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Irak: Cine bajo peligro de muerte

Mohamed Al-Daradji estrenó hace un mes el primer filme en llegar a las salas iraquíes en más de una década

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'¿Se imaginan un Irak sin cines? ¿Irak? ¡Qué pensamiento tan triste! Irak sin cultura no es Irak', decía el director Oday Rasheed al presentar el pasado 3 de mayo la proyección de la primera película en estrenarse en Bagdad en más de una década. 'Esto es una celebración', añadía eufórico.

Más de 1.800 personas aplaudían a rabiar en el teatro Semiramis (uno de los dos cines aún en pie en la ciudad) antes de que aparecieran los créditos de Son of Babylon, el tercer filme de Mohamed Al-Daradji (Bagdad, 1978), un director que ha llevado de vuelta la cultura a un país destruido.

Al-Daradji llevaba la cámara en un hombro y un AK-47 en el otro

'No soy un militar ni un combatiente, soy un cineasta, aunque creo que el cine puede cambiar muchas cosas en mi país', reconoció Al-Daradji a Público desde Rabat, en cuyo festival presentó precisamente Son of Babylon, un filme sobre una abuela kurda que recorre Irak, junto a su nieto, para buscar el cuerpo de su hijo desaparecido durante la Guerra del Golfo de 1991. La película fue presentada en Sundance y en la pasada Berlinale, donde fue premiada por partida doble.

Hoy Al-Daradji llega a Casa Árabe, en Madrid, para hablar sobre Guerra, amor, dios y locura, el documental que recoge el demencial rodaje de un filme anterior: Ahlaam (2005), que se convirtió en el primero (junto a Underexposure, de Oday Rasheed ) en filmarse en el país después de la invasión americana. Varias veces ha sido comparada a Roma, ciudad abierta, de Roberto Rosellini, por su compromiso, por la voluntad de contar las heridas de una ciudad con las llagas abiertas de la guerra, y por usar a ciudadanos reales para contar su historia.

'En Irak ha desaparecido la cultura cinematográfica', cuenta el director, que a mediados de los noventa tuvo que huir de su país cuando un primo suyo, activista político, fue asesinado en 1995. En Holanda y en Inglaterra empezó a estudiar cine. 'Cuando estrenamos Son of Babylon hace un mes, se me acercó una señora mayor para agradecerme que le trajera de vuelta sus recuerdos de infancia', reconoce.

Fue secuestrado con otros tres miembros de su equipo dos veces

En efecto, durante el embargo internacional que vivió el país en los años noventa se prohibió la importación de bobinas de cine porque la ONU y EEUU consideraban que era material inflamable y peligroso. En plena locura temían que fuese empleado para construir las armas de destrucción masiva.

Los más de 200 cines que poblaban Bagdad fueron cerrando progresivamente. 'No había películas que proyectar. Los rodajes empezaron a pararse porque no quedaba material con el que rodar tampoco', recuerda Al-Daradji. Con la ocupación, las cosas empeoraron. La electricidad escaseaba, la inseguridad y el caos se convirtieron en el día a día de Bagdad.

Se hizo pasar por periodista de Al-Jazeera para poder rodar en las calles

De esa inseguridad y del miedo en el que viven desde hace ya siete años los 6,5 millones de habitantes de la ciudad, nació Guerra, amor, dios y locura. Con voluntad guerrillera, documenta la pesadilla en que se convirtió el rodaje de Ahlaam, que retrata, a través de la vida de tres internos en un psiquiátrico, el caos en el que se sumió el país desde la invasión estadounidense.

En Guerra, amor, Dios y locura vemos cómo el equipo de Ahlaam debía hacerse pasar a ratos por periodistas de Al-Jazeera para poder rodar en las calles sin ser amenazados por los grupos integristas. 'Confía en Dios y en Al-Jazeera', dice en la película, con sarcasmo, uno de los miembros del equipo. Conseguir a una actriz, no profesional, que se atreviese a protagonizar el filme y a rodar una secuencia de violación se convirtió en otro calvario, dado el clima de miedo y opresión .

Asediados por la insurgencia y los americanos, Al-Daradji acabó llevando una cámara en un hombro y un AK-47 en el otro. Eso no evitó que fuera secuestrado junto a otros tres miembros de su equipo dos veces, tanto por los grupos insurgentes como por las tropas americanas, que los tomaron por un equipo de terroristas haciendo propaganda. Torturas, un miembro del equipo herido en una pierna, escasez total de medios y miedo, mucho miedo. Faltó poco para colgar la cámara y dejarlo todo. 'Pero el equipo me convenció de que debía hacerlo por mi país', reconoce Al-Daradji.

Los más de 200 cines de Bagdad fueron cerrando progresivamente

'En cuanto empecé a rodar me di cuenta de que esa era mi respuesta al sufrimiento de Irak, de que sólo así podría dejar el pasado atrás', reconoce en las notas de producción de la película. Y continúa: 'Detrás de esta película está mi sueño de crear oportunidades y esperanza en Irak. Pero la realidad es que hoy todavía mis amigos, mi familia y mis compatriotas están retratados en las noticias como números y estadísticas, sin cara ni sentimientos'.

Las cosas han ido un poco mejor durante el rodaje de su tercera película, Son of Babylon. 'No tuvimos los problemas de seguridad de Ahlaam', asegura. 'Recorrimos el país, rodamos en ocho ciudades, y estuvimos en todo momento protegidos'. Lo que no ha mejorado, dice, es el apoyo del Gobierno a la cultura. 'Hacer cine independiente normalmente es difícil, hacerlo en Irak es una pesadilla'.

Pero el compromiso de este cineasta de 31 años va mucho más lejos. Al-Daradji no sólo ha filmado ya tres películas en Irak desde que entraron las tropas americanas. No sólo ha estrenado su tercer filme en un cine desvencijado con un viejo proyector de 1965. Ha creado una plataforma para llevar el cinematógrafo por todo el país.

Bajo el lema Mobile Cinema, Al-Daradji arrancó el verano pasado un curioso tour para plantar pantallas de cine al aire libre en diferentes ciudades del país. Aparte de sus películas, el director programa filmes hechos por otros cineastas que, como él, se han lanzado a las calles a rodar un país en llamas. Oday Rasheed, Amer Alwan, Abas Fadeh o Kasim Hawal son algunos de ellos. 'Mucha gente de este país no ha visto nunca una película en pantalla grande', dice. 'Queremos enseñarnos a nosotros mismos, que la gente se vea, que se den cuenta de que Irak existe como nación', dice Al-Daradji.

'Creo que, como en España, donde tuvisteis una guerra civil, hay que dar educación al pueblo', opina. 'El cine es una oportunidad para que los iraquíes se vean a sí mismos y miren hacia adelante', dice. 'En la realidad no soy tan optimista, pero en mi sueño sí lo soy, porque sin esperanza no se puede vivir'. Ni rodar.

El arte iraquí, no sólo el cine, lleva en dificultades desde los tiempos de Saddam. La entrada del ejército norteamericano en abril de 2003 ha profundizado la crisis. Entre toda esa miseria un militar estadounidense se convirtió en mecenas de la deprimida escena iraquí: Christopher Brownfield entró en contacto con artistas iraquíes mientras estuvo destinado en Bagdad.

Simulando que eran de su propiedad, utilizó el servicio postal del ejército para importar a EEUU decenas de obras de arte, con las que montó una exposición en Nueva York, cuyos beneficios devolvió a los artistas locales que habían participado en la muestra.