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Kertész, el moderno

Una exposición en el Jeu de Paume de París señala al fotógrafo húngaro como padre de la imagen contemporánea

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'Todos debemos algo a Kertész'. La frase es de Henri Cartier-Bresson, que siempre le consideró uno de sus principales acreedores. Cuentan que cada vez que se veían, se arrodillaba ante el maestro para demostrarle su gratitud. Cartier-Bresson debía ser consciente del escaso reconocimiento que recibió en vida el fotógrafo húngaro. 'Se trata del padre de la fotografía contemporánea y ha influido en todos los grandes nombres del siglo XX', opina Marta Gili, directora del Jeu de Paume de París, donde ayer se inauguró la primera gran retrospectiva de su obra en más de tres décadas, coincidiendo con el 25º aniversario de la muerte de Kertész.

Por fin, una exposición le hace justicia. La tesis de la muestra la más completa que se recuerda, con 300 tirajes de época y un puñado de copias realizadas por el propio artista es que Kertész anunció las estéticas de la modernidad fotográfica, del surrealismo al fotoperiodismo. 'No perteneció a ninguna escuela y a la vez formó parte de todas', apunta la comisaria Annie-Laure Wanaverbecq, que explica: 'supo entender antes que nadie las posibilidades expresivas de la fotografía'.

'Es el padre de la fotografía contemporánea', dice Marta Gili

La rebeldía de Kertész es legendaria. Acabó abandonando a su maestro por diferencias estéticas irreconciliables. 'Lo que usted hace no es fotografía', le dijo antes de dar el portazo definitivo a la tradición. Movido por sus instintos y sin ningún aprendizaje formal, Kertész perfeccionó su arte a partir del gesto anodino y de la falta de pretensión. Incluso al ser reclutado por el ejército austrohúngaro durante la Gran Guerra. Sus imágenes de la época cobran el aspecto de viñetas costumbristas de la retaguardia, alejadas de la denuncia al belicismo y de la historia escrita con mayúsculas.

En 1917, su primera foto reconocida anticipa todo lo que vendrá después: la silueta de un nadador ligeramente deformada por el agua. 'Sólo he hecho lo que me ha apetecido', aseguraba Kertész. Una afirmación discutible, ya que aceptó trabajar para la prensa estadounidense fotografiando las ostentosas mansiones de los famosos.

Perfeccionó su arte a partir del gesto anodino y de la falta de pretensión

Incluso sus encargos conservan todas sus marcas de fábrica: la composición perfecta, los juegos de simetría y la obsesión por las sombras, que cobran la misma importancia que el objeto. Lo demuestra la célebre imagen del tenedor apoyado en un plato, que dio la vuelta al mundo en 1928.

Se convirtió en un icono de la vanguardia fotográfica, a la misma altura que sus retratos virtuales de Mondrian, que tienen una particularidad curiosa: el personaje principal no aparece en ellos. El pintor holandés aparece retratado a través de sus objetos: un par de anteojos, una pipa alargada, un jarrón de flores artificiales... Nada más lejos del modelo imperante, todavía hoy.

Su llegada a Nueva York vino acompañada de una profunda depresión. Kertész se sintió incomprendido y la cultura dominante le disgustó profundamente. Pese a todo, no volvió a cruzar el Atlántico, cultivando una melancolía algo enfermiza durante más de 40 años.

La imagen que mejor describe al fotógrafo es la de una nube aislada junto a un rascacielos, que no sabe dónde meterse ante tanta arquitectura imponente e inhumana. 'Esa nube soy yo', dejó dicho Kertész. La había fotografiado desde su apartamento neoyorquino. Terminó sus días allí, tomando fotos de los retratos enmarcados de su difunta esposa, mientras el mundo empezaba a comprender su contribución capital al arte del siglo pasado. 'Y también de lo que llevamos del presente', añade la comisaria. 'Trabajó a partir de sus emociones e introdujo la subjetividad en la fotografía, que es algo que hoy todavía no hemos terminado de digerir'.