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Harar, viajar entre leyendas

El poeta francés Arthur Rimbaud residió en la ciudad etíope, declarada patrimonio de la humanidad en 2006

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Arthur Rimbaud era un traficante de armas. Uno de los que no se lo piensan dos veces para conseguir su fin. Era el mismo Rimbaud que escribía, junto a Paul Verlaine en el Londres de finales del siglo XIX, algunos de los versos más bellos de la historia de la poesía. El imaginario colectivo se quedó con la leyenda del joven y romántico poeta. El traficante de armas, él, se había quedado en Harar, en Etiopía, donde el Museo Rimbaud se encarga de difundir otras leyendas.

El museo es una casa imponente de madera restaurada por el Gobierno francés. Nunca se supo si Rimbaud residió realmente en ella; pero dos fotos suyas están expuestas en la segunda planta. Vestido de blanco, apenas se le distingue la cara. Parece enfadado, ansioso de volver a sus ocupaciones.

Llegar a la ciudad etíope de Harar la etiopíe, a unos 500 kilómetros de la capital Addis Abeba, es penetrar por la Jegol, una muralla de cuatro metros de altura alzada en el siglo XVI. Y bajar por la calle de los sastres; la llaman Makina Girgia, por el ruido de las máquinas de coser. Se oye regatear el metro de tela, cuyo abanico de colores ilustra la diversidad de la considerada cuarta ciudad santa del Islam. Debe haber para todos: hararíes, oromos, somalíes, cristianos y musulmanes.

Las mujeres llevan velo, cualquiera que sea su religión. Otra leyenda: Harar sería el punto de encuentro de la fe islámica con la Cristiandad. La palabra etiopía vendría directamente de la Biblia. Y en la esquina de uno de los callejones de la zona vieja aparece el fantasma de Corto Maltés. La ciudad y las guerras de religiones inspiraron a Hugo Pratt para escribir Las Etiópicas. Hay en Harar más de 80 mezquitas y un centenar de santuarios.

La ciudad perdió parte de su magia de antaño, aunque conserva intactas tradiciones y costumbres. Pasada la hora de comer, los hombres se reúnen en los bares donde mastican qat, una planta excitante.

Qatear se ha convertido en un rito social, hasta que llega un anciano recitando versículos del Corán. Todos se levantan para besarle la mano porque regresa de La Meca. Muchos de ellos llegan de Adowei, a unos kilómetros de Harar y capital del qat. El kilo se consigue por 30 euros y se distribuye por todo el cuerno de África. Hubo una época en la que Harar era la más rica plataforma comercial de la región. Arthur Rimbaud pretendió hacer fortuna con café.

A ninguna guía de viaje se le escapa una descripción de las famélicas hienas que ocupan la ciudad por la noche. Una leyenda urbana narra que los herreros, considerados como clase social pobre, se transformaban en hiena para conseguir comida. Salvajes y fuertes, salen en grupos de diez en busca de carne. Se las considera los basureros de Harar. No atacan a los hombres. Al menos eso dicen en el Museo Rimbaud.