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La herencia 'Destroy' La Ruta del 'Bakalao': la fiesta que nos libró de la heroína

València también tuvo su verano del amor, como la Inglaterra del 89. Duró lo que duran los besos, y se expandió a lo largo de los 40 km de la CV-500 donde, entre arrozales y huertas, los jóvenes se bailaban el fin de semana a la conquista de unas libertades que todavía tenían vetadas.

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Imágenes: Rutadestroy.com 

Una "microutopía del placer", dijeron de ella. O también, una "revolución contra la nada, nacida de la nada y abocada a la nada". Son palabras de Joan Oleaque, autor de En èxtasi, uno de los pocos ensayos que hay sobre esos años. Algo pasó en aquellos 40 km de la CV-500 en los que más de 50.000 jóvenes a principios de los ochenta se reunían dispuestos a conquistar la noche y de paso su libertad, por los rincones de las salas de las discotecas que conformaron la Ruta del Bakalao. 

 "Una de las cosas que más molesta de la Ruta era que los que se divertían fueran de clase trabajadora", lanza el periodista Víctor Lenore.  Muchos sitúan el principio del fin en 1993, fecha en la que la DGT empieza a publicar escalofriantes cifras de muertes en accidentes de tráfico en la zona. La campaña mediática para desprestigiarla estaba en marcha. Las redadas policiales se sucedían. Y un jovencísimo Carles Francino ponía voz a un documental, Hasta que el cuerpo aguante, con el que los padres de los hijos de la transición se escandalizaron. 


"Lo que no puede ser es todo trabajo. ¿Nos van a quitar también el sábado y el domingo?", comentan a la cámara los protagonistas del documental. "El fin de semana es para nosotros, dejadnos disfrutar e ir donde queramos", replica una chica, y su compañera la anima: "Es que nos prohíben un montón de cosas y lo prohibido es lo bueno".

Anécdotas hay muchas. Cuentan que los dueños de Chocolate decidieron echar la persiana sin avisar en 2004 y que fueron los propios ruteros los que, al sábado siguiente, se congregaron en su parking para seguir la fiesta fuera. A Juan el Nazario, mítico segurata de la discoteca, le despertaron a las 3 de la mañana y le tocó el papelón de apaciguar a los cientos de chocolateros con el maletero abierto y sus mixtapes de techno a todo trapo que no querían el chape de un templo de la música abierto desde los 70. Y lo consiguieron, puesto que la discoteca abrió al siguiente fin de semana.

Lo político de una rave

 Para los arquitectos Juan Carlos Castro y Massimiliano Casu, esta anécdota tiene mucho de movimiento político guiado por el deseo y ven en esa colonización del espacio público algún tinte de lo que fue el movimiento transnacional Reclaim the streets, organizadores del Carnaval contra el Capital, por aquello de la reapropiación del territorio con connotaciones lúdicas.

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El acceso al ocio es lo que reviste de tinte político a la Ruta según Lenore. Para el sociólogo Isidro López, la forma de vivir la fiesta generaba sobre todo comunidad, al estilo de lo que hizo, en esos mismos años, el movimiento rave en Inglaterra. Aunque allí el paro y la reconversión industrial convirtieron esas raves en auténticos movimientos sociales donde la fiesta se autogestionaba porque no existía la figura del club, como en València. 

Con Thatcher, las raves inglesas, se convirtieron en un problema de orden público solventado con cargas policiales e incluso penas de cárcel para los organizadores. Aquí en casa, en cambio, "se trató más de llevar hasta el límite la permisibilidad progre", añade López.

"Si Almodóvar quería fiesta de verdad se iba a València"

Destroy, bakalao, ruteros, mescalina. Lo que queda claro es que fue un fenómeno sociocultural sin parangón vinculado a la música electrónica y precursor de la música de club de hoy. "En ninguna discoteca de España ni de Europa ni del mundo sonaba esa música", recuerda el periodista Luis Costa, autor de ¡Bacalao! Historia oral de la música de la música de baile en València, 1980-1995. Esa horquilla de años fueron los buenos para Costa, donde los sonidos más underground  de la Europa del postpunk, de los nuevos románticios o de la new wave, salieron de los pubs oscuros de Londres, Berlín o Detroit y llegaron a las salas valencianas ocupadas por más de 2.000 personas que, a fuerza de repetir cada fin de semana jornadas maratonianas de fiesta, se las sabían bailar de memoria. 

