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Jacmel

Decadencia y vudú en la orilla del mar Caribe

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En los años veinte, un escritor y periodista estadounidense, William Seabrook, escandalizó a la sociedad de su país con la publicación de un libro, La isla mágica, escrito tras pasar un año recorriendo Haití. Seabrook fue el primer occidental que habló de vudú y de zombis, de la vida después de la muerte, y el que describió con precisión rituales en los que jóvenes vírgenes haitianas copulaban con machos cabríos mientras el público que los observaba entraba en éxtasis.

En Haití se practica vudú, sí, pero la mayoría de las ceremonias se asemejan más a una borrachera colectiva con el ron local, Barbancourt, que a las orgías descritas por Seabrook. En Jacmel, al sureste de Haití, un domingo por la mañana medio centenar de personas, niños incluidos, se reúne en un local y con cánticos y movimientos adoran a sus dioses. Las mujeres visten completamente de blanco mientras unos hombres tocan la percusión. Es día festivo. El país sufrió el pasado 12 de enero un terremoto que mató a 200.000 personas. Los supervivientes no olvidan, pero intentan, los que pueden, recuperar la vida que tenían antes del temblor. Al menos, el domingo: por la mañana vudú, por la tarde playa y por la noche, la discoteca local.

Siguiente parada: domingo al atardecer en Raymond Les Bains, en Jacmel, al sureste de Haití. Familias de clase media haitiana beben a morro la cerveza local, Prestige, y comen carne ensartada en pinchos. La gente se da baños con el barro que se forma en la orilla del mar Caribe. Unos jóvenes juegan un partido de fútbol, otros llegan a la zona en sus motos. De fondo suena música compa, el ritmo suave tradicional haitiano. El reloj no cuenta: los camareros tardan en servir, nadie les mete prisa.

El reloj no cuenta en esta tierra caribeña: los camareros tardan en servir, nadie les mete prisa

Seabrook ya hablaba de la parsimonia haitiana en sus libros. Él no fue el único norteamericano de nombre que se acercó a Haití. En su mayor época de esplendor, las playas caribeñas acogieron a actrices como Ava Gadner o escritores como Graham Greene. De aquellos años, queda una impresionante piscina con columnas griegas en la playa de Cocoyé Beach, a la que sólo se puede acceder tras dos horas de viaje en barca. La piscina, ahora está en ruinas. El hotel al que pertenecía, que se derrumbó tras el terremoto, alojó a numerosas estrellas que celebraban sus fiestas privadas en torno a la piscina.

El seísmo destrozó la mayoría de los hoteles y restaurantes de Jacmel, pero hay algunos que todavía siguen en pie. Como el Cyvadier, en la playa del mismo nombre, o el restaurante Sesanet, donde si uno tiene un poco de paciencia para esperar las dos horas largas que tardan en servir, merece la pena por sus hamburguesas con patatas fritas.

La vida sencilla que se respira en Jacmel atrae a un tipo de turismo de corte solidario que no busca comodidades. 'Aquí no podemos tener una estancia tipo Las Vegas, pero eso contribuye a la sensibilización acerca de la vida diaria de la población', explica Hilda Orozco, turista mexicana.

Domingo por la noche. En la pista central de la discoteca Concorde, en el corazón de Jacmel, dos parejas bailan agarradas mientras el resto mira. El DJ apuesta por la música local, nada de Waka-Waka. En las mesas, cerveza Prestige y ron Barbancourt. Los haitianos tratan de guardar su esencia, de mantenerse al margen de las influencias de Estados Unidos o de la cercana República Dominicana. Ellos apuestan por su música, sus bebidas y su vudú ajeno a miradas extrañas. .