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Los invisibles músicos 'sin techo'

'Público' sale a la calle para conocer las historias, algunas trágicas, que esconden los músicos callejeros que habitan las calles de Madrid, en las que placer y necesidad se funden en uno. Su peor enemigo, la indif

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Su sonrisa es contagiosa, al igual que el ritmo que impone a golpe de baquetas. Regaderas de plástico a modo de timbales unidas por una madera con agujeros hechos a mano, un cajón en forma de tambor y un plato. Es todo lo que necesita Pedro, que lleva 25 años ligado a la música, para subsistir. La alegría que transmite contrasta con la trágica historia que esconde. Desde hace seis años está en un callejón sin salida. Sin trabajo, decidió emplear sus conocimientos musicales -estudió tres años en la escuela popular de Rumanía- para ganar el dinero suficiente para ir tirando. 'Decidí tocar en el metro cuando se me acabó el paro. Antes estuve cinco años trabajando de barrendero y baldeador en el turno de noche. Cuando llegó la crisis, en 2007, empezaron a despedir a la gente y tuvimos que buscarnos la vida como pudimos', explica sin apenas un ápice de tristeza en su rostro. Su gesto, sin saberlo, transmite su filosofía de vida: positividad aunque vengan mal dadas. 'Es un placer tocar para la gente. Me alegra ver sus caras, su risa. A veces incluso se acercan y se ponen a bailar', rememora con satisfacción (VER FOTOGALERÍA). La violinista Linda ha llegado a ganar hasta 100 euros en 'tres o cuatro horas'

Pedro no es Pedro en su país. Natural de Rumanía y músico de profesión, vino a España hace diez años en busca de un futuro mejor, pero la realidad de un país que se creía en la Champions europea le estalló en la cara. 'Dedico siete horas al día a tocar para poder ganar lo suficiente'. En un día muy bueno, en fin de semana, la voluntad de los pasajeros se mide a diez euros la hora. Pero no todos los días son domingo. 'Trabajaría de cualquier cosa para tener un sueldo seguro, para no estar pendiente de si voy a encontrar sitio para tocar o de si te echan menos dinero', admite.
Pedro y sus regaderas son habituales en el suburbano madrileño. CHRISTIAN GONZÁLEZ. (Pincha en la imagen para ir a la fotogalería)

La historia del músico extranjero que se ve obligado a tocar en las calles españolas suele ser la norma, aunque hay excepciones. Igor, de 50 años -en la música desde los seis-, trabajó en algunas de las mejores orquestas de su país, como la de San Petersburgo, pero se marchó de Rusia después de que naciera su hija pequeña. 'Tuve que buscarme la vida porque con el salario de allí no se puede vivir', explica. Al llegar a España, allá por el 2003, trabajó de guía turístico, vendiendo coches, libros, seguros médicos... Ya en Madrid, un hombre le contrató para su pequeño negocio de túneles de lavado de coches. ¿Adivinan? Su jefe quedó arruinado, cerró la empresa e Igor se quedó nuevamente sin trabajo. Posteriormente encadenó contratos temporales durante varios meses hasta que, de repente, le dejaron de llamar. 'Me quedé cuatro o cinco meses parado. No muriéndome de hambre, pero sí muy preocupado porque no había trabajo', recuerda. Un día, ante la desesperación provocada por la asfixia económica, decidió desempolvar su viejo violín tras años sin tocarlo. 'Había perdido la forma completamente, las pasé canutas hasta recuperar un poco el tono, pero no tenía otra opción. Y salí a la calle', cuenta en perfecto español. El primer día, sin acompañamiento, solo ante el peligro y sin altavoces se llevó a casa 60 euros. 'Ahí está la solución', pensó. Aquellos días transcurrían durante 2004. Tras invertir en un equipo y adaptar un par de altavoces, empezó a salir regularmente a la calle. 'A veces me tiran un céntimo con desprecio y en ese momento pienso que yo soy más rico que él', cuenta Igor

