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La lucha

El rostro de Ana María Matute se ha dulcificado. La joven de labios rojos, que ya habría escrito Luciérnagas, se transforma en la mujer del retrato de Colita: levanta las cejas dibujando un gesto de asombro y bondad que se ríe de cosas que los demás no podemos ver. Hoy una anciana de pelo blanco nos cuenta cuentos sobre el cuarto oscuro con un lirismo que expresa, no el malestar ante la vida, sino ante la Historia.

Ana María Matute se interesa por lo pequeño, por la parte perdida o invisible de lo visible: la infancia, los desfavorecidos, los duendes del bosque, incluso por el relato como género 'menor.' Se interesa por las mujeres. Es una escritora consagrada a la que no se le caen los anillos por ayudar a autoras jóvenes. Una exploradora de reversos: de la perversidad de la inocencia y al revés. Sabe que la literatura es triste, como la vida, pero que el ser humano debe luchar con optimismo. Es gramsciana y, aunque no le interesa la política, en el punto seis de su decálogo, hace un aserto perfectamente político: 'Lo políticamente correcto casi nunca es literario'. Ana María Matute, que no se dejó enterrar en los años oscuros, teme que la entierren viva. Hay palabras que no se sabe si son más horrorosas en su sentido literal o metafórico. Una modesta Ana María no valora hasta qué extremo sus libros son ideológica, social, políticamente rompedores: cambiaron la realidad de las mujeres, sobre todo, de las que escribimos en público. Virginia Woolf dijo que las escritoras tendríamos que llevar flores a la tumba de Aphra Benn. Hoy las escritoras españolas felicitamos a Ana María: sin ella, sin Laforet o Martín Gaite, sin sus obras y valor, sin sus peores y mejores experiencias, ni siquiera sabríamos cuál es el precio que debemos pagar por el derecho a la propia escritura.