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Misteriosa Angkor Wat

Los templos jemeres de Camboya son los restos de una de las civilizaciones más importantes del sureste asiático. 

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Angkor Wat es el centro del universo. De un universo hindú a escala: cada una de sus cinco torres representa una de las cumbres del monte mitológico Meru, en el que habitan los dioses. Para acceder a su lugar más sagrado –la cima de la torre central alcanza 465 metros– hay que subir unas escaleras empinadísimas, rodeadas de advertencias de peligro. Quien lo consigue disfruta a vista de pájaro de la antigua capital jemer, centro neurálgico de una de las civilizaciones más importantes del Sureste Asiático hace casi mil años. El imperio jemer vivió su apogeo entre los años 880 y 1300. Cuesta imaginar que abandonaran este lugar durante siglos y dejasen que la selva lo devorase hasta hacerlo invisible.

Al amanecer, es difícil no quedarse mudo en la orilla del lago frente a Sreah Khan. O al penetrar la oscuridad permanente de Ta Prom. A esa hora son dos templos solitarios, donde se escucha el ruido de aves tropicales y la escoba agitada por algún monje budista al barrer las hojas caídas durante la noche. Es una tarea imposible porque el viento agita los árboles gigantes y la lluvia de hojas no cesa: cubre los templos, el suelo, todo.

En un abrir y cerrar de ojos todo cambia y empieza a distinguirse a lo lejos un sonido diferente. Clickclickclick. Son cámaras de fotos de los turistas. Los visitantes se mezclan con devotos budistas locales que van a los templos a rezar. Las estatuas de Buda están cubiertas de cintas azafrán y rodeadas de ofrendas de coco, incienso, flores y velas. Las divinidades hindúes permanecen desnudas y ajenas a la devoción que despertaron siglos atrás.

Las conquistas de los monarcas jemeres, parte de la historia de Camboya, siguen vivas en los bajos relieves del Bayon, otro de los templos más imponentes. Un poco más lejos, en la serpenteante Leper King Terrace, los relieves toman formas traviesas y describen los desinhibidos amoríos reales de la época.  

La luz cambia el color de la piedra de los templos y del rojo coralino o azafrán del amanecer, se vuelve grisáceo azulado a mediodía y verde musgo cuando desaparece el sol. También se altera cuando la luz atraviesa los árboles gigantes que han crecido entre las paredes, adaptándose a ellas y modificándolas en una frágil simbiosis. Si muere el árbol, se derrumba el templo y a la inversa.