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Jugando con la infidelidad

Catherine' mezcla con maestría erotismo, horror y puzles

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Que Catherine salga a la venta este fin de semana, tan próximo al día de San Valentín, no es por casualidad: definido como una mezcla de horror, puzles, erotismo y psicología, estamos ante un título que venía precedido por cierto revuelo ante un arte de lo más picantón y la autocensura de su portada en algunos países. 'Coge algo para picar y prepárate para la extraña historia de Catherine', avisa en su arranque.

Y lo de extraña es cierto: Catherine (disponible para Xbox 360 y PlayStation 3 ) es raro... para ser un videojuego, porque hace la fusión de géneros su principal baza, cuenta una historia sobre una infidelidad peligrosa y juega con conceptos como la culpa o el compromiso. Y encima su protagonista, Vincent, se tira la mitad del juego corriendo en calzoncillos en medio de pesadillas pobladas por carneros. La otra mitad la ocupa en decidirse con quién se queda: si con su novia de toda la vida (Katherine) o con una rubia que acaba de surgir como de una fantasía de adolescente (Catherine).

Vincent tiene 32 años pero se acerca peligrosamente a su particular crisis de los 40: su novia le aprieta para que se casen cuanto antes, tiene un trabajo mal pagado y en su tiempo libre se emborracha en el bar con los colegas mientras se lamenta por su situación. ¿Casarse? ¿¡YA!? Tras una noche de copas, se despierta en la cama con otra: menudo marrón. Cualquier intento por explicarse es en vano. Este playboy timorato debe decidirse mientras en su barrio se suceden una serie de asesinatos relacionados, precisamente, con novios infieles. ¿Será Vincent el próximo?

Lo dicho: la mejor baza de Catherine, en lo jugable, es su mezcla de géneros. En principio todo se desarrolla según los esquemas de una aventura tipo Hotel Dusk o Another Code: la historia se narra como en una película interactiva, interrumpida para que en determinados momentos hablemos con personajes, recorramos escenarios, usemos objetos. Hay que hacer de todo: desde contestar a los SMS de Katherine y Catherine (o sólo a los de una de ellas; o mentirles; o decirles la verdad: allá tú), hasta pasearnos por el bar Stray Sheep, charlar con los amigos y otros asiduos a la barra, beber hasta caer borracho e irse a casa a dormirla.

Pero luego la cosa se complica, conforme Vincent sufre sus pesadillas y nosotros, como jugadores, vamos marcando sus elecciones vitales. Es entonces cuando Catherine se transforma en un puzle capaz de dejarte la sesera desactivada, que consiste en escalar por paredes kilométricas moviendo para ello bloques de piedra (¿alguien ha dicho Sokoban?). Cuidado, porque si el jugador mueve los que no debe, toda la construcción se puede venir abajo y luego llegan los lloros. No sin cierta guasa hacia los videojuegos más tradicionales, en estos niveles hay que recoger monedas, con las que luego podemos aprender nuevas técnicas de escalada.

Más allá de lo jugable, el valor de Catherine está en que permite al jugador meterse en la cabeza del protagonista y le da los hilos para mover sus actos. Como en el maravilloso Fahrenheit (2005), las decisiones morales que tome el personaje irán influyendo en la historia y en su ánimo, a través de un misterioso medidor que muestra dos colores: azul y rojo. Su utilidad es desconocida al principio, y bascula según contestemos a preguntas de lo más comprometidas. Una curiosidad: si tenemos conexión a internet, el juego nos mostrará las respuestas que han dado otros jugadores. ¿Somos sinceros cuando se trata de jugar con uno mismo?

En lo estético, Catherine no sólo bebe del manga superestilizado de títulos como Trauma Center y de esa atmósfera noir de Hotel Dusk (la música jazzy para crear la tensión propia de un thriller, aunque sea de dibujos animados). También hace suyas algunas enseñanzas del genial Goichi Suda, especialmente los 'trucos' para crear una jugabilidad psicológica (la repetición, la confusión entre sueño y realidad) y el exceso de referencias pop, de la música disco a la cultura otaku. Tan original como necesario, Catherine es una tentación que hay que probar, al menos, una vez. Bueno, solo si tienes más de 18.