Publicado: 27.06.2014 07:00 |Actualizado: 27.06.2014 07:00

Mi casa es un teatro

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El cuarto de estar de la casa de Natalia Moya es pequeño. Apenas debe tener capacidad para más de 12 personas sentadas en sillas de plástico pegadas a la pared. Pese a ello, no es raro que muchos fines de semana se supere esa cifra. Cinco minutos antes de la hora señalada, las 20.00, empiezan a llegar los primeros invitados. Desubicados, cruzan el umbral, atraviesan un pequeño descansillo y se sitúan en el salón. Sus caras son un poema: expectantes. Las fotografías, la decoración, la cocina americana que amplía el cuarto de estar y que da a un pequeño patio interior, e incluso los allí presentes, son objetos de la típica curiosidad del que llega por primera vez a una vivienda que no es la suya. No están allí por casualidad, por raro que parezca, han ido a ver una obra de teatro.

Mientras un amigo de Moya hace de acomodador, ella está en su habitación cambiándose de ropa y dándose los últimos retoques. A los pocos minutos se abre la puerta y sale a escena una embarazadísima actriz (a las pocas semanas de esta actuación dio a luz) vestida con un traje de novia a defender un texto que ella misma ha escrito y dirigido. "Estaba cansada, la última vez que fui con mi compañía, Teatro para contar, a una sala, entre impuestos y lo que se lleva ésta no ganamos nada, así que se me ocurrió esta fórmula", explica.

Al finalizar la obra, los invitados valoran el precio que pagarían por lo que han vistoMoya interpreta a Corina, un personaje que tiene una soledad profunda. A caballo entre nuestra realidad y otra muy lejana, ha hallado la forma de sobrevivir con esperanza. Cuando entra en escena, identifica al público como amigos de su jefe, trabaja en un locutorio. Esta circunstancia la obliga a hacer de anfitrión. Tanto es así, que a mitad de la función ofrece una copa de vino a sus invitados. Finalmente, acaba contando a los presentes sus sueños y esperanzas, una manera de hacer terapia para ella, que sin esa capacidad comunicativa sería incapaz de subsistir.

Al finalizar la obra, los invitados valoran el precio que pagarían por lo que han visto. Debajo de sus asientos hay un sobre vacío, para que nadie sepa cuanto ha aportado cada uno, o si no lo ha hecho, ya que no es obligatorio. Por lo general suelen ser amigos las primeras semanas de función, por lo que durante ese tiempo te aseguras que todos los sobres estén llenos, y con una cuantía generosa (siempre dentro de las posibilidades de cada uno), pero cuando todos tus allegados ya han visto la obra, la única forma de atraer público, explica Moya, es por recomendaciones, y ahí viene lo difícil. "Aún así, ha sido una de las mejores experiencias que he tenido nunca y seguiré haciéndolo", asegura.

"Es complicado que un montaje evolucione si solo te programan tres veces", dice Natalia MoyaUno de los motivos que empuja a los actores a sacar de las salas sus funciones y llevárselas al salón de su casa es la dificultad de conseguir actuaciones. "Es complicado que un montaje evolucione si solo te programan tres veces. De esta forma la obra puede madurar", explica Moya. Por su parte, el director y dramaturgo Raúl Cortés escribió hace ya cinco años su Trilogía del desaliento, en Málaga, con la compañía Trasto teatro. Entonces se dio cuenta de lo difícil que era que una sala  programase tu espectáculo. Todo cambió, explica, Pepa Gallego, una de las actrices del montaje, cuando decidieron "luchar contra el inmovilismo de las instituciones y abrir las puertas de la esperanza", o lo que es lo mismo, a empezar a ser dueños de su destino.

La fórmula es similar a la que usa Moya. "Invitamos a 20 personas a nuestro salón. Le damos una copa de vino y unas patatas fritas de bolsa para que se conozcan entre ellos y trabajamos la idea de que sea más un rito y no algo de consumo rápido para posteriormente abrir un espacio de debate. La idea es que el público aporte sus impresiones sobre la propuesta", explica Gallego.

No hay una tipología de público específica. "Ha venido gente de todos los tipos. Pensábamos que iba a durar dos meses, pero se corrió la voz, nos hacían entrevistas y así poco a poco acabamos representando la obra todo el año", explica la actriz malagueña, y añade: "Esta experiencia ha propiciado que pudiéramos llevar nuestro espectáculo a otros ámbitos que nada tienen que ver con los circuitos teatrales, como en la sede de un sindicato".

