Publicado: 26.12.2015 09:47 |Actualizado: 26.12.2015 09:47

El mayor fiasco seriéfilo del año se titula 'True Detective'

El año toca a su fin y echando a vista atrás la serie de Nic Pizzolatto emitida por HBO se erige como la mayor decepción de la temporada por razones de mucho peso. Lo mejor, sin duda, sus impactantes títulos de crédito. Después, el caos y el sinsentido.

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Colin Farrel en la segunda temporada de 'True Detective'.

Colin Farrel en la segunda temporada de 'True Detective'.

MADRID.- True Detective se ha convertido en la antagonista involuntaria de The Leftovers a la hora de elegir lo mejor y lo peor del año seriéfilo que está a punto de finalizar. Si la ficción de Tom Perrota y Damon Lindelof logró resurgir de sus cenizas tras una primera temporada irregular, el camino de la de Nic Pizzolatto y Cary Fukunaga ha sido precisamente el inverso hasta poder afirmar que la segunda temporada de True Detective ha sido el mayor fiasco de este 2015.

La razones son muchas y variadas y todas ellas dificultan la confirmación de una tercera entrega que está en el aire. Creadas ambas bajo el poderoso sello de HBO, no han podido llevar un camino más distinto.



The Leftovers ya tuvo su cuota de protagonismo hace unos días. Ahora es el turno de la otra cara de la moneda de HBO. Emitida el pasado verano, el tiempo no ha hecho que sus errores se difuminen, al contrario. Cuanto más tiempo pasa, peor es el recuerdo dejado. Cuando lo más positivo que se puede decir de una serie es que tiene unos poderosos títulos de crédito (quizá los mejores que se han visto en temporadas) pero que tras ellos el interés muere, está claro que hay un problema difícil de solventar.

Muchos argumentarán que una de las principales trabas de la segunda temporada de True Detective tuvo que ver con las expectativas

Muchos argumentarán que una de las principales trabas de la segunda temporada de True Detective tuvo que ver con las expectativas. Esas que generó una primera temporada aplaudida por la crítica y el público y que hicieron que no se la midiese con el mismo rasero que a otras ficciones. Puede que tengan razón y puede que no, porque, siendo sinceros, la perturbadora, filosófica y arenosa historia protagonizada por Matthew McConaughey y Woody Harrelson tenía sus virtudes, pero también sus fallos.

Si bien el personaje de Rush Cohle impactaba en un primer momento, llegaba a resultar cargante a medida que se sucedían los episodios y el final, tan de compadreo entre sus dos protagonistas, desinfló en cierta medida la burbuja creada en torno a True Detective. Aún así, los Globos de Oro la reconocieron con cuatro nominaciones y los Emmy le otorgaron cinco estatuillas. Un nivel muy alto de partida para una segunda tanda que no tenía nada que ver con su predecesora más allá del título y de ser una serie con policías como protagonistas.

Sin Fukunaga y sin actuaciones convincentes

Dejar a Fukunaga fuera del proyecto por sus desavenencias con el guionista supuso el primer error. Cinco directores para ocho episodios. Cada uno con sus particularidades formales y su idea de cómo rodar. El segundo fallo, el casting. Vincen Vaugh no convenció en ningún momento como el mafioso que pretendía ser dentro de un traje que parecía tener exceso de almidón provocándole una inmovilidad corporal preocupante.

Y mucho menos la mujer florero que le colocaron al lado, interpretada por Kelly Reilly, que se limitaba a estar ahí y hablar en susurros con un flequillo bastante molesto. La voluntad no le valió tampoco a un Taylor Kitsch casi irreconocible para interpretar al agente homosexual que se resiste a reconocer su condición. Y luego estaban Colin Farrell y Rachel McAdams, a los que ni siquiera su demostrado talento y su versatilidad como actores les bastó para salir airosos de un guión que hacía aguas.

Tanto personaje torturado, tanto trauma pasado que aflora en cada conversación, en cada plano, en cada secuencia resultaba tan repetitivo como aburrido

Tanto personaje torturado, tanto trauma pasado que aflora en cada conversación, en cada plano, en cada secuencia resultaba tan repetitivo como aburrido. Vicio de una trama enrevesada y mal explicada que se perdía en sí misma. El caso de asesinato se complicaba con un antiguo lío amoroso y asesinato de hace años del que dos niños fueron testigos. De adultos y de pronto, sin saber muy bien porqué, aparecían en escena. Se echó en falta a Fukunaga, pero también un guión más sólido, con personajes menos manidos y un desarrollo menos caótico de los acontecimientos.

La sensación de no entender muy bien qué estaba pasando en ocasiones y de que la trama se estaba alargando en exceso hizo que la audiencia se fuese marchado. El desinterés se apoderó del espectador y quienes consiguieron aguantar estoicamente hasta el último capítulo tuvieron como premio –léase con ironía– un desenlace que ensalzaba aún más ese exceso de masculinidad que se le criticó a la primera tanda de episodios. En la segunda se introdujeron personajes femeninos en primera línea para compensar, pero al final resultó que para poder seguir adelante ellas necesitaban del sacrificio redentor de ellos.