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"Me llamo Jesús y yo maté a su papá"

Esta es la reveladora frase con la que soñó la cineasta colombiana Laura Mora que dio pie a la película 'Matar a Jesús', una historia autobiográfica que reflexiona sobre la violencia en su país, donde la cinta se ha convertido en un auténtico éxito.

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Un instante de 'Matar a Jesús'

Años después de que un sicario asesinara a su padre, Laura Mora soñó que estaba en un campo con un chico sentado a su lado y le preguntaba quién era. “Me llamo Jesús y yo maté a su papá”. La directora y cineasta colombiana comenzó al día siguiente a escribir Conversaciones con Jesús, de donde nació su película Matar a Jesús, un alegato contra la violencia que se ha convertido en un auténtico fenómeno en su país.

Protagonizada por los jóvenes debutantes Natasha Jaramillo y Giovanny Rodríguez, la película se alzó con el Premio de la Juventud en San Sebastián y con la Mención Especial del Jurado en La Habana, dos de los más de quince galardones con los que llegó a su estreno en Colombia, donde por primera vez después de muchos años una producción nacional que trata un tema “del que nadie quiere hablar” ha llenado las salas de cine.

Matar a Jesús cuenta cómo Paula, una chica de 22 años, presencia el asesinato de su padre, un profesor de la Universidad. Una noche, por casualidad, ve al hombre que disparó y decide acercarse a él con el único objetivo de vengarse. “Debo aclarar que aunque la película es en parte autobiográfica, pues a mi papá le asesinaron, yo no estaba a su lado en ese momento y nunca conocí al sicario que lo hizo”.

¿Cómo ha conseguido la distancia emocional y temporal necesaria para contar la historia del asesinato de su padre?

He necesitado mucha distancia y mucho tiempo. Todo el proyecto empezó a formarse en mi cabeza con 24 años y he hecho la película con 35. Yo tenía una relación entrañable con mi padre y con su muerte toda mi familia se desordenó, mi madre cayó en una depresión, mi hermano tuvo que hacerse cargo de la familia y yo estaba muy disparada, como decimos allí. Año y medio después me fui a Australia para intentar entender la vida desde otro lugar y alejarme de la violencia. Entonces sentía la frustración de no poder escribir nada sobre mi papá, algo que además me reclamaba mucha gente que hiciera. Y un día tuve un sueño. Yo estaba en una montaña con un chico a mi lado, le preguntaba cómo se llamaba y me decía: “Me llamó Jesús y yo maté a su papá”. Comencé a escribir conversaciones imaginarias con el sicario, Conversaciones con Jesús, y me sirvió de catarsis.

¿Qué cosas escribía en esas ‘conversaciones’?

Las cosas que me inquietaban, escribía sobre la exclusión, sobre pensar desde el lugar del otro, la forma de funcionar de un sistema criminal que se vale de estos muchachos... La muerte de mi papá trágicamente es la anécdota de muchos en Colombia.

Todo comienza con la venganza, pero no es una historia sobre ello.

El personaje intenta atravesar la muerte y la propia idea de la muerte. No solo tiene la idea de matar al otro, también tiene la de morir en el intento. Se ha desligado de sus ganas de vivir. Es su instinto animal por querer matar al otro y en ello, paradójicamente, encuentra la vida.

Desde fuera da la sensación de que la violencia en Colombia perdurará siempre, ¿ustedes sienten lo mismo?

Me hago muchas preguntas sobre esta sociedad y este país, Colombia, que quiere reducir la historia de la violencia a una historia de venganza. Nos han hecho heredar odios y nos obligan a tener a un enemigo constante. Si no fuera por esa sociedad tan violenta que hemos construido, no viviríamos esa especie de enemistad histórica.

¿Cuántas veces mató y cuántas salvó al sicario en su guion?

Maté a Jesús, claro, le maté miles de veces. Había una cosa incrustada en mí que era incapaz de sacar y viví momentos muy duros durante la escritura. Pero la película ya no es para mí la sublimación, al final se ha convertido en una carta de amor. No quiero invocar más violencia y más muerte.

