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Kafka vivió el origen del cine

A partir de 1900, el proyector cambió el ocio del público

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Una de las revoluciones más apasionantes dentro del universo cultural fue la aparición del cine. Dicen las enciclopedias que todo comenzó en 1896, con la primera proyección de los hermanos Lumière. Sin embargo, la verdadera explosión de este nuevo lenguaje llegaría durante las dos primeras décadas del siglo XX. Porque antes de las bombas (las de la gran guerra), toda Europa -principalmente París, Berlín, Praga y Viena- se llenará de cines y de unos espectadores embelesados y estupefactos.

Las primeras salas de exhibición fueron ambulantes. El artesano -aún no podía llamarse empresario- llegaba con su proyector y se iba. Pero, a partir de 1907, se establecerán las salas fijas, controladas por las empresas que dominarán la industria durante estos primeros años: las francesas Pathé y Gaumont, la alemana Mutoskop y la estadounidense, pero afincada en Europa, Edison Company. Ellas se encargaban de todo: producían, distribuían y, por supuesto, exhibían.

Influencia en los artistas

A las salas comenzó a acudir el público en tropel. Y, tal y como relata Hanns Zischler en su libro Kafka va al cine (Minúscula), uno de estos espectadores fue el joven checo Franz Kafka, quien, desde 1910 a 1914, recorrió, junto a su amigo Max Brod, los cines de París, Berlín y Praga con ojos desorbitados. La metáfora es evidente: si a Warhol, la televisión junto a la publicidad y el technicolor, le convirtieron en el artista más moderno de la posmodernidad, el cine para Kafka fue una especie de llegada a la Luna que influirá sobremanera en sus formas artísticas.

Por otra parte, los cines cambiaron el rostro a las ciudades. Muchos de ellos habían sido antes teatros, pero otros fueron construidos a partir de las premisas conceptuales del art-decó. Dentro de esa corriente se encontraba el Omnia Pathé, abierto en 1905 en París. 'Fuente de nuestros placeres', escribió Kafka sobre él. En Berlín destacaba la zona de la Postdamer Platz, que poseía unos cines, dirigidos por los hermanos Herrnfeld, donde se proyectaron algunos de los éxitos de la época como Por fin solo, de Max Mack, en 1914. En la ciudad natal de Kafka, Praga, la profusión de cines era enorme: el Landestheater, el Lucio Azul, el Orient, el Bio-Lido o el Bio-Lucerna, una sala que también tenía un café y un cabaret.

Un cine muy ingenuo

Esto último dice mucho sobre cómo eran esos primeros cines y ese primer público que se acercaba expectante. En relación con las películas, algunas de las que, por ejemplo refiere Kafka en sus Diarios es la danesa La esclava blanca (1910), llena de tópicos eróticos y sexuales, y convertida en un éxito. Los títulos son muy característicos de estos primeros años de cine en blanco y negro y mudo. Ahí está la alemana Para yerno sólo quiero a un funcionario (1913). Todo un reflejo de que lo que empieza es espontáneo, sin maldad y con una deliciosa ingenuidad.

Ahora bien, tampoco hay que olvidar otras temáticas que gustaban mucho al público como los dramas realistas cercanos al suceso. Este tipo de filmes los explotaba mucho Pathé. Uno de sus éxitos fue El robo de la Mona Lisa, basado en el caso acaecido en 1911.

Macarras y obreros

En cuanto al público, según escribió el crítico cinematográfico Ulrich Rauscher en 1912, fue desde el inicio popular: 'Había en Alexanderplatz (Berlín) un cine de barrio abarrotado de obreros, putas y macarras, y por encima de ellos se alzaba el comentario sensiblero del narrador'. Exacto, estos narradores, dobladores especiales de aquellas películas mudas, eran también pieza clave en cualquier sala, junto a los carteles que anunciaban las películas, los cuales se convertirían en auténticos lienzos artísticos.

Por supuesto, el cinematógrafo, como se llamaba a los cines, provocó una caída de espectadores en los teatros. Es más, también entre los actores, ya que algunos de los más famosos de entonces, como Albert Basserman, tras brillantes Hamlet, o Delia Gill, no dudaron en ponerse ante la cámara. El cine era la meca y no al revés. Lo había cambiado todo.

Y también fue un termómetro para la sociedad. Un ejemplo que vivió el propio Kafka es evidente: año 1921, pase de la película Regreso a Sión, financiada por el Fondo Nacional Judío, en el Lido-Bio de Praga. Multitud de judíos acuden a la proyección. Kafka se acerca y observa cómo una extraña muchedumbre se agolpa a las puertas del cine. '¡Ahora los judíos hacen cine, qué desfachatez!', grita una mujer. Qué ironía: en 2008 la ma-yoría de las salas está copada por cine judío.

Según relata Hanns Zischler en Kafka va al cine, el escritor se enamoró del cine en 1910, cuando tenía 27 años. A tal llegó su pasión que, según afirmó en sus ‘Diarios’, podía dejar la escritura –su vida, su respiración– para dejarse caer por el Landestheater de Praga a ver qué programa emitían (en aquel entonces había muchas sesiones continuas, ya que las películas no tenían mucho metraje). Acudió en numerosas ocasiones al cine en compañía de su amigo Max Brod.

Le gustaban las comedias y las tragedias. Y es que a pesar de esa percepción universal de un carácter apocado, a Kafka no le gustaba estar un segundo quieto. Quería conocer todo lo que se movía en la ciudad. Hasta 1914 se encuentran numerosas entradas en los diarios sobre películas, cines y actores.

Después, curiosamente, tendría lugar su explosión literaria (La Metamorfosis, El Castillo, El Proceso). Nos queda la duda: ¿habría sido otro escritor sin su pasión cinéfila?