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José I, el rey de las buenas intenciones

Impuesto por su hermano Napoleón, impulsó un plan de reformas que no prosperó por la Guerra y su impopularidad

JESÚS CENTENO

Cuando, a principios del siglo XVIII Felipe de Anjou inauguró la dinastía borbónica en España, su abuelo, Luis XIV, le despidió en su partida con estas palabras: 'Sed buen español, pero acordaos de que habéis nacido francés'. Un siglo después, una vez consumada la trampa de Bayona, Napoleón impuso como rey de España a su hermano, José Bonaparte. El soberbio emperador le aconsejó: 'Las revueltas son cosa de la chusma y el hampa madrileño. La nación estará contigo'. Se equivocó.

El 6 de julio de 1808, en pleno estallido de la Guerra contra los franceses, José I fue nombrado rey de España. Dos días después, promulgó el Estatuto de Bayona, una carta otorgada en la que por primera vez se concilia la autoridad del soberano 'con las libertades del pueblo'. Napoleón, verdadero artífice del texto, quiso desmantelar la plutocracia del Antiguo Régimen para construir un estado satélite a su imagen y semejanza.

Mientras tanto, afrancesados y patriotas quedaron divididos ante el nombramiento del nuevo rey que, paradójicamente, se había convertido en el primer monarca constitucional del país. Por su parte, el entorno de Fernando VII, arropado por un pueblo que se sentía engañado, vapuleó al monarca desde el principio: '¡Es un guapo mozo! ¡Hará un hermoso ahorcado!', gritaban las masas a su paso por San Sebastián, la primera ciudad española que pisó. El problema del nuevo rey fue, sin duda, la hostilidad del pueblo. Napoleón había conseguido el beneplácito de su hermano en el extranjero, pero dentro de España José I sólo obtuvo desprecio. Ni fue capaz de neutralizar a las guerrillas ni supo imponerse en todo el territorio.

A medida que pasaban los meses, el crédito de José I se fue agotando. A pesar de su cortesía, su debilidad y sus esporádicos arrebatos de furia hicieron que el pueblo lo difamase con diversos motes. El más conocido es Pepe Botella, en referencia a su alcoholismo -los historiadores aseguran que era abstemio-, aunque también fue llamado El rey plazuelas, debido a las múltiples inauguraciones de plazas en Madrid, Pepino, El rey tuerto -porque usaba monóculo- o El rey de copas. Además, fueron sonados sus romances con mujeres como Teresa Montalvo, la soprano italiana Fineschi o la mujer del embajador de Dinamarca. Tan vasta lista creó una leyenda a su alrededor y, años después aún se le conocía como 'un perseguidor de chicas como lo fue en Madrid'.

José I, figura frecuentemente denostada, vio cómo los políticos españoles juraban y firmaban sus actas sin convicción. Entre ellos, Fernando VII y sus secuaces, exiliados en Valençay (Francia) sin otro fin que salvar el pellejo. El rey francés se había ofrecido a pacificar España y conducirla hacia el progreso. Enturbiado por el dolor de la guerra, se le consideró siempre un intruso.

Aunque no pudo escapar de la burla, sus gobiernos trataron de crear un régimen representativo, de sanear la Hacienda y hasta de impulsar instituciones como el Instituto Nacional de las Artes y las Ciencias. Es decir, todo lo que Godoy había dejado en papel mojado.

La derrota gala en la batalla de Arapiles (1812) selló su destino. Abandonó la capital de España el 23 de marzo de 1813. Tras la batalla de Victoria, huyó sin su célebre equipaje: un buen número de joyas y obras de arte. Se exilió primero en Francia y, después, en EEUU, frustrado porque el pueblo había preferido al execrable Fernando VII. El regenerador de España había fracasado.

Durante años, su reinado fue tachado de insignificante, un espejismo malogrado por la lucha del pueblo español y por las continuas divergencias que tuvo con Napoleón. Pero su vida fascinó a media Europa. José Bonaparte participó en la Revolución Francesa, se convirtió en diputado, senador, ministro y embajador, primero de la República y, después, del imperio creado por su hermano. Finalmente, fue coronado rey de Nápoles, donde se le consideró un gran monarca y, en 1808, de España. Aquí, José I fue víctima de la burla popular. El cancionero del momento lo recuerda así: 'Pierde cuidado Pepe, que aunque no quieras, has de ser rey de España por tus botellas, pues ellas solas te harán de tus estados gran rey de copas... // Anoche, anoche se emborrachó y le decía su hermano: borracho, tunante, perdido, ladrón...// Ya se va por las ventas el rey pepino, con un par de botellas para el camino'. Expulsado de un país que nunca le quiso, y tras la caída definitiva de su hermano en Europa, partió al exilio en EEUU, donde acabó sus días ninguneado, postulándose como un 'ferviente admirador' de la democracia. 

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