La participación del público es crucial, no tanto por la naturaleza de la obra sino porque al tratarse de un espacio tan reducido y cerrado invita a que se cree cierta complicidad entre los asistentes. "En uno de nuestros espectáculos hacemos un juego previo con dos frases, en otro imaginábamos que los presentes formaban parte de un velatorio". En una función, los actores fantaseaban con la idea de  coger un plato de comida que parece no tener dueño. La hora que dura el espectáculo es una reflexión sobre si sería correcto o no adueñarse de los alimentos o dejarlos a la espera de su, posible, dueño. "Un día, un miembro del respetable cogió el plato y se lo llevó, quería comerse el contenido, y claro, si lo hacía nos dejaba vendidos los 40 minutos restantes, así que le pedimos que lo dejase en su sitio. En estas situaciones puede pasar de todo", asegura Gallego.

La compañía Teatro en serie se dedica a hacer dramaturgias que no se resuelven en una funciónLa compañía Teatro en serie se dedica a hacer dramaturgias que no se resuelven en una función, tienen continuidad, como una serie de televisión. La casa de huéspedes es su último espectáculo, y se representa los fines de semana en la Trastienda (En el barrio de la Latina, Madrid). No es una casa particular, aunque la predisposición de los elementos así lo parezca. No hay un espacio único donde los actores hacen su trabajo, sino que el público va rotando de estancia en estancia. Los asistentes se dividen en dos grupos, de forma que cada uno ve una parte distinta de la función. Solo hay dos lugares comunes, el del principio y el del final. Como en las demás casas, también se ofrece una bebida a los presentes, en este caso una cerveza,  aunque va incluida con el precio de la entrada.

La obra se centra en un hostal y cuenta la relación entre sus huéspedes y el dueño, interpretado por Marcos Fernández, que oculta un misterioso pasado. Raúl Cortés es el director y uno de los artífices de la idea. "Soy actor y he trabajado siete años en Inglaterra, donde este tipo de propuestas, que no son las típicas que se hacen sobre los escenarios, están muy normalizadas". Para el segundo capítulo de la serie pretende repetir con los actores, aunque muchos de ellos con roles diferentes. La idea es que sean los mismos intérpretes con diferentes personajes. Lo que si cambia es la dirección, que aún no está decidida. Una fórmula repetida con anterioridad en series televisivas como American Horror Story o True Detective y llevada al teatro.

Aunque el lugar elegido sea un local comercial, la obra viene cargada de un aire fresco solo por el hecho de salirse de lo convencional. ¿Quién dijo que el teatro solo se tiene que representar sobre los escenarios? La fórmula ya lleva tiempo implantada en Madrid y es la que llevan poniendo en marcha espacios como La casa de la portera, La pensión de las pulgas o Sexto derecha, con considerable éxito.

Susana Abaitua, Tábata Cerezo y Andrea Ros interpretan Queremos ir al Tibidabo, un texto de Cristina Clemente dirigido por Israel Solá. Su aventura comenzó en casa de una de las actrices, la que tiene Ros con su novio, también del gremio. Eligieron ese lugar porque en un principio les resultaba difícil encontrar una sala donde representar la obra. Aunque reconocen que la experiencia ha sido un éxito, la idea siempre fue la de llevarla a un espacio teatral para que los programadores puedan verla y los incluyan en sus salas. Tras dos semanas de funciones en el salón, finalmente la propuesta dio ese salto y está programa hasta el 10 de julio en la sala La puerta de al lado, donde esperan que sirva de trampolín para que otros espacios compren la propuesta.

El modus operandi que usaron para obtener beneficio es el mismo que en el resto de casas, al finalizar la obra los participantes depositan el dinero en un recipiente colocado en una mesa cerca de la salida, no está obligados a pagar, pero siempre queda mal no hacerlo.

La obra cuenta la historia de dos hermanas que ocultan a su padre que su madre tiene Alzheimer, para que los últimos momentos juntos sean de felicidad y el internamiento en un hospital. Para que la mentira se haga efectiva cuentan con la ayuda de una amiga, obsesionada con hacer las cosas a la perfección, deciden que se infiltre como cocinera para que cuide de ella. Aunque, como siempre, las cosas no salen como uno quiere.

Poder ganarse la vida con lo que a uno le gusta debería ser un derecho universal, más que una posibilidad al alcance de unos pocos. En el caso de las artes escénicas son muchas las trabas que se encuentran los actores, directores, y dramaturgos para desarrollar sus carreras. Todos los entrevistados coinciden en que ésta es una de las pocas salidas que tienen los que se dedican a las artes escénicas ante la abusiva imposición de cobrar el 21% del IVA del Gobierno, que al final se traduce en una idea muy simple: que muy pocas personas pueden vivir de esto. A veces da la sensación de que a la burocracia las ilusiones de unos pocos se las trae al pairo.