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Manuel y Tomás, hermanos, ex legionarios y secuestradores

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Cuando existía la mili, ese disgusto camuflado de uniforme que tuvieron que pasar tantas generaciones de españoles, la instrucción que recibían esos soldados a la fuerza se reducía a aprender a desfilar, pegar cuatro tiros en el campo y memorizar las reglas básicas del arte del escaqueo para que el sargento nunca reparara en uno. Luego, el ejército se profesionalizó y, en teoría, la tropa comenzó a recibir una preparación dirigida a las funciones de combate asignadas a cada soldado. Así, a los legionarios, esos militares que se adelantaron unos cuantos años a Tim Burton en eso de buscarse una novia difunta, se les prepara para la lucha en primera línea de fuego. Otra cosa es qué hacen los que han pasado por sus cuarteles cuando le dicen adiós a la cabra y pasan a engrosar las filas de la ciudadanía civil.

Dos de ellos, Manuel Cano y su hermano Tomás, estaban convencidos de que lo aprendido a la sombra de los Tercios de Millán Astray les podía hacer ricos o, al menos, darles una alegría a la cuenta corriente. Por eso, en julio de 2009, decidieron aplicar todo los aprendido en sus meses de camisa desabrochada para cometer un secuestro. Eligieron como víctima a Andrea, la joven hijastra del dueño de la empresa donde uno de ellos había estado trabajando como mensajero hasta hacía poco tiempo. Luego, la sometieron a discretas vigilancias para conocer sus horarios, y fijar qué lugar y qué momento eran los mejores para perpetrar el secuestro. Y, finalmente, se subieron a un monte entre las localidades de Alicante y Elche para excavar un zulo en el que mantener a la joven mientras negociaban el rescate. En esto último, sin embargo, Manuel y Tomás sacaron a relucir más sus conocimientos de escaqueo que los de sufridos militares, porque se limitaron a excavar un pequeño agujero de cuatro metros cuadrados que camuflaron con simples ramas de árboles.

Comenzaron exigiendo un rescate de 300.000 euros y, al final, aceptaron uno de 74.000

Con toda la logística preparada, los dos ex legionarios hicieron un primer intento para secuestrar a la joven. Fallaron. A la segunda, lo lograron. Pincharon la rueda del vehículo en el que Andrea se desplazaba al instituto donde estudiaba y cuando ésta se bajó a reparar la rueda, la abordaron y la llevaron al zulo del monte. Allí la mantuvieron tres días con los ojos tapados y alimentándola únicamente con bocadillos. Tres días en los que llamaron seis veces al padrastro de la joven para fijar el precio del rescate. Comenzaron exigiendo 300.000 euros y acabaron conformándose con 74.000. Luego fijaron como lugar de entrega del dinero una farola en un polígono a las afueras de Alicante.

Para lo que no les sirvieron de nada sus conocimientos marciales fue para detectar a los policías que estaban al acecho en el lugar de la entrega del rescate. Cuando llegó Tomás a recoger la bolsa con el fajo de billetes, los agentes lo arrestaron. Los policías decidieron entonces contestar al teléfono del secuestrador detenido, que no dejaba de sonar. Al otro lado de la línea se encontraba su hermano, impaciente por saber si había recogido el rescate. Doce minutos de tensa conversación después, el ex legionario decidía poner en libertad a la joven no sin antes amenazarla con un 'debería pegarte un tiro'. Horas después, era también detenido. La cabra de la Legión no los echará de menos.