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Una manera de ser, de vivir y de sentir

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La concesión del Premio Cervantes a Ana María Matute es una noticia en verdad magnífica. Se ha premiado a la literatura, a la literatura con mayúscula. Matute es autora de una de las muestras creativas más poderosas y personales de la narrativa escrita en castellano del siglo XX y, gracias a su brío creativo, de lo que llevamos del XXI. Su abundante obra (traducida a más de 30 idiomas), compuesta por 11 novelas, ocho libros de relatos (de la talla de Chéjov, Maupa-ssant o Carson McCullers) y varios títulos de literatura infantil, la han hecho acreedora de los premios más prestigiosos del país. Pero merecía ese broche de oro para coronar esa espléndida trayectoria literaria, tan personal y genuina.

'Se ha premiado a la literatura, a la literatura con mayúscula'

Aunque perteneciente, cronológicamente, a la llamada generación del medio siglo, la escritura de Matute siempre se ha regido por su desapego a las consignas tanto ideológicas como estéticas de la época. Sin embargo, con los miembros más destacados comparte ejes temáticos como la Guerra Civil española, la desolación como paisaje moral de los años de posguerra, la rememoración de la infancia como irreparable pérdida y el descalabro humano reinante en una sociedad en la que los más débiles sucumben a los poderosos.

Escritora sutil y a la vez rotunda, dotada de una sensibilidad realmente exquisita pero también de una fuerza expresiva perturbadora y de una implacable ironía para delatar la crueldad, sus personajes se han caracterizado como seres desprotegidos frente a la rudeza de la realidad, pero rabiosamente animados por una energía casi mística que los escuda de la mezquindad de su entorno. Un halo angélico los envuelve y parece salvarlos, si no de la injusticia, del odio y de la incomprensión, sí de la anestesia sensitiva y anímica que acaba por aniquilar lo único y personal que hay en cada ser humano.

Matute pertenece a esa clase de escritores para quienes la literatura es una manera de ser, vivir y sentir. Es una persona para quien la realidad no es ese entorno exterior, más o menos vasto, más o menos concreto, más o menos mesurable y reconocible, que percibimos la mayor parte de los mortales, si no que es un misterioso, intrincado e inabarcable bosque que sólo se puede recorrer en solitario y del que nadie ha salido siendo el que era antes de entrar en él. Es el precio que hay que pagar a cambio de un conocimiento que nadie ha atinado todavía a demostrar si se trata de recompensa o condena. Un precio que Ana María Matute ha asumido a lo largo de más de 70 años, desde la publicación de Los Abel, su primera novela, el año 1948, hasta ahora mismo.