Desde entonces, el trayecto no ha sido un camino de rosas. Lo peor fue ver cómo los españoles, a su juicio, no valoran ni la música ni a los músicos. 'En general el arte y especialmente la música clásica es un cuerpo ajeno aquí', critica. 'Uno ve un violinista tocando en la calle y ya sabe que no es español, porque no puede ser español. Hay pocos y los pocos que hay no van a salir a la calle', apunta. Además, aunque en menor medida, está el tema del racismo. 'Yo no le quito el trabajo a nadie, ni pido nada. Estoy tocando y el que quiere me da algo. No tengo un cartelito en plan ‘tengo tres niños y padezco de una pierna''. Alguna vez, confiesa, le han dicho aquello de 'extranjero de mierda, vete a tu puto país'. Igor simplemente les ignora, como cuando le dedican algún gesto ofensivo. 'A veces me tiran un céntimo con desprecio y en ese momento pienso que yo soy más rico que él', revela.

En general predomina la indiferencia, sin querer buscar culpables. 'Yo no puedo culpar a la gente de esto. No hay tradición, no es culpa de nadie. Pero es una lástima que no haya criterio de quién toca bien y quién no. La música en la vida cotidiana de la gente no existe, no está presente. Sólo escuchan música en Kiss TV o Los 40 Principales. La música seria no existe aquí. Hay pocas orquestas, poca gente que se dedique a esto. Los directores que destacan un poquito se van. ¿Dónde está Plácido Domingo? ¿Y Paco de Lucía? ¿Qué puede ser más español que Paco de Lucía? Y es el mejor del mundo. No hay otro como él, y vive en México. ¿Y Vicente Amigo?, que es su relevo, casi igual de bueno. Pues actúa más en Portugal. ¡Por Dios!, me digo yo. No digo nada malo de ellos, pero digo ¿qué es Portugal? Y eso que es flamenco. De música clásica, ni hablemos'. Silencio. '¿Dónde está Plácido Domingo? ¿Y Paco de Lucía? Trabajan fuera de España'

Igor ha vivido en su propia carne un país en el que es mucho más importante que seas un enchufado, dice, que un buen instrumentista. 'Casi todos los casos que conozco son así, apaños', lamenta. Su deseo, a los 50 años, es tocar en una orquesta, pero sus cálculos no le ayudan: 'Es imposible al 99%'. Sin embargo, Igor es un afortunado, ya que posee un secreto que muy poca gente conoce: 'A la percepción de la belleza sólo se puede llegar a través del arte. No hay otra manera. La gente está tan acostumbrada que ya ni la aprecia, como pasa con la arquitectura', asegura. 'Pero no por ello deja de ser más necesario', explica. 'De repente, pasa una parejita por aquí, se detiene y empieza a besarse ¿por qué? Porque oyen algo. Oyen la música, algo dentro que les coge', exclama.


Una peatona se detiene a escuchar cómo toca Linda. CHRISTIAN GONZÁLEZ (Pincha en la imagen para ir a la fotogalería)

Si hablamos de belleza, ésta la personifica Linda, que la lleva hasta en su propio nombre. La forma de tocar el violín que tiene esta joven letona de 24 años cautiva a muchos de los peatones que pasean por el centro de Madrid. Su perfil es diferente al de la mayoría de músicos callejeros. 'Como estudiante siempre necesito un poco de dinero', responde tímida. Su truco es sencillo a la vez que fructífero: en vez de estudiar su instrumento en casa, sale a la calle y toca para la gente. Así mata dos pájaros de un tiro: practica las horas necesarias su instrumento, con público, y ya de paso, se gana un dinero extra. Además, toca en orquestas. 'En general en España noto indiferencia, la gente siempre va corriendo', subraya. Los intentos de robo son el otro peaje a sufrir, revela. No obstante, sabe perfectamente que la calle puede ser un buen escaparate. 'Sé que hay muchos músicos, muchos profesionales que se paran a escuchar. A veces me encuentro con gente que me llama para tocar en orquestas. Así hago contactos', confiesa. La primera vez que tocó en la calle fue el verano pasado. 'A veces es duro, pero en general me gusta porque sé que me viene muy bien como músico', revela Linda, que ha llegado a ganar hasta 100 euros un fin de semana tocando 'tres o cuatro horas'. En un día normalito, '50 o 60 euros', reconoce.

