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JFK: sexo por prescripción

El médico Jed Mercurio novela en ‘Un adúltero americano’ las necesidades carnales del presidente. "Tengo terribles dolores de cabeza si estoy más de tres días sin una mujer", dijo Kennedy

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No podía evitarlo. John Fiztgerald Kennedy (1917-1963) o Jack, como le llamaron siempre sus amigos, deseaba (debía) acostarse con toda mujer que se cruzara en su camino. Daba igual que ella fuera miembro de la jet set, de la clase política, una becaria de la Casa Blanca o una starlet: si no lo hacía, sufría cefaleas, vómitos y fuertes dolores gastrointestinales. Él mismo reconoció su propio diagnóstico, según le aseguró al que fuera primer ministro británico Harold McMillan: 'Tengo terribles dolores de cabeza si estoy más de tres días sin una mujer'. Y no, no valía que sólo fuera con la primera dama.

Esta es la inflamada versión que ha elaborado el escritor y médico Jed Mercurio de la vida del 35º presidente de EEUU (1961-1963) en la novela Un adúltero americano (Anagrama). Mediante una mezcla de realidad -los acontecimientos políticos y familiares conocidos- y ficción -los diálogos y encuentros con sus sucesivas amantes-, Mercurio recrea el perfil de un fornicador compulsivo, pero también, ateniéndose a su profesión, el de un enfermo crónico al que a los 30 años le diagnosticaron la enfermedad de Addison y que, si no hubiera sido asesinado a los 46, difícilmente hubiera alcanzado los 60. Eros y Tanatos fundidos en quien fuera la persona más poderosa del mundo al inicio de los sesenta.

'Nuestro hombre es un ciudadano americano (...) que opina que la monogamia rara vez ha sido el acicate en la vida de un gran hombre', escribe Mercurio al inicio de su biografía, para la cual se ha basado en 14 ensayos escritos sobre JFK, además de las situaciones ficcionadas.

Jackie Kennedy, la mujer con la que se casó en 1953 debido en gran parte a su ascenso dentro de la política estadounidense, aparece en un papel más cercano al de una madre y amiga que al de una amante. Es ella la que se encarga de ajustarle el corsé que le resuelve los dolores de espalda, aguanta sus colitis y la que se marcha a Cape Cod bastantes fines de semana para que su marido pueda satisfacer sus necesidades sexuales extramatrimoniales sin discusiones posibles al respecto. Mercurio no obvia que Kennedy la quiere, aunque en algún momento sólo parezca su más grandioso trofeo: '¿Quién no desearía salir a cenar con la mayor sex symbol del mundo?', le suelta en París tras la admiración que muestran los franceses por el glamour de Jackie en la visita oficial que realizan a Francia en 1961.

Jackie, más amiga que esposa, se tuvo que conformar con que él muriera en sus brazos

Curiosamente, el destino tendría para Jackie un triste regalo: sería en su hombro en el que descansaría la cabeza del presidente después de ser asesinado en Texas. 'Es lo que consuela a la primera dama, que él muriera en los brazos de la única mujer a la que amaba', escribe Mercurio.

JFK nunca se sintió culpable por los cuernos a su mujer, según el novelista. Nunca los consideró adulterio, pese a su religión católica. Los cuernos formaban parte de la prescripción médica del llamado doctor Curalotodo, el único que conocía las verdaderas dolencias del presidente. El personaje de Kennedy aparece así como un chacal. Con sus amantes sólo había sexo. Rápido y sin contemplaciones. Él no se esfuerza en satisfacerlas. Es el rey y piensa que 'ellas deben estar programadas sexualmente para que las seduzcan las plumas de un pavo real y deben experimentar una sensación de poder', escribe Mercurio.

Cuando lo necesita llama a una de las becarias de la Casa Blanca y les asegura que dispone de diez minutos. Mientras, el servicio de seguridad se la arregla para que no se incumpla ninguna norma y los deslices no lleguen a la prensa. 'Ya sabes que esto es un asunto de seguridad nacional', solía decir el propio Kennedy a sus amantes después de lo que Mercurio llama 'transacción sexual'.

Esta sólida planificación de su vida personal sólo se trastocó con la aparición de dos mujeres: la actriz Marilyn Monroe y Mary Pinchot Meyer, miembro de la jet set, simpatizante comunista y a la que conquistó tras poner en marcha el plan de desarme nuclear e impulsar la Ley de Derechos Civiles de 1964.

En esta versión de Mercurio, Monroe se enamora como una adolescente del presidente, lo que choca con la tesis oficial del biógrafo de Marilyn, Donald Spoto, que aseguró que entre ambos nunca hubo una aventura amorosa. El novelista arriesga por el poder que le da la ficción y reconstruye un ambiente hollywoodiense en el que Frank [Sinatra] es su acompañante de correrías sexuales y Marilyn, la mujer a la que abrazar cada vez que se acerca a la costa Oeste. Esta feliz instantánea se acaba el día que a JFK le comunican las extrañas relaciones de Sinatra con el hampa y el enamoramiento de Marilyn, que ya le ha hablado a demasiada gente de sus encuentros con el presidente. De hecho, según Mercurio, la actriz se suicidó, entre otras cosas, porque Kennedy cortó la relación tras la famosa fiesta en la que ella le cantó el cumpleaños feliz.

Esta novela no es una biografía al uso. No es un índice cronológico de datos ni de polvos. Es la historia de un depredador sexual que sabía que le quedaban pocos años de vida.