Público
Público

"Tener ilusiones es la mayor estupidez"

Escritor y periodista. Vuelve a mostrar la cara más salvaje del ser humano en 'La sirvienta y el luchador'

Publicidad
Media: 0
Votos: 0
Comentarios:

Hay escritores que sólo ponen los pies en la tierra allá donde todo es desorden, putrefacción y degradación. Autores que toman la palabra para mostrar cómo es un país pegado con saliva, a punto de saltarle las costuras, al borde de la barbarie. Hay escritores que sólo entran con el bisturí cuando la ruina se queda con la esperanza, cuando la desconfianza, cuando la desilusión, cuando el cinismo, cuando la amenaza, cuando la supervivencia, cuando la tortura, cuando la fiereza, cuando el miedo, cuando el asco, cuando ya nadie está a salvo, ni siquiera el lector. No hay muchos. Horacio Castellanos Moya (Honduras, 1957) es el maestro de todos.

Pocos son capaces de sacarle beneficio a la escritura de la ira. Él lo hizo por primera vez en El asco. Thomas Bernhard en El Salvador (Tusquets), hace casi 15 años, justo el tiempo que lleva prohibido regresar por sus palabras al país en el que vivió hasta su adolescencia. Aquel monólogo fue la carta de presentación de un autor en primera persona, que ha ganado en excelencia y rabia con cada novela.

Cuenta que, años más tarde, escribió a pulso Insensatez a grandes renglones, estirando la caligrafía, tomado por el arrebato y la cólera de dar cuenta de un genocidio. La mano con la que empuñó el bolígrafo acabó trenzada por una enorme callosidad, producto de la saturación de toda esa ira que no terminó en la tinta.

La sirvienta y el luchador, que publica Tusquets, mantiene intacto el cascabeleo de la prosa de Horacio Castellanos Moya. Suena a vísceras, sabe a veneno. Ha colocado la acción en los prolegómenos de la guerra civil salvadoreña, en 1980, 'el año del arranque del terror', como él mismo describe. 'Eran días en los que se podía cortar el ambiente con una cuchilla, los momentos en que una familia comienza a partirse. No hay ni reflexiones ni opciones: nadie escoge en una guerra civil, de pronto estás en un bando', cuenta el autor para cargar contra la voluntad de las ideologías en una situación de conflicto. Castellanos Moya compara aquel año en El Salvador con el 1936 español.

Con este libro amarra la saga del ocaso de un país, junto con Donde no estén ustedes, Desmoronamiento y Tirana memoria. Precisamente, su tono salvaje es fruto de la delicadeza de esta última. 'Quedé intoxicado de corrección cuando acabé Tirana memoria. Así que escribí automáticamente el personaje del Vikingo', cuenta sobre el protagonista de La sirvienta y el luchador, un Clint Eastwood de mal aliento, podrido de tanta maldad y mentira. El personaje es un hallazgo que viene de la infancia del autor: recuerda que los luchadores lo eran en sus ratos libres, y de oficio torturadores.

Este tipo sucio, Vikingo, es el mal. Frente a él, una madre coraje, María Elena, el bien, que se mueve por el mapa del pánico de una ciudad en guerra, buscando a su familia secuestrada por la Policía. Castellanos Moya monta un denso recorrido por 'la condición humana ante la amenaza del terror, donde hasta el viento es sospechoso'. Donde la intuición es el milagro del superviviente. Se sirve del Vikingo para mostrar el momento en el que una sociedad comienza a pudrirse.

Bienvenido a la fiesta, exclama irónico bajo líneas, mientras se amontonan los cuerpos maltratados, inertes en las cunetas, bajo la mirada de los zopilotes. Resentimiento, rencor y desilusión, materiales inflamables con los que manipula las esperanzas humanas. 'Tener ilusiones es la mayor estupidez', dice entre risas. 'La única defensa que tenemos contra nosotros mismos es el humor'. Es socarrón y mordaz, se confiesa alumno de Bernhard y Cioran, y eso debe inmunizarle de la bilis de sus escritos.

Castellanos Moya cose su literatura con dos tipos de personajes: unos al borde del cinismo, otros al de la esperanza. En ningún caso los utiliza para juicios de valor, ni los protege con la voz distante de un narrador. De ahí que esta novela sea excepcional: 'El desafío era montar la tercera persona en la que está contado como si fuera una primera. Para conseguirlo hay que mantener el ojo en el personaje y el lenguaje de cada uno de ellos'. Por eso desaparece y deja al lector con las manos sucias, por las entrañas de sus barbaridades.