Publicado: 23.04.2015 19:17 |Actualizado: 24.04.2015 07:00

"He visto a grandes actores abandonar porque no pueden
parar el deterioro"

Al Pacino encuentra oro puro en el personaje de Simon Axler, un intérprete en plena decadencia en 'La sombra del actor', la adaptación al cine de una novela de Philip Roth dirigida por Barry Levinson.

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Al Pacino durante su participación en 'La sombra del actor'.

Al Pacino durante su participación en 'La sombra del actor'.

MADRID.- Al Pacino, dirigido por Barry Levinson, con una historia de Philip Roth ha resultado una combinación afortunadísima. La experiencia de tres veteranos (Pacino cumple esta semana 75, Levinson va solo dos años por detrás y Roth le saca casi diez a éste) que saben muy bien de lo que hablan es, seguramente, la clave de este formidable acierto.

Al fin y al cabo, La sombra del actor (The Humbling) habla de los artistas cuando envejecen y pierden su talento (o al menos una parte) y con él su razón para vivir. La película es uno de los mejores trabajos de Pacino de los últimos años y una de las adaptaciones más conseguidas de una novela de Roth al cine. “Entendíamos muy bien a los personajes. Nosotros éramos ellos”.



Simon Axler ensaya poco antes de salir al escenario. Frente al espejo del camerino repite las palabras de Jacques, el asistente del duque de Como gustéis (As you Like it), una de las grandes comedias de Shakespeare: “El mundo entero es un teatro, y todos los hombres y mujeres simplemente comediantes”. Podría ser su última función. La magia, la facilidad para actuar, el talento han desaparecido.

A partir de ahí, este veterano actor se deja arrastrar por una espiral de desesperación, que termina en desencanto total. Simon Axler pierde incluso el interés por el suicidio, al menos hasta que se reencuentra con Pegeen, una mujer lesbiana treinta años menor que él que, sin embargo, sigue fascinada por el "carisma arrollador" que le conoció en su infancia. Y él se enamora locamente.

“¿Qué hago ahora?”

“Supongo que todas las personas se encuentran con los mismos obstáculos a medida que van madurando y envejeciendo” dice Al Pacino en las notas de producción de la película. “¿Qué hago ahora? ¿A dónde voy? ¿Cuál es la razón? ¿Por qué no veo las cosas de la misma manera? ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Cuándo y por qué ha ocurrido esto? A veces dejamos de preguntarnos cosas importantes y simplemente nos dejamos llevar. De pronto, todo se detiene, giramos la cabeza y descubrimos el paisaje real”.

Y el escenario real con el que se topan los actores que han pasado cierta edad no es generalmente estimulante. “Los actores tenemos ciertas herramientas, la memoria, la resistencia, pero se van desgastando con la edad. Los actores nos desgastamos con la edad. He visto a grandes actores abandonar porque no pueden parar el deterioro”, explicó Pacino en una entrevista en Nueva York. No es su caso. Este neoyorquino, uno de los grandes intérpretes del mundo, sigue exhibiendo talento a raudales en el cine y el teatro.

Lo hace en esta película, donde se entrega absolutamente. Pacino, recitando frases de clásicos del teatro, en situación de comedia casi absurda, en un momento íntimo de drama, frente al instante cumbre de la tragedia… Hay de todo en La sombra del actor y él todo lo aprovecha. Y lo disfruta, tanto que consigue con su interpretación de Simon Axler carcajadas y también intensa emoción.

Al Pacino durante su participación en 'La sombra del actor'.

Al Pacino durante su participación en 'La sombra del actor'.

El cine, al rescate

Uno de los más prestigiosos hombres de teatro en España, Adolfo Marsillach, confesaba en sus memorias que el miedo a perder la memoria y olvidar el texto frente a los espectadores le hizo abandonar los escenarios, aunque no la escritura y la dirección. Su peor pesadilla, sentir ese pánico en el escenario, es la misma pesadilla para todos. Muy parecido era lo que contaba otro de nuestro grandes, Fernando Fernán-Gómez, que también siguió dirigiendo y haciendo pequeños personajes en el cine.

Y ha sido el cine, justamente el que se ha dedicado a rescatar a memorables intérpretes cuando la edad comienza a amenazar el buen funcionamiento de esas herramientas de las que habla Pacino. Aunque no ha abandonado las tablas, José Sacristán dedica ahora mucho más tiempo profesional al cine. En EE.UU. las últimas "rehabilitaciones" han sido mucho más sonadas. Alejandro González Iñárritu ha devuelto el éxito a Michael Keaton, igual que Quentin Tarantino hizo hace un tiempo con John Travolta o Darren Aronofsky, con Mickey Rourke.

Una decadencia impuesta

Mucho peor y más difícil es para las actrices. Las mujeres asisten a una decadencia impuesta. Cada vez antes, cuando no han cumplido siquiera los cuarenta años, el cine desprecia su calidad interpretativa. Al revés que en el caso de sus compañeros hombres, ellas se refugian en el teatro, donde existen personajes mucho mejores y donde nadie las exige cuerpos perfectos para trabajar.

Con contadísimas excepciones, como la de Meryl Streep o Helen Mirren, la mayor parte de las actrices tienen que despedirse de la gran pantalla precisamente cuando han alcanzado su mejor momento profesional o, en el mejor de los casos, tienen que conformarse con hacer papelitos de madres y abuelas.

“En Hollywood a las mujeres de más de cuarenta se las considera brujas”, dijo recientemente Meryl Streep, que calificó de “grotescos” a sus compañeros actores y actrices “que se operan para mantener la juventud”. Igualmente directa fue Susan Sarandon cuando pidió que no le enviaran ningún guion más en el que tenga que morirme. No quiero volver a morir otra vez, estoy harta, y tampoco quiero que se me mueran los hijos". A la mayoría de ellas ni siquiera les permiten llegar a esa edad en que la memoria empieza a desgastarse.