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Julian Barnes gana el Premio Booker

Su novela 'The Sense of an Ending' ha conseguido el galardón a la mejor obra de ficción publicada en inglés

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En tres ocasiones, Julian Barnes se quedó a las puertas de ganar el Premio Booker. Esta vez, lo consiguió. Su novela The Sense of an Ending le ha dado el galardón a la mejor obra de ficción publicada en inglés en algún país de la Commonwealth o Irlanda. Antes había sido candidato por El loro de Flaubert, Inglaterra, Inglaterra y Arthur y George.

Barnes era el único autor realmente conocido este año en la lista de seis candidatos. Era por tanto el favorito y su premio permite disipar un tanto las fuertes críticas recibidas por un jurado que de forma consciente había dejado fuera a novelas muy elogiadas pero supuestamente culpables del delito de ser demasiado complejas o experimentales.

La obra, de sólo 150 páginas, es la undécima novela de Barnes. Explora los límites de la memoria, cómo podemos utilizarla para cribar el pasado y obviar aquello que nos incomoda.

El Booker tuvo una fecha de nacimiento relativamente reciente. En 1968, la Asociación de Editores consiguió, tras muchos esfuerzos, financiación para un premio literario que fuera la alternativa británica al Goncourt francés.

Ya entonces se decía que el objetivo último era que se hablara de la literatura en inglés, es decir, “obtener mucha publicidad y vender un montón de libros”, como contaba ese año The Guardian. La polémica ha sido siempre un ingrediente fundamental en esa misión.

La empresa Booker, productora de azúcar y distribuidora de productos de alimentación, ponía el dinero, lo que fue un motivo de alarma para uno de sus primeros ganadores. En 1972, John Berger donó la mitad del dinero a los Panteras Negras británicos con la intención de protestar contra la política de Booker en los países del Caribe.

La polémica: la exigencia

La discusión de este año ha tenido que ver con el nivel de exigencia reclamado por el jurado. Según muchas voces cualificadas en la prensa, no ha sido muy alto. A las críticas habituales por la ausencia de alguna obra de mérito, se ha unido la idea de que varios de los finalistas cuentan con novelas muy poco exigentes con el lector.

El jurado, presidido por la exdirectora del MI5 y ahora novelista Stella Rimington, apostó por obras fáciles de leer, aunque ese es un concepto bastante subjetivo. “Queremos que la gente compre y lea estos libros, no que los compre y los admire”, dijo Rimington. Lo primero no suele ser tan complicado.

El empeño es tan encomiable como discutible. Ese criterio hubiera dejado fuera de cualquier premio a James Joyce. Ya hasta los jurados creen que deben tener en cuenta la comercialización.