fusión con otras fuerzas de la naturaleza melódica Macama Jonda, voces búlgaras, Leonard Cohen, Pat Metheny, Khaled, Lagartija Nick, Sr. Chinarro o Los Planetas, sino que en la intimidad cantaba canciones de Brassens. Siempre gustó de ponerle voz a textos líricos clásicos o contemporáneos, entre Almutamid y San Juan o José Hierro y Ángel González. Con su palabra, creyó en estrellas de esperanza, luchó contra la guerra de Irak o a favor de Lula da Silva, por los saharauis y los palestinos.

Casado con la bailaora Aurora Carbonell, disfrutaba escuchando a su suegra contar sucedidos de Lola Flores. Y también tuvo tiempo para apoyar a sus tres hijos artistas Estrella, Soleá y Kiki sin descuidar a compañeros como Mayte Martín, a la que escoltó en El Molino de Barcelona, casi en capilla para el quirófano.

Lo mismo abarrotaba estadios y grandes teatros que La Tertulia de Granada, donde en abril se lució de improviso ante medio centenar de afortunados. Cuando algún purista le afeaba sus coqueteos con el rock, él se guaseaba: "Soy de Liverpool. Me vine a Granada cuando me echaron de los Beatles".