Publicado: 30.04.2015 00:00 |Actualizado: 30.04.2015 13:22

"La policía siempre se pone de parte del delito"

Montero Glez saca de las cloacas los desmanes del “Estado de placa y pistola” en 'Talco y bronce', una novela social sobre la España quinqui de los 80 y sus verdugos "lumpemburgueses"

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Montero Glez ganó el Premio Logroño de Novela con 'Talco y bronce'. / HENRIQUE MARIÑO

Montero Glez, Premio Logroño de Novela con 'Talco y bronce'. / HENRIQUE MARIÑO

Montero Glez (Madrid, 1965) ha escrito tres novelas en una. La de la España quinqui, muy western: una juventud desbocada que da palos en joyerías y polígonos en frenética huida, quemando rueda de Seat 1430. La de la España negra, hard boiled cañí: una policía que mete más miedo que la chusma, terrorista de Estado, alumbrada a la sombra de la larga noche de piedra y gangrenada por la corrupción. Y la de la España roja, roja de amor y bandera roja: un atracador al límite y una princesa de barrio que maceran sus bajos instintos al ritmo de Los Chorbos; un lumpemproletariado cuatrero que reclama parte del botín capitalista acosado por una lumpemburguesía, encarnada por la mafia policial, que roba al ladrón para rapiñar las migajas del sistema, duelo a pistola que recupera la lucha de clases y termina por destilar una novela político-social.

“Yo me muevo en la relación del hombre con la propiedad”, explica Montero Glez, vigilado de cerca por una estampa de san Camarón. “Y para entroncar con la novela policiaca he tirado hacia al realismo galdosiano”, añade el autor de Talco y bronce (Algaida), flamante ganadora del Premio Logroño. Una novela ambientada en el extrarradio histórico de los ochenta que rescata el caso Nani, apodo de Santiago Corella, el primer desaparecido (no político) de la democracia. Su banda asalta joyerías y revienta cajas fuertes, capitaneada por el Chuqueli, un quinqui con garbo que se enamora de la Malata bajo el asedio de la Brigada Antiatracos de Madrid, que no sólo evita sus palos gordos sino que los alienta. Lo podría haber rodado Eloy de la Iglesia, “el Fassbinder español, aunque su cine no está celebrado”.

Torturado en la Dirección General de Seguridad, bajo las campanadas de la Puerta del Sol, la desaparición del Nani acarreó (hablamos ahora de la vida real) la condena de un comisario y dos inspectores, sacando de las cloacas los desmanes del “Estado de placa y pistola”. No fue una época modélica ni ejemplar, tercia el escritor, que compara las viejas vergüenzas de la pasma con la contundencia actual de las Unidades de Intervención Policial. “Que la policía organice los asaltos es una paradoja, como la de los antidisturbios que generan disturbios cuando la gente sale a la calle para pedir justicia social. La policía siempre se pone de parte del delito”, reflexiona el literato, convencido de que “no hay mayor delito que la injusticia social”.



Montero Glez dispara titulares a la velocidad que sus personajes imprimen a los atracos, deprisa, deprisa. Ha convocado a periodistas y amigos a una comida para presentar su nuevo libro en una taberna ilustrada a espaldas de los chiqueros de Las Ventas, pero él no prueba ni la muestra durante las dos horas en las que sienta su cátedra fronteriza, libertaria y flamenca. “Se puede mentir de muchas formas, pero la más repugnante es diciendo la verdad”, afirma este madrileño con alma del sur que escribe a mano y después, como él dice, lo pasa a la sala de máquinas. “Lo importante es el sentimiento. Luego puedo construir una obra a partir de la lucha de clases”.

La primera aguja para suturar las heridas del Nani la encontró en el pajar de Antonio Vega durante un concierto en el que el cantante versionó Me quedo contigo, un chispazo que había surgido de la fragua de Los Chunguitos (Si me das a elegir / entre tú y la riqueza / con esa grandeza / que lleva consigo, ay amor / me quedo contigo). El título de la novela, en cambio, poco tiene que ver con el “bocado triste” de Antonio, pues hace referencia a un disco de Manzanita. “Ambos materiales se usan para envejecer las figuras de escayola, pero tienen un significado más amplio”. El talco es el vicio y la gente del bronce son los que viven al margen.

“La voz del narrador no está engolfada, pero mis personajes hablan así”. Buco, buga. Camelar, colorao. Papela, peluco. Trapi, trullo. “Dialogan en argot, su código interno”. Pero el autor de Pistola y cuchillo (la aproximación más epidérmica, García Alix mediante, a José Monge) insiste en que no es un estilista, acostumbrado a que lo prejuzguen por la pinta: fue primero el fondo que el estilo. “Me fijé en Antonio Gades para quitar barroquismo y plusvalía”, confiesa Montero Glez, mentando al revolucionario que puso a danzar a Lorca y entroncó el baile y la literatura sobre las tablas. Luego, tras el quinto vuelco, cuando los platos ya están vacíos y su gaznate reclama un vaso de agua, señala la foto de Camarón y reza: “Este señor me enseñó a mí. Es mi maestro”.

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