'Cobra más el tío que va a arreglar el grifo de las cañas que el músico que lleva diez años estudiando... Yo también lo sé arreglar', dice NataA otro de los grupos al que la calle le ha servido de escaparate es a los jóvenes de Swingdigentes. Nata, Dario, Miguel, Sebas y Filgue decidieron hace un año tocar en la calle. 'Es el sitio donde mejor nos pagan', explica sonriente Nata Estévez, que toca el saxo. 'Sobre todo los dueños de las salas son muy amables con sus alquileres', suma irónico. En su día a día se encuentran con protestas de los vecinos de la zona y las intervenciones de la policía, que les invitan a abandonar la calle cada dos por tres. 'La policía está un poco más light últimamente. Supongo que también están mosqueados con su propia situación. Nos echan, entre comillas, pero nos movemos, nos da igual', explica el músico gallego. 'Hemos encontrado un método de promoción muy bueno para hacer bolos, por ejemplo en salas. Sí que nos gustaría hacerlo menos por necesidad, pero creo que está bien. Es importante que la gente toque en la calle. En España no está muy normalizado pero en otros países de Europa es supernormal'. El grupo coincide con el resto en que al músico no se le valora en España. 'El trato cada vez es peor en eventos privados', explica el mexicano Dario, que toca la flauta travesera. 'No te dan de cenar, cada vez te pagan peor. Cada día es un paso atrás', lamenta. 'Yo siempre hago una comparación muy bonita', interviene Nata: 'Cobra más el tío que va a arreglar el grifo de las cañas que el músico que lleva diez años estudiando. Para arreglar un grifo de cañas... pues yo lo sé arreglar también. Me puedes llamar si quieres. Es muy ridículo. Realmente ridículo', añade entre resignado y bromista.
El grupo Swingdigentes mezcla música y danza en sus espectáculos callejeros. CHRISTIAN GONZÁLEZ (Pincha en la imagen para ir a la fotogalería)

Estos jóvenes, que junto a varios bailarines hacen espectáculos callejeros, todavía recuerdan con emoción el primer día en el que actuaron como grupo en la calle. 'Fue apoteósico. Éramos un proyecto de músicos y otro de bailarines y nos juntamos aquí donde estamos ahora mismo -plaza de Ópera-. Fue la hostia. Improvisamos una movida que era un espectáculo directamente. Luego lo hemos ido perfilando un poco, pero ese día fue increíble. Suele pasar que la primera vez que sales a la calle es increíble en todos los sentidos. Incluso en el económico. No sé por qué pero el primer día siempre te forras. Es una señal que te da la calle como ‘sigue viniendo'', asegura entre risas: 'Luego ya la cosa es más normal'.

El que no recuerda el primer día que tocó en la calle es el Flautista de Jamelín. Este joven, que prefiere permanecer en el anonimato, es conocido en las inmediaciones del Palacio Real de Madrid por este apelativo. 'Creo que toco desde siempre porque para mí la música no es algo que esté encerrado en una sala de conciertos, o en tu casa. Lo bonito es compartirla', apunta.


Uno más de los músicos anónimos que inundan las calles de Madrid. JAIRO VARGAS. (Pincha en la imagen para ir a la fotogalería)

El flautista no se gana la vida con la música. De hecho, en el momento de nuestro encuentro toca sin ni siquiera poner el gorro para que la gente le eche unas monedas. 'Hay grandes músicos en la calle y yo les respeto mucho, pero en realidad yo no soy profesional de la música. Lo hago por gusto, por el placer de tocar. Ya estoy pagado con eso. Tampoco lo necesito realmente, aunque nunca viene mal lo que te puedan dar, también es verdad', dice esbozando una sonrisa. Vivir de la música, en su opinión, trae consigo inconvenientes desde el punto de vista artístico. 'En el momento en que hay una exigencia ya no eres tan libre. Ojalá se pudiera ser libre y a la vez comprometido con un resultado, pero no siempre es fácil. Lo ideal sería encontrar el juego total en todas las cosas', recalca. 'Yo creo que si le ponemos pasión, igual el mundo podría ser diferente', expresa con gesto alegre. 'Por lo menos dejemos esa duda', culmina.

Músicos callejeros from yeray on Vimeo.