'Matar a Jesús'

Al final ¿todo es un problema por la ausencia de responsabilidad del Estado?

Ausencia total y esa es la gran tragedia de Colombia. ¡Puta, este Estado ha estado ausente, ha fallado! Y su vacío lo han ocupado las mafias. Todo el cine latinoamericano está marcado por esa ausencia de responsabilidad del Estado, desde las historias de migrantes que intentan cruzar la frontera, pasando por las de los desaparecidos y hasta las de violencia urbana.

¿Hay intención en su película de explorar la línea que separa el bien del mal?

Nunca he visto el mundo como algo de buenos y malos. Veo la contradicción humana constante y profunda, pero lo que intento es construir empatía y compasión, que es lo que le hace falta al mundo de hoy. Por supuesto, el chico que mata tendría que tener un castigo, pero lo grave es que nadie mira al Estado que ha acompañado eso, al aparato criminal que se aprovecha de esos chicos jóvenes que no tienen las herramientas para no matar. Y, por supuesto, el mundo capitalista que ha puesto precio a todo, también a la vida. Por eso no hablo del perdón y sí de la perpetuación.

En su opinión ¿están dando demasiada importancia al perdón?

En Colombia, la narrativa del proceso de paz es el perdón. En lo personal, creo que el perdón es un sentimiento ligado a lo católico y la religión debe ser del orden de lo íntimo. Sin embargo, el discurso social impuesto está obligando a la gente al perdón, pero la gente también tiene derecho a decir que no perdona. Yo no perdonaré, pero respetaré la vida del otro. Yo no puedo perdonar a las personas que orquestaron el asesinato de mi padre, pero jamás habrá violencia en mí para decidir sobre sus vidas. No es necesario, no tienes que ir a abrazar al enemigo, puedes seguir con tu vida pero bajo el respeto.

¿Han resuelto el caso de su padre?

No, aunque cuando ocurrió en seguida nos hicieron la sugerencia de que nos fuéramos del país. Mi papá no era un gran líder, era un abogado y profesor. Y Colombia se ha anestesiado contra la violencia, se ha vuelto indolente. Ahora solo nos duelen los grandes líderes, pero los otros también tienen que dolernos. Estos casos, claro, prescriben más fácil. No sabemos quién lo hizo, intuimos cosas por lo que pasaba en la ciudad en ese momento. En 2002 el poderío paramilitar se hizo muy visible y era muy cercano a las políticas de poder.

El estreno de la película en Colombia ha sido extraordinario.

Ya está en la cuarta semana y ha sido sorprendente. Recuerdo que cuando íbamos a empezar a rodar estaba todo el tema del acuerdo de paz. El primer día de rodaje, la gente estaba por la calle festejando que había salido el ‘no’. Fue una vergüenza, nosotros llorábamos, pero ese día cobró completamente sentido para mí hacer la película. Pensábamos que iba a ser muy difícil por el título en un país tan católico y porque una gran parte de la población no quiere hablar del tema. Además no teníamos dinero para promoción, nuestra publicidad fueron, eso sí, los quince premios que habíamos ganado. Pero fue una sorpresa. Muchos líderes de opinión, a los que admiro, escribieron cosas maravillosas de la película y en Medellín, la ciudad más importante, las salas estaban llenas ¡con una película colombiana! y de un tema del que la gente no quiere hablar.

Y que no es sobre los narcos de Medellín, que han popularizado tanto últimamente.

Claro. Esta no es una historia del cartel de Medellín, es una historia del Medellín de hoy donde todavía hay mucha violencia y ésta no se traduce solo en matar, son muchas otras cosas más. Cuando estrenamos la película me decían cosas como “a mí papá también le mataron” o “gracias por esta película y su antiviolencia”.

¿Liberada, por fin?

Sí, al terminar la película me sentí liberada para poder explorar más el lenguaje cinematográfico que me fascina. Ahora estoy con un proyecto que habla de la violencia también pero en el paisaje. Los reyes del mundo, cinco chicos que se aventuran por un paisaje hostil. Hemos ganado el premio en desarrollo en Toulouse y eso nos ha animado mucho.