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Gerardita

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Le había puesto un chándal del Atlético de Madrid y unos zapatos cómodos para viajar en avión así que le dije: Lola, mi padre va a una boda. No me lo puede vestir así.

Perdone señorita, pero su padre no quería otra cosa.

En la maleta iba el traje planchado y doblado con precisión. Planchados hasta los calzoncillos. Aunque era un traje que yo no le habría elegido: negro con rayas blancas, aunque al menos oscuro y de su talla actual.

Yo intentaba que se acomodara en el asiento delantero y él se dejaba hacer, con una fervorosa sonrisa y tirando, poco convencido, del cinturón de seguridad.

Salimos de Madrid sin problemas. Era sábado. Las ocho de la mañana. Podríamos haber viajado el viernes pero entonces habríamos tenido dos celebraciones, la boda y la despedida de soltera, además de dormir en casa de ella la primera noche, idea indeseable.

La puerta estaba cerrada. Aparqué a la sombra y apagué el motor. Bajé las ventanillas pero entró un calor sofocante. Conté tres minutos para que mi padre recordara su vida

Cuando llevábamos una hora de viaje me di cuenta de que me había olvidado de ponerle música.

Papá, ¿quieres oír música?

Se encogió de hombros.

¿Quieres que te ponga a John Denver?

Volvió a encogerse de hombros.

Le puse el parasol.

¿Sabes quién es John Denver?... Papá, ¿quién es John Denver?

¿Un señor?

Tanto desapego no debía de ser malo, así que continué:

¿Y sabes quién soy yo?

Mi hija.

¡Muy bien, papá! ¿Qué hija?

¡Gerardita!

No. Soy tu hija Paloma.

Mi hija.

Paramos en una estación de servicio y lo dejé en el coche. Entré en la cafetería para desayunar y pedí un descafeinado y un cruasán. La camarera coqueteaba. Venía a Guadalajara a las seis de la mañana en autobús, cada mañana. Era nicaragüense, soltera y del tipo de coqueta que considera el capitalismo una prolongación de sus armas de seducción. Carmencita. Consumir era su maquillaje, le sugerí. Desprecias a los Estados Unidos porque nunca te ha costado la vida beber una coca cola, me contestó y yo le dije que odiaba la coca cola. Pues unos tejanos, dijo, odio los vaqueros, dije. Y luego dejó caer que yo era una malcriada afortunada y yo la llamé maleducada victimista porque me sabía la historia de la pobrecita de los países que han tenido un gobierno de izquierdas y se deja explotar, satisfecha, en el reino del capital.

Papá, con sonrisa boba, se alegró al verme:

¿Te has aburrido?

Se encogió de hombros.

¿Quieres un croasán?

Nuevo encogimiento de hombros.

¿Chocolate?

...

¿Chocolate sí, verdad?

Tanto desapego no debía de ser malo, así que continué: ¿Y sabes quién soy?Mi hija.¡Muy bien, papá! ¿Qué hija?¡Gerardita!No. Soy tu hija Paloma

Así que volví a la cafetería para comprarle una barrita de chocolate y Carmencita me sonrió malévola como si volviera a pedirle perdón y le pedí su teléfono.

Dos discos de John Denver después, me di cuenta de dónde estábamos y se me ocurrió una idea genial. Aparqué en un área de descanso. Un pedregal y chopos. Por ahí debía de andar el río.

Papá sudaba pero no quiso que le quitara la parte de arriba del chándal porque tenía frío y yo me acordé de mi madre. En sus arrebatos de odio nos decía que dormir con él había sido la mayor tortura de su vida porque papá era friolero, de manta en verano. No puedo imaginarme nada parecido a una vulnerabilidad paterna. No pienso en él es decir, en mi padre cuando yo era pequeña como una persona que pudiera tener frío o calor. Tampoco sé si lo consideraba una persona o una presencia, ni si ha supuesto alguna autoridad no reconocida. Pero eso qué más da. Ahora pienso en él como hombre. No un hombre en esos términos, sino una persona en su mínima expresión. La cantidad de carne y de espíritu justos para hacer un ser humano.

¿Te acuerdas de mamá?

Se encogió de hombros y le expliqué que mamá y él pasaron aquí su luna de miel. Por ahí abajo, en los chopos, en el famoso balneario.

No se acordaba pero podría tratarse de un tema espinoso que no quisiera tratar conmigo, así que lo monté en el coche y entramos en el pueblo. No sé si mi hermana había tenido la idea de que la llevara del brazo al altar. La verdad es que no me había dado cuenta de que probablemente era lo más normal y efectivamente eso habría pensado ella. Pero no sé si era consciente de la cantidad de implicaciones que eso podría tener en nuestras vidas, que mi padre la llevara al altar.

Tras dar varias vueltas llegamos a un muro de piedra con una puerta verde y el cartel del balneario. La puerta estaba cerrada. Aparqué a la sombra y apagué el motor. Bajé las ventanillas pero entró un calor sofocante. Conté tres minutos para que mi padre recordara su vida.

El primer minuto lo pasó mirando la puerta verde y el muro. Después empezó a jugar con los botones de la ventanilla.

¿Quieres que cierre?

Se encogió de hombros.

¿No te molesta el calor?

El resto del viaje lo pasamos jugando. Al cruzar el Ebro le recordé el Romance del Río Duero:

Río Duero, Río Duero, nadie a acompañarte...

Baja.

Nadie se detiene a oír tu eterna estrofa de...

Agua.

La poesía puede ser una herramienta para recuperar la memoria, pero como no sé más poemas seguí con los coches que había tenido cuando vivía con nosotras: 127, 131, Supermirafiori.

Supermirafiori.

Y luego con los pisos: Muntaner 128, Ibiza 55, Plaza del Conde de Toreno. Y así hasta la casa de mi madre, por si acaso.

En el baño de mujeres de una gasolinera de La Rioja hizo sus necesidades. Le limpié la cara y lo vestí, pero sin corbata, que en todo caso le podría poner mi hermana. Y efectivamente, cuando llegamos a Laguardia, Ana me pidió la corbata y el hermano de su prometido le hizo el nudo a mi padre, no sin que ella le hubiera dado un abrazo que papá asimiló con una sonrisa aún más boba que de costumbre, algo traicionera.

Luego, aunque intenté impedirlo, papá fue conducido de grupo en grupo. Un coro de vecinos entonaba canciones irlandesas. Todo el mundo era amable y abierto. Y, evidentemente, Ana se agarró de su brazo y lo condujo al altar, muy delgado y digno, provocándole no sé qué que no quiero imaginarme.

Por la mañana daba cierta tranquilidad verlo dormido con algunos rasgos que un observador imparcial podría encontrar familiares, aunque él todavía no pudiera considerarse una persona 'de mi vida'. Le dejé que durmiera dos horas más.