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La Habana

En 'Emolandia' vestidos de Dolce 'Guevara' y bebiendo ron barato

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Cuando llega la noche del fin de semana en La Habana, las letras rebeldes de una canción de los friquis Porno para Ricardo resuenan por toda la ciudad: 'Vamos pa G, que no hay nada que hacer'. Y como si de un rito tribal se tratase comienza un desfile, imposible de día, hasta la Avenida de los Presidentes, calle G, la más famosa del centro del Vedado. Una sorprendente pasarela de tribus urbanas desfila durante horas: emos, reparteros, mikis y los propios friquis (rockeros de los ochenta con esencia punki antisistema) exhiben su estética globalizada en un continuo ir y venir bajo la atenta mirada policial.

Son muy jóvenes, estudiantes de Secundaria (12 a 15 años), de Pre (15 a 18) y universitarios veinteañeros. Beben ron barato (Bocoy, Valle), incluso las cajitas de Planchado, que por poco más de un dólar garantiza tremenda resaca. También preparan un horrible alcohol casero, heredero del chispa de tren del Periodo Especial, que tantos estómagos destrozó en los noventa. Los más lanzados lo ligan con pastillas de parkisonil, paco para los habaneros, que se consiguen en el mercado negro tras sacarlas de las farmacias. 'Un cohete cuando cae arriba del alcohol', escribió Leonardo Padura.

Los emos se han hecho tan fuertes, con su estética futurista y manga, que han rebautizado a G' como Emolandia'.

El botellón habanero (la descarga, dicen ellos) de G se llena de exhibición, música y ligoteo. La sensación de los últimos tiempos son los emos. Esta versión light de los góticos destaca por sus bistecs (corte de pelo que baja desde un lado de la frente para tapar uno de los ojos); camisetas y vaqueros negros ajustados, enseñando calzoncillo; tenis (zapatillas) Converse y Vans; piercings, muñequeras y chapas. Y mucho rock-pop pseudo punk, como Green Day y Blink 182. Se han hecho tan fuertes, con su estética futurista y manga, que han rebautizado a G como Emolandia.

Los que más se asustaron con los emos fueron sus padres, que veían a sus chicos demasiado amanerados para su termómetro machista, que en Cuba alcanza muchos grados. También las autoridades, preocupadas por la deriva ideológica y el absoluto desinterés de sus jóvenes por la política. La policía también temió altercados entre tribus, tal vez soñando con su propia Quadrophenia. Nada más alejado de la realidad. Las tribus habaneras conviven sin problemas, pese a la presencia de los repas, jóvenes de los repartos (barrios) amantes del reguetón y la salsa, los más guapos (chulos) de la ciudad.

Los mikis, por su parte, sólo pasan un rato por G, de camino a sus clubs favoritos, el Capri o el Don Cangrejo. Son los pijos locales, nietos de la élite de la Revolución y de los gerentes de las empresas mixtas, muchos de ellos militares. Vacilan con la última tecnología, visten ropa de marca, sobre todo Converse y Dolce Gabana ('Pon ahí Dolce Guevara, así la llamamos', se ríe uno de ellos), cuanto más estridente mejor. ¿Dónde consiguen todas estas prendas? 'Las traen las mulas que viajan al extranjero, la mayoría son copias, pero también originales. En sus casas montan pequeñas boutiques, ¡vaya negocio!', desvela Yorick, que pincha (trabaja) en las fiestas house de la juventud burguesa habanera.

Junto a las nuevas tribus no faltan las más tradicionales. Como friquis, metaleros, grunges, rastas, hiphoperos. Incluso una nueva versión de punks, los happypunkis, con sus crestas puntiagudas y cadenas colgantes. En sus mp3, mucha rebeldía desde la absoluta indiferencia: 'Vámonos pa'G, porque somos héroes del fracaso; porque no hay futuro, porque no hay por qué'.