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"La rabia y la ira son poco productivas literariamente"

El autor llegó desde Alemania para recoger el Premio de la RAE por su obra 'Los peces de la amargura'

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Es uno de los pocos escritores no profesionalizados que se dedican a la escritura. Sus novelas y relatos se cuecen a fuego lento. Esta semana, llegó desde Alemania, donde vive desde hace más de 20 años, para recoger el Premio de la RAE por su obra Los peces de la amargura (Tusquets), donde 'utiliza toda la fuerza del lenguaje narrativo para recrear el sufrimiento humano causado por el terrorismo etarra'.

Desde Fuegos con limón, usted es un contador de historias. ¿Se olvidó de la poesía a pesar de haberla practicado?

Lo que yo entiendo por poético no se ciñe exclusivamente a la escritura en versos. Es decir, escribir poesía no supone llegar automáticamente a un resultado poético. En mi evolución personal, pasé de escribir versos a otra cosa, donde la búsqueda de lo poético todavía persiste. Practicar otros géneros me permite hablar desde puntos de vista que no son exclusivamente los míos. Cuando uno escribe poesía, se expresa él y lo hace con sus palabras suyas, vamos a decir, y no aplicadas a un personaje de ficción. Por otro lado, lo que se entiende convencionalmente por poético excluye el humor, las descripciones, las reflexiones Eso eran limitaciones muy grandes. Se me quedó pequeño, porque me apetecía contar. Pero no me llevó a prescindir lo que conocemos por poético: la belleza de la expresión, la densidad y la hondura del pensamiento. A eso no he renunciado nunca.

Tampoco ha renunciado al cuidado por lo poético.

Sí, porque el lenguaje es lo que el lector debería olvidar para llegar a la historia. Lo que el escritor pone en las páginas son palabras, frases, idioma. Si uno no lo maneja con suficiente altura literaria, es muy difícil que llegue a ofrecer a sus lectores algo valioso. Al decir altura, me refiero a cosas muy concretas, como la precisión de la imagen que se quería transmitir.

Se le considera escritor de proyectos.

Lo soy. Forma parte de mi metodología de trabajo. Tengo proyectos que se van encadenando. Normalmente, me dedico a uno en exclusiva porque mi cerebro es incapaz de hacer varios al tiempo. Siempre tengo un proyecto: no puedo vivir sin escribir. En la cabeza, siempre habita un libro.

Pero es un escritor pausado.

Porque desconfío de mí mismo. A veces me he permitido pasajes escritos a vuela pluma. Es la ventaja que tenemos los escritores: no trabajamos frente al público. Si falla, el escritor siempre puede corregir. Además, soy consciente de que, por el hecho de haber nacido, tengo un cupo de días limitado y todo lo que me gustaría contar y escribir requeriría una vida de unos 357 años, aproximadamente. Así que hay que seleccionar para que las pocas cosas que uno pueda hacer las haga bien.

¿Qué cosas le interesan?

La gente. La gente no el montón, sino los seres humanos, las personas, el muñeco humano. Me ha costado tiempo saber por qué y quizá sea porque de pequeño ya me atraían las personas y sus defectos. Eso me sigue estimulando. Los seres humanos son complejos y la variedad es enorme. Mostrar eso es para mí uno de los objetivos de la literatura. Y el manejo del lenguaje.

Para tratar al muñeco humano, utiliza como modelo la picaresca.

Sí, pero eso va con mi carácter. Acepto que se me coloque en esa onda, pero no es una tendencia literaria en mi caso, porque lo llevo dentro de mí y tiene que ver con mi biografía. Quizá tenga que ver con que procedo de un ambiente obrero, en el que no nos regalaban nada y todo había que conseguirlo a fuerza de trabajo o de astucia. Tener que buscarme los garbanzos como Lázaro. Es una forma de ver la vida: no creo que el ser humano esté fuera de la naturaleza o que no pertenezca a la fauna animal, aunque se ponga una corbata o viaje en avión.

Eso hace daño, porque no le enseña lo más amable de él.

Allí donde la obra es una excusa para conseguir algo, es posible que uno se falsee. Pero no es mi caso, porque como tengo un número limitado de días, me gustaría expresarme sobre las cosas esenciales que les pasa a las personas, como el amor, el rencor, la envidia, la violencia.

¿Cuánto se ve afectado por la actualidad o lo noticioso?

La actualidad no me afecta de una manera automática; no veo algo en la calle y me voy corriendo a casa a ponerlo por escrito. Así no trabajo. Sí estoy atento a la realidad, tengo mis roces con la vida y eso va aumentando mi experiencia. Pero mis obras no son una reacción a hechos actuales, de ninguna manera.

Pero sí ha contado su experiencia ficcionada en el País Vasco.

Claro, tengo los mismos años que ETA, 50. No he escrito por el último atentado, es que lo llevo pegado a mi biografía con pocas ganas y ningún agrado. Forma parte de mi decorado biográfico.

¿Cómo entra al asunto, arrastrado por la rabia?

No, la rabia y la ira son poco productivas literariamente, porque actúan contra la lucidez.

A pesar de Thomas Bernhardt.

Creo que Bernhardt era un tímido. Tipos como él se crean una manera hosca, arisca, están insatisfechos constantemente. Es una manera de protegerse a sí mismo. Por otro lado, Bernhardt vivía en un país con un nivel de vida muy alto y un índice de criminalidad bajísimo. Eso le bastaba para estar insatisfecho. Yo no podría escribir como él, porque yo tengo afecto al ser humano. Sin embargo, sí que me complace mostrarle en sus debilidades y ruindades.

¿Por qué no es productiva la ira?

Cuando uno trabaja con ira, el cerebro trabaja al dos por ciento de sus capacidades intelectuales. La ira sale del estómago, y cierra, obceca y no deja pensar. Es más propio escribir sobre la ira.

Eso no quiere decir que guarde equidistancia.

De ninguna manera. He escrito mucho sobre la crueldad y se la he mostrado al lector de la manera más desa-gradable posible para que suscite en él una actitud de rechazo hacia ella. Nunca me gustó Quevedo porque se regodeaba en el infortunio de los demás. Él escribía sus letrillas contra los jorobados, los ciegos, los mancos y los demás nos reíamos. Es una risa de la que luego me he arrepentido.

¿Qué necesidad hay del compromiso?

Soy partidario de ese concepto, pero es una decisión personal. A un escritor no se le puede dictar lo que tiene que escribir. La única obligación que debe tener el escritor es la de escribir libremente. Asumo un compromiso con la sociedad en la que nací. Es mi opción y no se la exijo a nadie. Pero reconozco que desde joven he sentido afinidad con esa idea del compromiso.