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Moby Dick despierta

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La última imagen que conservo de Javier Pradera corresponde a la madrugada del domingo al lunes pasado.Estoy de pie en el salón azul añil de su apartamento de Madrid. Sé que acaba de morir. Pero, no. De repente, se planta ante mí e inclina ligeramente su vasta humanidad. Viste ropa interior blanca de la cabeza a los pies. Luce inmaculado, su barba y su pelo recortados. Y balbucea una explicación, mientras apoya su mano izquierda sobre el pecho, expresando con un movimiento circular lo que le sucede por dentro:

-Todo se está arreglando. De verdad, todo va mejor.

Ha sido un sueño extraño horas después de su muerte la noche del domingo 20 de noviembre. ¿Cuál ha podido ser la fuente de su inspiración? Quizá una frase que ha pronunciado su esposa, Natalia, en el salón, en ese espacio que luego será sueño.

Vestida de blanco, esbelta y serena, dice:

-Es Moby Dick, es como Moby Dick, gigante, se resiste una y otra vez... Moby Dick.

Quizá esta alusión a la gran ballena blanca haya provocado las asociaciones de este sueño.

En el magnífico capítulo La blancura de la ballena de la novela de Melville, su personaje Ismael explica: '¿O es que, dado que, por su esencia, la blancura no es tanto un color
cuanto la ausencia visible de color, y al mismo tiempo la síntesis de todos los colores, por esa razón es por lo que hay semejante vacío mudo lleno de significado, en un ancho paisaje de nieve; un incoloro ateísmo de todos los colores, ante el que nos echamos atrás?'.

Pero es verdad, como dice Natalia, que se resiste una y otra vez, que la muerte tiene dificultades en cazarle.

La última vez que he hablado por teléfono con él ha sido a raíz de la muerte de su amigo Jorge Semprún. Le ha visitado en París. Pero su relato destila una tristeza que refleja su propia vicisitud. Semprún ya no le reconoce. Y a continuación, rememora que la enfermedad le ataca por todos los flancos, no termina de recuperarse y vuelve a embestirle.

En este intervalo, entre la llamada telefónica y el desenlace, mi esposa Silvia es informada por su antiguo compañero de curso del Liceo Italiano de Madrid, Alejandro Pradera, uno de sus dos hijos, que esta vez el estado se presenta fatal para Javier. Y, entonces, el domingo pasado acudimos a su piso.

Es el día en que publica la que será su última columna envida, dictada el jueves anterior a su esposa. Es inevitable relacionar su comentario sobre una situación al borde del abismo como la que atraviesa España y la Eurozona, y sobre todo, el escenario teórico de un rescate de España e Italia el día después de las elecciones del 20-N, con el que atisba que va a ser su desenlace personal.

La columna sostiene la estructura de su vida. Mi mujer, compañera de clase de su hijo menor, le ha conocido en una de sus casas, correteando entre las elevadas librerías instaladas en un garaje, hace muchas décadas, y recuerda tanto su pasión por el trabajo sistemático como su determinación a la hora de impedir que algo o alguien le interrumpiera.

Durante largo tiempo desde que le conocí personalmente, hace 23 años, me he sentido obligado, con conocimiento de causa, a precisar que no era Pradera la pretendida mano negra o éminence grise de El país, el que hacía y deshacía, el que urdía y muñía. Después de participar largos años en el equipo de editorialistas pasó a cultivar su propia columna. Cada martes acudía puntualmente a la amplia reunión de redactores jefes donde se analizan los temas más diversos. Y, más tarde, ése mismo día, al almuerzo, convertido años después en desayuno semanal, que presidió hasta su muerte, en julio 2007, Jesús Polanco.

Nos hemos entendido durante esos años sólo con una mirada. Puedo dar fe de que, una vez más, con Moby Dick, siempre rechazó Pradera a aquellos que podrían haber convertido en ley la exhortación del capitán Ahab a sus hombres a bordo del Pequod: 'No sois otros marineros, sino mis brazos y mis piernas, de modo que obedecedme'. Se rebeló como un adolescente hasta el final, unas veces abiertamente, otras menos.