Publicado: 01.12.2016 18:49 |Actualizado: 02.12.2016 07:00

Luis Tosar: “España no es tan de puta madre como creemos”

Protagonista de ‘1898. Los últimos de Filipinas’, película que recupera uno de los episodios más grotescos de la Historia de España y que representa, según el actor, un momento “que desgraciadamente tiene mucho que ver con el actual”

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Luis Tosar, en '1898. Los últimos de Filipinas'.

Luis Tosar, en '1898. Los últimos de Filipinas'.

MADRID.- Finales del siglo XIX, un destacamento español fue sitiado en el pueblo de Baler, en la isla filipina de Luzón. Permanecieron 337 días ‘resistiendo’ dentro de la iglesia, la mayor parte de ellos cuando la guerra ya había terminado. El teniente Martín Cerezo, al que da vida Luis Tosar, se obsesionó con que la noticia era una trampa y se negó a salir. Y allí nació el nombre de ‘Los últimos de Filipinas’. Salvador Calvo, con guion de Alejandro Hernández, recupera ahora en su ópera prima aquel desastroso capítulo de la Historia de España, que el actor compara con la situación que vivimos hoy y con la imagen que tenemos de nuestro país. “España no es tan de puta madre como creemos”.

Álvaro Cervantes, Eduard Fernández, Javier Gutiérrez, Karra Elejalde y Carlos Hipólito, entre otros, forman parte también de ‘1898. Los últimos de Filipinas’. Si muchos interpretaron la película que dirigió Antonio Román en 1945 como el retrato del aislamiento de la España de Franco y la nociva obsesión por mantener una ideología fascista –hubo quienes la tacharon de ensalzamiento del nacionalismo español-, la de este 2016 es mucho más desconcertante. El filme se tambalea entre el mensaje antibélico, un patriotismo rancio y las bondades (o no) de la disciplina militar. El director, tal vez demasiado entusiasmado con los planos aéreos del principio, encierra a los personajes en aquella iglesia de Baler y permite que destaque muy especialmente el trabajo de Tosar, Álvaro Cervantes, Carlos Hipólito y Eduard Fernández.



¿Cómo se puede aprovechar hoy la historia de ‘Los últimos de Filipinas’?

Bueno, por desgracia, tiene mucho que ver con nuestro mundo actual. 1898 fue un momento de decadencia brutal, aunque entonces fuera el gran imperio español, allí se notaba que empezaba la regeneración de algo. Aquí también algo está pasando, algo se está removiendo aunque aún no sabemos hacia dónde va la cosa. Parece que todo se mueve, pero que no vamos a nada bueno. Hay un hastío y un descreimiento que debía ser muy parecido en 1898. Pero es que tener gobierno por puro cansancio es muy triste. Y luego está el mensaje permanente de que cualquier conflicto bélico es una mierda para todos.

La película desconcierta mucho, no se sabe si es una defensa del patriotismo, una denuncia de la guerra… y además, el episodio, aunque real, es bastante ridículo ¿no?

Sí, no deja de ser una historia muy absurda, navega entre la gesta militar y el absurdo total. Y lo atractivo es revisarlo desde este lugar, reescribir la historia oficial. La situación no deja de ser ridícula, pero desde el punto de vista confortable del espectador se puede emitir un juicio. Aquellos hombres pasaron 337 día en una iglesia, pero a la Corona le importaba una mierda lo que pasara allí. Ahora ocurre igual, hay un desajuste total, una desconexión entre el Estado y el ciudadano.

1898. Los últimos de Filipinas

1898. Los últimos de Filipinas

Y, en su opinión, ¿cuáles son las consecuencias de ello?

El mundo, tal y como los poderes fácticos lo conciben, va por otro lado, entonces la gente se despista y, además, la maquinaria es inasumible. Y ahí está también la administración, ese laberinto kafkiano y digital. Existe la sensación de que nadie es dueño de lo que vive.

Volviendo a lo absurdo, ¿no lo es un poco también recuperar un episodio que conoce todo el mundo?

No, no, la peña solo conoce la frase de ‘los últimos de Filipinas’, pero el 90% no tiene ni idea de qué va esta historia. Estamos viviendo un momento revisionista de la Historia en la ficción. Se nota más en la televisión, porque en el cine es una cuestión de industria y los productores no se animan mucho.

La película en algunos momentos insiste demasiado en el patriotismo, en ¡España!

En mi opinión, es solo un intento de decir que este país no es tan de puta madre como todos creemos. España está permanentemente en una situación muy rara, aunque la cabeza de Europa quiera que creamos que es la bandera de la recuperación. Me parece que nos viene muy bien la autocrítica, porque se deberían cambiar muchas cosas que no funcionan. Nos dicen que los españoles somos aguerridos, emprendedores… y no es verdad, la realidad es que no nos queremos mucho, no nos ayudamos… Y somos un poco estúpidos. Hace poco estuve en Perú en el Museo del Chocolate, me enteré de que España tuvo la receta cien años, pero la primera chocolatería la montaron unos ingleses.

Algunos aseguran que el patriotismo rancio es el peor nacionalismo ¿usted es nacionalista gallego?

Yo soy galleguista, los nacionalismos son hoy más peligrosos que antes. De jovencito, puede que sí, pero con el tiempo me he dado cuenta del peligro que encierran. Los gallegos somos un pueblo mestizo. En España con este tema se encienden mucho los ánimos. Da la impresión de que no se puede hablar y no querer debatir, no querer dialogar no es sano. La gente se limita a decir lo que aparece en los titulares. Pero todo tiene explicación, hoy estamos acostumbrados a un funcionamiento entre los medios de comunicación y las redes sociales. Todo tiene que ser un tuit. Así, te van a pillar por cualquier lado. Si te quieren reventar, te revientan.

¿No le rechina un poco algún diálogo de la película, como cuando el joven soldado dice que ‘pensar debilita’?

Primero lo dice un cura y eso es más interesante, porque la Iglesia no se ha caracterizado nunca por decir lo contrario, siempre ha lanzado el mensaje de que pensar debilita.

Usted interpreta en la película al teniente Martín Cerezo, un tipo obcecado por el cumplimiento de las reglas. ¿Las reglas a veces están para romperlas?

Sí, hay un momento para romper reglas. Pero al leer las memorias de Martín Cerezo comprendí que en ciertas situaciones no es fácil mantener la cabeza sana y aquellos soldados tenían un nivel de paranoia muy alto. Hubo más bronca y más sentido del motín de lo que cuenta la película. Pero aquellos eran chavales que venían de la miseria, de la Extremadura profunda. Yo, siendo de Lugo, me lo puedo imaginar perfectamente. Este es uno de los grandes absurdos de los imperios.

Una vez más, después de ‘Toro’ y de ‘100 años de perdón’, se mete en una historia muy masculina, ¿no se cansa de tanta cosa viril?

Pero es que no se escriben películas con personajes femeninos o a mí no me llegan guiones con ellos. El mundo del escritor cinematográfico sigue siendo muy de universo masculino. Me gustaría, claro, pero no hay.