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Jorge Semprún, la excepción hispánica

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La excepcionalidad de Jorge Semprún es literaria, y así va a ser durante muchos años. Su experiencia biográfica y su rareza casi biológica podrían quedar sepultadas por el tiempo si no hubiese una obra literaria capaz de detener la carcoma corrosiva del olvido.

A sus libros autobiográficos y a sus novelas habrá que volver cada vez que alguien quiera entender, o intentar entender, cómo se sobrevive a la experiencia del totalitarismo como víctima y como agente de él. Porque esa es la rareza mayor de Semprún: haber servido al PCE cuando el PCE era una fuerza de choque heroica en España y haber caído bajo el plomo totalitario como preso en el campo de concentración de Buchenwald, en 1943.

La verdad moral de la Historia a menudo se cuenta mucho mejor con la ficción

Pero lo que de veras hace especial a Semprún es que no es normal: ni como persona ni como escritor. Algunos han recordado con insistencia y razón su incapacidad para el rencor y el resentimiento, pero es que esa es la virtud mayor que hace al novelista: el hombre que urde en novelas como El largo viaje, o como La escritura o la vida, o como Adiós, luz de veranos una particularísima alianza entre literatura y memoria. Consiste en comprender que la literatura engendra un saber superior a la historia; consiste en retomar la lección de Aristóteles y creer de veras que la meta de la poesía (la creación) es superior a la de la historia (los hechos del pasado).

Consiste por tanto en la conciencia de que las herramientas de la imaginación y la ficción son las únicas capaces de trascender el dato empírico y positivista y construir una imagen, o una metáfora, o una figura, capaz de recrear la esencia de una experiencia vital que es esencialmente inexpresable.

Ese es el quid que hace de Semprún un escritor absolutamente atípico y pionero en las letras españolas (y europeas): sus libros se arman con materiales que después, en plena democracia, van a ser completamente comunes a los escritores literarios, cuando todos sepan ya que la verdad moral de la Historia a menudo se cuenta mucho mejor con la ficción, aunque no sea la ficción la única manera de contarla.

Quería convertir en experiencia comunicable la experiencia privada

Pero lo que Semprún quería era convertir en experiencia comunicable la experiencia privada incomunicable: hacer literatura con la vivencia intransferible, y eso significaba que para contar su pasado como víctima del totalitarismo en Buchenwald y como comunista en la posguerra española necesitaba las armas de la ficción para contar la verdad.

*Autor del volumen 7 de ‘Historia de la literatura española’ (Crítica)