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La gran broma del judaísmo

El escritor Shalom Auslander, criado en una comunidad ortodoxa, narra su experiencia en ‘Lamentaciones de un prepucio', unas explosivas memorias de adolescencia que lo han convertido en uno de los nuevos reyes del humor judío en EEUU

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Sabíamos que el aleteo de un insecto en Montevideo puede desatar una tormenta en Hong Kong (efecto mariposa). Y también que una leve bajada de la bolsa en Singapur puede provocar un considerable recorte de las pensiones en Inglaterra (efecto neoliberal). Pero hay algo de lo que no teníamos ni idea: que cada vez que el escritor Shalom Auslander se masturbaba de pequeño... la yihad islámica atentaba contra Israel. Como lo oyen. Esta asombrosa nueva variante de la relación causa-efecto, a la que podríamos bautizar como efecto espermaterrorista, ya tiene su libro: Lamentaciones de un prepucio, memorias cómicas de adolescencia de Auslander, que Blackie
Books publica esta semana.

Auslander, nacido en 1970, creció en la comunidad judía ortodoxa de Monsey (Nueva York) en el más estricto pavor a un Dios vengativo. Un lugar donde te las cascabas con la sensación de que Dios iba castigar a todo el pueblo de Israel por tu inconsciencia, donde el que no se acababa convirtiendo en rabino o médico sólo podía ser un degenerado.

'Los habitantes de Monsey le tenían terror a Dios y me enseñaron a que yo también se lo tuviera: me hablaron de un hombre llamado Job que estaba triste y se preguntaba ¿por qué?, de manera que Dios bajó a la tierra, agarró a Job por el cuello de su vestimenta y le berreó: ‘¿Quién cojones crees que eres?'. El Dios descrito por Auslander se levantó hace miles de años 'con el pie izquierdo' y sigue con los cables cruzados: se pasa todo el santo día castigando con crueldad a sus criaturas. 'Dios sabía que nunca permitiría que Moisés entrara en la Tierra Prometida, lo que no le impidió dejar que vagara por el desierto como un gilipollas durante cuarenta años', narra en el libro.

Pero la Biblia es sólo uno de los mitos del judaísmo demolidos por el autor. Los pecados también se llevan los suyo: 'La Torá nos dice que cada día Dios nos pone a prueba. A veces la prueba es una rodaja de pizza no kosher. A veces son las habladurías. Y a veces es una revista llamada Orientales afeitadas'.

La juerga, sí, pero nada comparado con el tratamiento que da a la madre de todos los tabús: el Holocausto. 'De joven, me decían que cuando muriera, me llevarían a una enorme casa de oración, llena de miles de judíos que habrían nacido si yo no los hubiera matado, no los hubiera desperdiciado, no los hubiera limpiado con un calcetín sucio durante el repugnante fracaso de mi despreciable vida (hay más o menos 50 millones de espermatozoides en cada eyaculación; lo que hace un total de nueve Holocaustos en cada paja. Estaba alcanzando la pubertad cuando me lo contaron y cometía ese genocidio, de media, tres o cuatro veces al día)', escribe.

El joven Auslander pecaba, vale, pero lo hacía atormentado hasta unos extremos delirantes. Cualquier desvío del camino (por ejemplo, saltarse fugazmente el régimen de comida kosher) le provocaba una oleada de remordimientos espantosos: 'Estaba enfermo. Estaba perturbado. Era un criminal. Era un sodomita, un amorita, un hitita, un sineo, un jivita. Me pregunté por qué Dios tardaba tanto tiempo en castigarme, en provocarme un ataque al corazón mientras me comía un Bollycao'.

Confesiones de un prepucio no responde del todo a la ecuación tragedia más tiempo igual a comedia. Porque, aunque Auslander satiriza sin piedad su pasado, no ha logrado librarse aún de la mezcla de culpa y paranoia que le inculcaron en su infancia. El escritor, lector de Nietzsche y Spinoza, no guarda el Sabbath ni reza tres veces al día, pero la sombra de Dios sigue ahí. 'La gente que me crió dirá que no soy religioso. Se equivocan. Lo que no soy es practicante. Pero soy religioso de una manera dolorosa, agobiante, incurable, miserable...', admite un hombre que sabe que todo es una farsa, pero no puede dejar de creer (léase temer). Su paranoia es real, lo que le convierte en una versión torturada del clásico humorista judío americano. Su mente no puede dejar de proyectar 'un festival de cine de terror' formado por 'truculentas fantasías de muerte, angustia y tortura' que le acosan día y noche.

Y qué mejor dedicación para un hombre temeroso del castigo divino que escribir un libro en el que insulta gravemente a Dios. No querías taza, pues toma taza y media (de paranoia, remordimientos y demencia). 'No puedo evitar darme cuenta de que cada vez que empiezo a avanzar en mis relatos sobre Dios, aumentan los ataques en Israel, y me siento culpable y me interrumpo. ¿Estoy causando yo esos ataques? ¿Es Dios que me está enseñando qué pasará si le cabreo?', se pregunta.

Auslander se siente una especie de Moisés moderno, un pelele en manos de un Dios vengativo y bromista 'que se pasa el día inventándose maneras hilarantes de joderme' desde un edificio negro del cielo llamado 'la sede universal del Departamento de Castigación Irónica de Dios', donde el todopoderoso se reúne con sus guionistas para elaborar un 'giro argumental hilarante' que acabe con la vida de Auslander de un modo absurdo cuando menos se lo espere.

El autor se ríe de su situación, pero la inquietud no desaparece. Vive con pavor el embarazo de su mujer porque no sabe cómo educar a su primer hijo y porque le 'aterroriza' que la llegada del bebé vuelva a meter en su vida a una familia que tanto se había 'esforzado por mantener a distancia'. Una separación que, admite, salvó su matrimonio y su vida al hacerle una persona menos voluble y furiosa.

Sus inseguridades se desmadran durante el embarazo. Duda si circuncidar a su hijo. Y las variopintas opiniones de sus conocidos no le ayudan precisamente a aclararse. Su amigo del barrio pijo está a favor de la circuncisión 'por razones estéticas'. Su abogado gay le dice que si tiene 'la menor sospecha' de que su hijo va a ser homosexual, no debe tocar bajo ningún concepto 'aquella maldita cosa'. Para rematar, su amiga Patricia, que antes era ortodoxa y ahora es 'budista, macrobiótica, pro-palestina y activista animal', le grita lo siguiente: '¿Por qué no le cortas el dedo o le rebanas la nariz?'.

Cada loco con su tema. Y Auslander incapaz de salir de su delirio majara: 'Me pregunté si había un lugar donde pudieran ir los prepucios, un lugar donde pudieran vivir juntos, en paz, amados, queridos, una nación de prepucios, gobernada por los prepucios para los prepucios'. Otro prepucio, pues, es posible.