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Mary Poppins con Rolleiflex

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Mary Poppins existió y era fotógrafa. Se llamaba Vivian Maier, niñera, feminista y solitaria. La autora con un biografía de claroscuros mantuvo con celo su anonimato y acumuló, a lo largo de medio siglo, 100.000 negativos de material totalmente inédito.

Asisto perplejo al goteo de imágenes, cruel goteo, que su descubridor y propietario, John Maloof, cuelga en su blog diariamente. El volumen de trabajo, con tan sólo el 10% escaneado, es abrumador. Por este fascinante teatro callejero desfila el imaginario de posguerra americana: mendigos renegridos por el polvo del asfalto, rascacielos enfrentados a la luz, una joven engalanada ¿Marylin? alejándose en la noche, una pareja dormida abrazándose en el tren, niños que lloran, niños que ríen... Sus fotografías tienen la cercanía de Weege, la fina ironía de Lisette Model o de Diane Arbus y la transparencia de Walker Evans. Críticos y académicos van a tener que revisar sus manuales para hacer un hueco ilustre a la Maier.

Vienen a mi memoria algunos de los archivos rescatados al público en este último medio siglo: las prostitutas de E. J. Belloch, los retratos del medio oeste de Disfarmer, Seydou Keita y su imaginario malinés. Aquí, el trabajo deslumbrante de los españoles Marín o Brangulí, recuperados felizmente por el tándem Levenfeld-Vall-honrat. Todas estas miradas comparten su profundo humanismo y la ausencia de requiebros conceptuales postizos. Me pregunto si no será en el vuelo poético sostenido de todas estas fotografías, en su carácter de crónica o en el hechizo de su ilusión, donde reside la esencia del milagro fotográfico.

Los autorretratos de Maier muestran una mujer con sombrero, de aires victorianos y mirada felina, una Virginia Woolf callejeando infatigable por Chicago armada de su Rolleiflex. John Maloof, veinteañero indocumentado, sale en los noticieros escaneando el material precioso para el mundo, desde su desván. La historia es tan fantástica en todos sus aspectos que bien podría ser un nuevo ingenio de Joan Fontcuberta.