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Hágase tu voluntad

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'No me mataron los ingleses y va a matarme Dios', pensó Juan Lucena mientras el Santísima Trinidad crujía bajo un viento de mil demonios. La batalla hacía tiempo que había concluido, pero aún resonaba en sus oídos el rugido feroz de los cañonazos, el silbido rudo de la metralla, las órdenes desesperadas de los contramaestres y los alaridos de los moribundos. Jamás podría olvidar el macabro espectáculo que la muerte había dispuesto ante sus ojos despavoridos. Había matado antes de aquello, por supuesto. Pero entonces sólo le había reportado una visión de la muerte callada e íntima. Todos murieron en sus manos con el recogimiento de los gorriones, sobrecogiéndolas apenas con un gotear de cántaro oscuro. Ahora había aprendido que la muerte también podía ser una fastuosa exhibición de demencia y horror.

Cuando aquellos tipos peripuestos, envainados en casacas lastradas de chorreras, se presentaron en la prisión con el encargo de llevarse a los más fuertes para plantar cara a los ingleses, Juan Lucena sacó músculo y los miró con bravura, como si de niño lo hubiesen criado los lobos. Prefería pasar los días que le quedaban por vivir engrosando la tripulación de un navío que partía hacia el infierno antes que a la sombra. Pero sobre todo agradeció la noche que le regalaron para pasar junto a su Trini. 'No quiero ninguna puta: yo tengo hembra', dijo con orgullo. Tener a dos guardias plantados bajo su casa no le impidió rebañar el cuerpo de la mujer como si nunca antes hubiese yacido con una hembra. 'Me han enrolado en un barco que lleva tu nombre le dijo mientras se vestía, eso sólo puede traerme suerte, niña. No va a matarme ningún inglés, estate tranquila'. La Trini sonrió desde el lecho, la cabellera negra desmadejada sobre la almohada, el cuerpo de caña tronchado por los envites del deseo, los ojos oscuros como lagunas de noche. 'De todas formas, vete a la iglesia y reza por tu hombre, que eso nunca está de más'. Le apedreó los labios con un beso caliente y fiero, y se dirigió a la puerta. De repente se detuvo, como si le hubieran clavado los pies al suelo. Se volvió hacia la Trini con el rostro ensombrecido y le dedicó una mirada salvaje. 'Otra vez te lo pregunto, niña: no te ves con ningún otro, ¿verdad? Sabes que por menos he matado'. La Trini negó con la cabeza. 'Sólo te amo a ti, Juan', respondió, el cuerpo de gata tenso bajo las sábanas. Lucena la observó en silencio durante varios minutos, con la amenaza todavía nublándole los ojos, hasta que sus labios construyeron una sonrisa de conformidad. Bajó las escaleras sintiéndose poderoso.

Pensó en su cuerpo moreno, en su forma de moverse bajo los envites del amor y lamentó cada una de las veces en que había tenido que golpearla para que confesara que se veía con otros, hasta que ella, llorando y secándose la sangre de los labios con el dorso de la mano, le decía que sólo lo amaba a él

De la coreografía de la batalla, Lucena sólo pudo ver algunos pasos sueltos sin significado desde la primera batería de cañones, donde se afanaba en cumplir con su único aporte a aquella guerra, que consistía en refrescar el ánima del cañón entre disparo y disparo. Pero pronto dejó de preocuparle lo que sucedía fuera: poco importaba que fuesen ganando o perdiendo ante el alivio de descubrirse intacto tras cada terrible andanada que recibía el casco, mientras sus compañeros iban desapareciendo paulatinamente del paisaje que le rodeaba convertidos en un burujo de miembros ensangrentados. 'Maldito manco hijo de puta', maldijo Lucena, apenas un segundo antes de que un cañonazo impactara de lleno contra su porta, llevándose por delante el cañón y a todo su equipo.

Fue aquella tormenta infernal la que lo despertó, tal vez para demostrarle que también a un cañonazo se podía sobrevivir. Se descubrió entonces aprisionado bajo una escombrera de maderos, hierros retorcidos y cuerpos desmembrados. El aire acarreaba un hedor a matadero que se imponía al de la pólvora. Torció el gesto y se concentró en descubrir de dónde procedía aquel dolor punzante que se extendía por todo su cuerpo como una melaza hirviente. Lo localizó en su pierna izquierda. Se la palpó con dedos temblorosos, temiendo no encontrársela, y descubrió que una astilla de madera del tamaño de un cuchillo de monte le había perforado el muslo. Durante un tiempo interminable, medio atontado y ensordecido, Lucena sólo pudo dejarse acunar por los vaivenes del barco en una especie de duermevela, pero, poco a poco, la conciencia se le fue asentando. Cuando logró liberarse de los escombros bajo los que se encontraba atrapado, se arrastró como pudo por la cubierta, dejando una rúbrica de sangre sobre los emporcados tablones, y pidió ayuda a gritos, pero a su alrededor no había más que muertos. Por doquier se amontonaban corrillos de cadáveres, algunos brutalmente mutilados, otros con los vientres abiertos y la madeja de las entrañas desliada sobre la cubierta, como un muestrario riguroso de las distintas formas que había de morir. Le bastó a Lucena un vistazo entre dos tablones desunidos para hacerse una composición de lugar: los ingleses habían intentado remolcar el castigado navío hasta Gibraltar, para exhibirlo como trofeo de guerra, pero a medio camino los había sorprendido aquel violento temporal, obligándoles a abandonar al barco a su suerte. Ahora el Santísima Trinidad, joya de la Marina española, leyenda de guerras pasadas, era un juguete roto a merced de aquel viento furibundo frente a la punta Camarinal.

Sin posibilidad de llegar a cubierta y hacerse ver, Lucena se ovilló en un rincón y se resignó a su suerte. Moriría ahogado, entre los restos de un navío que perduraría más que él allá en las profundidades del océano, recostado en una cama de coral. Contempló cómo el agua comenzaba a anegar la cubierta, empujando de un lado a otro los pesados cañones y los cadáveres de sus compañeros, como tropezones de un caldo, y añoró a su Trini. Pensó en su cuerpo moreno, en su forma de moverse bajo los envites del amor y lamentó cada una de las veces en que había tenido que golpearla para que confesara que se veía con otros, hasta que ella, llorando y secándose la sangre de los labios con el dorso de la mano, le decía que sólo lo amaba a él.

También la Trini había tenido mucho tiempo para pensar en su hombre mientras hacía cola ante la iglesia del Carmen. Desde que la escuadra combinada salió mar adentro, Dios estaba tan solicitado que había que establecer turnos para rezar. La Trini tuvo que esperar más de cinco horas para desgranar sus plegarias. Aquel tiempo lo pasó recordando a Juan Lucena. Recordó las promesas de sus ojos traviesos cuando apareció por la taberna, su cabello greñoso y su aire de bribón, y la risa que le producía cada paso de su torpe cortejo, y cómo se le quemaba el alma con el fuego de sus besos.

Pero también dispuso de tiempo para acordarse de sus golpes, y del temblor que le producía su mirada cuando le pedía cuentas, y del alivio que había sentido cuando la vida interpuso entre ellos una empalizada de barrotes que desbrozaron sus noches de sobresaltos. Cuando le llegó el turno, la Trini se reclinó ante el crucificado con los ojos llorosos y realizó su petición con la sensación de que alguien, en las alturas, la estaba escuchando.