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"Me gusta hacer una televisión afeada, como con 'La Niña de Shrek'"

Silvia Abril. Actriz y humorista.Quería ser bailarina y de mayor colmó sus expectativas con una aparición paródica en Eurovisión. El humor ganó a la música

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U n día sin reír es un día perdido decía Chaplin, y Silvia Abril, actriz y triunfadora en televisión con imitaciones a veces esperpénticas, se lo ha tomado al pie de la letra. Desde que era pequeña y en su habitación colgaba un póster de Jerry Lewis, el profesor chiflado. Juega con ventaja, pues es capaz de contenerse mientras perpetra gamberradas. Aunque, reconoce, muchas veces no ha podido aguantarse, como cuando rodaba Homo zapping junto a José Corbacho: 'Tenía que ir al baño corriendo porque se me escapaba el pis'. Un recuerdo de infancia nítido fue un charco que dejó sobre el parqué durante una clase de jazz. 'Llegué a mearme de risa, literalmente, durante una coreografía de Radio Futura'.

Eran los tiempos en que la música, más que el humor, aleteaba sus sueños. El efecto catártico más placentero lo descubría con el baile. 'Y así sigue siendo', afirma sin dudarlo. Una evasión, una forma de relativizar, de huir de la realidad. Esta catalana, que hacía lo que más rabia le daba a cada profesor para que la echara de clase cuando se aburría, reconoce que al principio el humor fue una táctica para sobrevivir, para tener un lugar en la jerarquía familiar, pues era la mediana de tres hermanas.

'Soy impulsiva,no inconstante, y a la que pasa un tren me subo'

Cuando tenía 10 años ya se pasaba horas y horas danzando. Se imaginaba que era una bailarina del ballet ruso. Se disfrazaba de cualquier cosa y, al son de la música, experimentaba con muchas más caras que después le serían de utilidad en su vida humorística y de desparpajo. Fantaseaba con Giorgio Aresu y el ballet Zoom, y Raffaella Carrá le pirraba. Una vez interpretó Grease en la escuela y le tocó el papel de John Travolta en lugar del de Olivia Newton-John. De mayor se rindió a Michael Jackson. '¡Y Madonna aún me perturba!', exclama.

Para alguien con aspiraciones de bailarina, su intervención en el Festival de Eurovisión como torpe acompañante del grotesco Rodolfo Chikilicuatre fue la panacea. Fue una broma más, una gamberrada, un juego.

Por aquella época empezó a ser conocida como La Niña de Shrek, otra caricatura llevada al extremo, un personaje puramente cómico en Buenafuente. 'El programa tiene un humor fino, del que te hace pensar, y La Niña se desmarcaba de eso, pero era hacer una televisión afeada hasta un nivel impensable, en un momento en el que todas las tías que trabajan en la tele son guapas. Igual que cuando me contrataron para Caiga quien caiga, me gustó porque iba a dar la cara sin ser un bellezón'.

'La realidad no me interesa, a veces es demasiado dura'

La profesión de actriz llegó por casualidad. Silvia Abril estudió Derecho porque no sabía qué hacer y la mayoría de sus amigas se apuntaron a esa carrera, que fue compaginando con el teatro para divertirse. Hasta que un día le hablaron de presentarse al Institut del Teatre de Barcelona. Silvia no quería dar un disgusto a sus padres, que tenían una floristería en Mataró, y quería retribuir los esfuerzos que hicieron para pagarle una escuela privada. Cuando dejó Derecho, el disgusto fue tremendo.

Con los Juegos Olímpicos, apareció Comediants, compañía con la que pasó casi una década. Tampoco terminó el Institut del Teatre. Lo dejó tras el tercer curso. 'No es que sea inconstante, soy impulsiva y a la que veo un tren me subo', dice. El Terrat, y por extensión, las imitaciones y la tele, apareció gracias al cásting para un cabaret político, El Burladero.

Se acaba la entrevista y Silvia Abril no ha hecho ninguna gamberrada. 'Es la edad', señala sin creérselo esta 'especialista en rebajar tensiones' con argucias como caerse al suelo al entrar en una reunión. 'He aprendido a controlarme, antes iba al mercado y al comprar un pollo le decía al vendedor: pero que esté muerto, ¡eh!, que el del otro día estaba vivo y me supo mal'.

Sus amigos, cuando van a comer, le repiten, antes de que haga una trastada: 'Espérate a los postres, por favor'. Ahora se rebela contra 'normas absurdas', como cuando se niega a abrocharse el cinturón en un avión, para desespero de su compañero, Andreu Buenafuente: 'Dice que me estoy volviendo maniática'. 'La realidad no me interesa, a veces es demasiado dura', se justifica. El cosquilleo del humor la llevará este otoño a un hormiguero televisivo.