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Hitchens: la fiesta continúa

Llega a España ' Mortalidad', el último libro del intelectual británico en el que narra el proceso de su enfermedad desde que es diagnosticado de cáncer hasta su muerte.

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El 15 de diciembre del pasado año moría Christopher Hitchens, uno de los intelectuales más brillantes de nuestra época, en palabras de Andrew Anthony: 'quizá el mayor ensayista británico desde Orwell'. En España acaba de salir a la luz su último libro, Mortalidad (ed. Debate), un texto de una lucidez implacable que cuenta el proceso de su enfermedad y su deterioro físico desde el día en que le diagnostican un cáncer de esófago hasta el momento en que los párrafos se truncan en epigramas y todo se corta en un silencio brusco y elocuente.

Hitchens, individualista feroz, ateo militante y polemista nato, nunca se hizo ilusiones acerca de nada, mucho menos del más allá, y se mofó de todas las utopías y espejismos que en el mundo han sido, desde el paraíso cristiano hasta el comunista, los cuales llegó a comparar en uno de sus característicos hachazos: 'Una vez que se asume que hay un Creador y un Plan, nos transformamos en objetos de un cruel experimento por el cual somos creados enfermos y se nos ordena estar sanos. Y sobre nosotros, para supervisarnos, se instala una dictadura celestial, una especie de Corea del Norte divina, codiciosa, exigente, hambrienta de alabanza sin tacha desde el alba hasta el ocaso'.

Hitchens creía que el humor era una defensa infalible contra los dogmas de cualquier clase y hacía gala de él siempre que podía. Orador incomparable, enfrentarse a él en un debate abierto, como los que participó en la última década junto a reverendos, científicos y creacionistas era exponerse a un auténtico y despiadado ridículo. Dios no es bueno (ed. Debate) probablemente sea el ataque más demoledor e inteligente contra la religión que se haya escrito nunca.

Leer a Hitchens es perder pie constantemente y trastabillar sobre cualquier certeza, ya sea espiritual, literaria o política. En el artículo que abre Amor, pobreza y guerra (ed. Debate), una extraordinaria recopilación de textos de todo tipo, va desmontando el mito ciclópeo de Churchill hasta dejarlo reducido a las cenizas de un puro con la misma saña con que, unos cientos de páginas más allá, desbarata los argumentos de Chomsky sobre el 11 de septiembre o torpedea la vacua retórica documental de Michael Moore. También revela cómo el Vaticano se equivocó al elegirlo precisamente a él como abogado del diablo en el proceso de canonización de la Madre Teresa, una pieza exquisitamente atroz que apenas es un aperitivo de un libro suyo todavía no traducido al español, me parece, y que lleva el formidable título The Missionary Position: Mother Teresa in Theory and Practice.

En su monumental autobiografía Hitch-22 (ed. Debate) Hitchens también ha contado sus pinitos ideológicos marxistas, su amistad a prueba de whiskies con Martin Amis o con Salman Rushdie, con quien compartió más de un escondite, sus andanzas entre los rebeldes kurdos, sus incansables diatribas contra Reagan, Bush y Kissinger. Mortalidad es, por desgracia, la última y definitiva entrega de este maestro de la sospecha, alguien que definió la muerte no como el momento en que la fiesta se acaba sino como el momento en que alguien te toca en el hombro para decirte que la fiesta sigue pero sin ti. Mucho peor, decía Hitch, es la otra opción: fingir que ocurre lo contrario, que alguien te toca en el hombro para darte la buena noticia de que la fiesta seguirá eternamente y que además no puedes marcharte. 'El jefe lo dice y también insiste en que lo pases bien'.