"En España el ocio estaba reservado para varones de clase media que querían encontrar espacios donde no estuviera su mujer"

"En España el ocio estaba reservado para varones de clase media que querían encontrar espacios donde no estuviera su mujer", explica Víctor Lenore. "Con la llegada de la música electrónica, las drogas sintéticas y las discotecas asequibles, los chicos y las chicas se empiezan a relacionar en condiciones de igualdad. Fue un fenómeno interclasista y muy ecléctico en lo musical", aunque también muy marginado, recuerda Lenore. Algo que se ve cuando se compara a nivel de repercusión hoy en día con la Movida madrileña. "Almodóvar, McNamara, Victoria Abril o Ana Curra cuando querían salir de fiesta de verdad se iban a València", sigue Lenore.

"La Movida tiene mucho de amplificación de una escena bastante reducida porque sucede en Madrid y porque se quiere dejar atrás a la España de las luchas de la transición, pero no se puede comparar con la explosión que fue la Ruta del Bakalao en cuanto a gente involucrada", replica López.

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Spook Factor, ACTV, Chocolate, Puzzle, The Face o Barraca, sobre todo, Barraca, fueron los locales de moda. Fueron años de ensalzar flyers y quemar cassettes de las pinchadas de esas discotecas que se ganaron a base de romper horarios y forzar vatios de sonido la fama de míticas. Muchos asistentes pasaban las cintas al pincha antes de la sesión con una pastillita pegada, de regalo, recordaba José Manuel Sebastián, periodista de Radio3.  

Costa distingue varias generaciones de pinchadiscos: la primera la funda el pionero Juan Santamaría, curtido en las pistas hippies de Ibiza y garitos truculentos de Londres. "Yo iba a las tiendas de discos y les decía, a mí dadme lo que nadie más se quede". Fue el fundador de Zic Zac discos y alimentó la guerra por ser el primero en hacer sonar solo lo más de lo más en las cabinas. Él ocupó la de Barraca hasta que dejó paso a Carlos Simó; ambos terminaron de extinguir la música lenta que se bailaba agarrao en esos primeros años ochenta para fomentar el gusto por lo que llamaron, en ese momento, música blanca, para contraponerla con el funk, tan de moda aquellos años.

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Rock y EBM belga, gótico, Krautrock, techno industrial... Toda la nueva ola a la que España y la mitad de Europa todavía daba la espalda, sonaba en València: desde Siouxsie and the Banshees hasta REM, New Order, Soft Cell, Sigue Sigue Sputnik, B-Movie, Visage, Anne Clark o Nitzer Ebb... Grupos como los Stone Roses o los Happy Mondays tocaron en directo, a las tantas de la madrugada, en las pistas de las discotecas a las que llegaron locos por las historias que contaban sobre las pastillas verdes, las mescas. València tuvo, además, su propia droga.

"La mescalina es una sustancia que está bien vista, incluso se cree que inspira canciones. Se la toma a pitorreo porque el referente anterior es muy duro", narra Joan Oleaque. "Aquí nos salvamos de la heroína gracias a la fiesta", aseguraba Vicente Pizcueta, en aquellos años gerente de Barraca: "Nadie quería estar de muermo; aunque algunos se pasaron de vuelta y siguieron con la heroína, aquí no hizo los mismos estragos que en Madrid o Barcelona", añade Pizcueta. "La mesca ha sido la mejor droga que ha habido", afirma Toni 'el gitano', dj de Chocolate. El batería de New Order da buena fe de ello porque cuando tocaron en Pachá, en 1984, se ganó una pasti después de una apuesta, según recoge Costa en su libro. 

Los 'pinchas' de la Ruta, al Sónar

Simó y Santamaría inspiraron una segunda generación de djs entre los que destaca Fran Lenaers quien, por cierto, encabeza el cartel del próximo Sónar en Barcelona. Todos los nostálgicos son unánimes: Lenaers era -y lo sigue siendo- un virtuoso de los platos: fue el primero que consiguió mezclar dos temas a tiempo real y al mismo ritmo, durante largos periodos de tiempo. Combinaba a la perfección la técnica con un muy buen gusto musical. Quienes pisaron Spook Factory a partir del 86 podrán dar fe.

Para Isidro López, "Lenaers marcó la pauta de lo que musicalmente fue la ruta", con sus sesiones de más de seis horas seguidas en Spook y ACTV y su refinado gusto musical. València, casi sin saberlo, se miraba a los ojos con Bélgica, Inglaterra, Detroit y Chicago: "Es la primera vez que algo que sucede en el Estado español se encuentra a la vanguardia del mundo". 

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