Publicado: 27.05.2015 21:55 |Actualizado: 28.05.2015 07:00

Historia de un plumilla de la puta base

El periodista de ‘Público’ Manuel Sánchez presenta ‘Las noticias están en los bares’, donde recopila las peripecias de un periodista que, durante veinte años, cubrió para ‘El Mundo’ los principales acontecimientos políticos de nuestro país.

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El periodista cacereño Manuel Sánchez en acción.

MADRID.- El destino quiso que Alfonso Guerra dimitiera en Cáceres un 12 de enero del 91, y que un plumilla de apenas 24 años, asalariado por aquel entonces de El Periódico de Extremadura, se firmara una crónica que le terminó abriendo las puertas del diario El Mundo. Pasado el tiempo, y tras veintidós años al servicio de Pedro J., el periodista Manuel Sánchez, ahora redactor de política en Público, hace balance de aquellos tiempos de escándalos, filtraciones y corruptelas varias.

“Estoy un poco acobardado con el libro, en menudo lío me he metido”, confiesa Sánchez al comienzo de la entrevista. Acostumbrado a ser el que pregunta, este avezado reportero se muestra inseguro a pocas horas de presentar Las noticias están en los bares (Libros.com), una crónica a quemarropa de veintidós años como redactor de base en primera línea de batalla. 

Una trayectoria profesional que le acercó a momentos clave de nuestra historia reciente, como el ingreso en prisión de Barrionuevo y Vera, el regreso de Roldán tras su huída, el 11-M, la primera victoria de Zapatero, y su prometido anuncio de la retirada de las tropas de Irak.

La presentación de libro tendrá lugar este jueves en el café Comercial de Madrid y acompañarán al autor los también periodistas Raúl del Pozo y Esther Palomera.




Es impagable esa escena en la que Francisco Frechoso, por aquel entonces redactor jefe de Nacional del diario El Mundo —hoy director de Cuarto Poder—, le transmite la felicitación de Pedro J. por la crónica sobre la dimisión de Guerra.
Estuve trabajando hasta muy tarde con dos ordenadores, uno para escribir la crónica para El Mundo y otro para el periódico en el que trabajaba en Extremadura. Recuerdo que cuando venía mi director me reñía: “Oye tú que trabajas aquí, que lo otro es una colaboración”. Fue una noche horrible, por eso cuando terminé me fui a beberme todo lo que había en Cáceres y llegué a casa a las 7.30 h. Recuerdo la escena; me levantó mi madre y yo salí en calzoncillos con una resaca de caballo, creo que estaba borracho todavía y no asimilé bien el asunto. En ningún momento pensé que iba a terminar como terminó, entrando en El Mundo y dedicando veintidós años de mi vida a ese periódico.

Se deshace en elogios con Raúl del Pozo, le llama el maestro
Raúl es un monstruo, sigue siendo un reportero nato, sin ir más lejos fue él quien destapó el caso Bárcenas antes de que lo sacara Pedro J., él era el que tenía interlocución directa con Bárcenas. Por circunstancias laborales nos ha tocado trabajar mucho juntos, yo solía hacer la información y Raúl se encargaba de la crónica. Creo que es el último mohicano de una generación, se autodenomina reportero y tiene muy claro que no quiere dejar de dar noticias. Cuando sacó lo de Bárcenas, me dijo: “Como los jóvenes no sabéis dar noticias, tengo que venir yo a darlas”.

Volviendo la vista atrás a esa época tan beligerante de El Mundo con respecto al felipismo. ¿Fueron aquellos días de excesos? ¿Os sentíais los reyes del mambo abriendo informativos con vuestras exclusivas?
Fueron unos años apasionantes, las amenazas de bomba en el diario se sucedían casi cada semana, estábamos en la primera línea de guerra y vivíamos la profesión muy intensamente. Además, éramos bastante jóvenes y cada vez que terminábamos de trabajar, a la hora que fuese, nos íbamos siempre de copas aunque estuviéramos reventados. Siempre íbamos juntos, la sección de Nacional al completo, de ahí que Alfonso Rojo dijera de nosotros aquello tan divertido de: “Son como los Gremlins; feos, se ríen mucho y van siempre juntos”

También es buena la definición que os dedicó en su día Pedro J…
No cabe de que se trataba de una sección con peso específico dentro de la redacción, se metía incluso en la línea editorial del periódico y podía decidir a quién se contrataba. Un buen día a Pedro J. se le hincharon las pelotas y dijo que la sección de Nacional no existía, que no era más que una agrupación ocasional de individuos que él había elegido.

¿Cómo fue su relación con Pedro J.?
Cuando la gente se enteró del proyecto del libro me preguntó si le pensaba dar mucha caña. Lo cierto es que yo he tenido una relación cordial con él, por supuesto que he tenido mis discrepancias, pero son discrepancias habituales de cualquier periodista en una redacción. No tengo rencor contra él, creo que es un periodista sin el cual no se puede entender la historia del siglo XX en nuestro país, es de los grandes periodistas de la Transición, como lo ha sido Anson, Antonio Franco o Gabilondo, un periodista de raza y es obvio que genera muchas animadversiones.

¿Se sigue sintiendo “un plumilla de la puta base”, tal y como le llamó en su día Victoria Prego?
Sí, absolutamente, y estoy encantado además. Yo no quise ser periodista para hacer maquetas en una redacción o para buscar fotos y pasar muchas horas ahí metido, creo que es un trabajo que hay que hacer y lo respeto, pero no es para mí. El día más feliz de mi vida es cuando saco una exclusiva, no me ha importado nunca ser un redactor, nunca he querido ser más, estoy muy a gusto con lo que hago.

¿En qué momento decide dejar el periódico?
El Mundo era un grupo de amigos con un director muy potente, pero luego, con la compra de Recoletos, se hizo muy grande, no quiero decir que eso fuera un aspecto determinante para que me marchara pero quizá ya no era el diario que yo conocí. Percibí una cierta decadencia, como un fin de ciclo, noté que ya no tenía sentido seguir ahí, me fui con mucha pena…

¿Cuál de sus múltiples exclusivas le hizo más feliz?
Le tengo mucho cariño cuando publiqué que Zapatero podría adelantar las elecciones.

¿Aunque fuera un “podría”?
A nivel de corrupción, supongo que he dado cosas de mayor envergadura. El caso es que aquello tenía magia, una adrenalina especial que comienza cuando alguien te llama y te revela esa información en primicia, pero al mismo tiempo te avisa: “Cuidado que estos son unos piernas y podrían cambiar de opinión”. Solo tienes tres horas y decides tirarte a la piscina. Me daba mucho miedo columpiarme, pero el caso es que después de haber dado aquello me sentía el hombre más feliz del mundo… me emocionó mucho aquella información.

¿Se cansa uno de esa adrenalina, de estar siempre enganchado a la información, a las exclusivas?
Yo de momento no me canso, es mi pasión, si paso un par de días sin encontrar una información me pongo malo, como si fuera un becario. He firmado miles de veces y no me canso, pero no me malinterpretes, el tema no es el protagonismo o la firmitis, sino querer estar ahí.

La nueva generación está más preparada que nosotros, pero la precariedad de la profesión hace que estén todo el día en la redacción y apenas se viaje ya. Lo que reivindico en el libro con esa metáfora de que los periodistas tienen que estar en los bares, es la importancia de estar en los sitios y contar las cosas. Si no les dan los medios harán un periodismo de plasma, un periodismo de Google. Los nuevos periodistas tienen que aprender un poco de los viejos, hablar con la gente y mirarla cara a cara, comer con ella e incluso emborracharla para sacarle información.

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