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Un intelectual completo

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Como tantos otros, uno daba ya por perdido el premio Nobel para Mario Vargas Llosa. Los argumentos sobre los que se sustentaba este pesimismo eran, claramente, de orden extraliterario pero tenían un irrefutable vínculo con la realidad. En primer lugar, la Academia sueca ha tenido, en los últimos años, una inequívoca vocación de sorpresa, de no atender a las expectativas y de alejarse de cualquier canon literario con excepciones como las de J.M.Coetzee cuyo merecimiento es reconocido de modo casi unánime.

También hay que destacar obstáculos de orden práctico: la llamada generación del boom latinoamericano podría parecer ya representada por Gabriel García Márquez y por Octavio Paz. Por último, la infalible querencia izquierdista del premio en los últimos años suponía un escollo casi insuperable para un alguien que no oculta su corte liberal.

Pues bien, este año el asombro ha sido si cabe mayor. La Academia ha premiado a un escritor ineludible en cualquier canon literario y que, por elemental sentido común y méritos propios, hace ya muchos años que está oficiosamente nominado a este galardón.

Un autor inconformista que siempre ha evolucionado y que no se acomodó en el éxito de La ciudad y los perros, La casa verde o Conversación en la Catedral. Jugó con el humor en Pantaleón y las visitadoras y con la novela histórica en La guerra del fin del mundo (al tiempo una novela moral sobre la certidumbre y la razón en el conflicto). Y hace no tanto escribió La fiesta del chivo. Una novela que está llamada a ser una obra de referencia universal en el retrato del poder político, sus relaciones y sus consecuencias.

En definitiva, el premio Nobel ha despejado cualquier sombra de imposición ideológica y ha vuelto a una senda sensata de buena literatura abandonando absurdos corsés que socavaban sobremanera un prestigio que era forzoso proteger para justificar su propia existencia.