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Morir en nombre del emperador

El autor japonés Mizuki narra sus recuerdos de la II Guerra Mundial

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Los japoneses lo llaman bushido. Es el arte de matar y ser matado, el arte de la muerte que los generales del Imperio del Sol enseñaron a sus soldados para morir en nombre del emperador. Japón era el gran aliado de Hitler durante laII Guerra Mundial y el ataque nipón a la base estadounidense de Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941, firmó el inicio del conflicto en el océano Pacífico. El sureste asiático se convirtió para millones de estadounidenses y japoneses en el infierno verde.

Antes de convertirse en uno de los grandes maestros del cómic, Shigery Mizuki fue soldado raso en 1942 en Nueva Guinea, desde donde los japoneses pretendían conquistar Australia. 'Todo por la patria', decían los generales. 'Hay estúpidos que se alistan a ese ejército que odiamos', responden las letras de La bella Su-Chan, una canción popular entre las filas japonesas.

El sureste asiático fue para millones de estadounidensesy japonesesel infierno verde'

Mizuki tenía 20 años cuando llegó al pueblo costero de Baien y le prometieron morir como un héroe, pero la realidad era otra: la malaria, los cocodrilos, los bombardeos, la muerte de los compañeros y, sobre todo, el miedo. Un miedo que Mizuki narra en las viñetas de Operación Muerte (Astiberri).

Era de noche cuando desembarcaron al grito de 'Banzai' de su general y los militares entraron en la jungla. Las playas y las palmeras engañan: 'Este lugar es como el paraíso', dice uno de los compañeros de Mizuki. Él nunca aparece, al menos con su verdadero nombre, porque cuenta la historia de todos. Las mayores preocupaciones de los reclutas son: que los jefes no les peguen, que no les manden ni a buscar agua en la peligrosa jungla; todos esperan conocer a una mujer y no morir virgen.

Hay que aguantar los bombardeos. De los que reciben la orden de salir del campo, pocos son los que regresan con vida. Pero no se puede abandonar a nadie. Los reclutas buscan durante días enteros los cadáveres de sus compañeros, tragados por cocodrilos o alcanzados por balas enemigas.

El bushido' animaba a los nipones a buscar una muerte digna'; nadie podía acabar preso de los aliados

Ante la inminencia de un desembarco de los aliados en Nueva Guinea, los generales japoneses deciden abandonar la estrategia de guerrillas y lanzar ataques frontales contra el enemigo. Con sus bayonetas y sus fusiles, como en las trincheras de la I Guerra Mundial, los nipones intentan defenderse ante las ametralladoras de los estadounidenses. Mizuki pierde su brazo izquierdo. 'El enemigo ha atacado nuestra retaguardia y se ha apoderado del suministro de agua. Estamos totalmente rodeados', subraya un teniente. 'Todos los que conozco van muriendo uno tras otro'.

La única opción, según los generales, es la operación Muerte. Todos los soldados atacan al mismo tiempo en una batalla final, 'para morir de una manera digna' en nombre de la patria. Los capitanes se preguntan: '¿De verdad es necesario defender este recóndito altiplano?'. Pero es una orden y se deben respetar los rituales: tras un trago de sake, los soldados cargan sus bayonetas. 'El comandante vivía tan obsesionado por alcanzar una muerte digna que parecía haberse olvidado de sus soldados. Su figura desapareció en la oscuridad ante los ojos de los hombres', recuerda Mizuki.

Todos vieron cómo las bombas hacían explosionar los cuerpos de sus compañeros. Los heridos se hacen estallar con una granada para no caer presos. 'Así es como habrán muerto todos. Sin que nadie los vea.', concluye. Tal y como reza el bushido.