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La mujer de la carretera

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Hay un centro comercial a la salida de la ciudad, ha cambiado dos veces de nombre pero siempre es el mismo: una nave con un parking para automóviles y una gasolinera con un enorme poste que ofrece carburante barato.

Aquella mañana me maquillé, tenía que promocionar unas galletas de una marca escocesa en uno de los pasillos del supermercado. Mi labor consistía en sujetar una bandeja y ofrecérsela a los clientes que paseaban sus carritos de la compra por el centro comercial. Yo no estaba muy bien porque mi novio me había dejado por una camarera llamada Yamila. Una mujer sensual con nalgas apretadas en pantalones de Berska. Nada más conocer a Yamila, mi novio no pudo resistir a la atracción de su sonrisa donde no escondía únicamente unos dientes bonitos y unos labios gruesos, sino toda la esencia del placer.

Maldita sea: ¿cómo se puede ser feliz mientras alguien sufre? No pude soportar el ataque de su sonrisa. Por eso, no tuve tiempo de pensar, vi su gesto protegiéndose con los brazos y cuando fui consciente los cristales se tiñeron de sangre

La noche anterior estuve llamando a mi novio, marqué su número cientos de veces pero el condenado no me respondió. Por eso no tuve la oportunidad de escupirle todos los insultos que invadían mi mente como palomitas fritas.

Teníamos fecha para el enlace. Nos íbamos a casar en el pueblo de mi madre, en la misma ermita donde se casaron mis padres, mis abuelos y mis tatarabuelos. Yo tenía elegido el vestido de boda un flechazo de seda natural que costaba más de medio millón. Sólo lo había ido a probar una vez y las modistas sujetaban los alfileres con la boca mientras lo entallaban pacientemente a mi cuerpo.

He de decir que mi novio era extraordinario. Tenía unos ojos verdes y unas pestañas largas como alas de gaviota. Me gustaba mucho tenerle cerca y sentir su piel en la mía. Era muy guapo. Hacía deporte y me llamaba todas las noches antes de dormir. Los fines de semana salíamos al cine y nuestra vida fue apacible durante seis años de noviazgo. Es verdad que le gustaba coquetear con las mujeres pero yo siempre pensé que se quedaba en eso.

Me enteré de su infidelidad por una amiga a la que desprecié cuando me contó aquella historia. Me dijo que le había visto besándose con una preciosa Yamila en la discoteca. Pensé que se lo inventaba, que tenía envidia y quería anular mis proyectos de boda. Evidentemente, para mí era más sencillo pensar que mi amiga me mentía, a creer que el hombre con el que pretendía casarme me traicionaba. Ya habíamos decidido que nuestros hijos se llamarían Ismael y Paula. Ahora me arrepiento de haber perdido tanto tiempo barajando nombres de seres humanos que nunca llegarán a nacer.

Aquel día tenía que llevar un uniforme azul marino y estar de pie muchas horas. Estaba deprimida y ofrecía a los clientes seres groseros que fingían no verme una bandeja de galletas. Sonreía conteniendo mi tristeza. En un momento no pude reprimir el llanto pero no pasaba nadie y me refugié unos instantes en la zona de congelados. Sin duda, fue el día más largo de mi vida. La aguja del reloj parecía una de esas piedras del paleolítico que durante siglos nadie ha podido a mover. Mientras tanto las galletas permanecían intactas como montañas rocosas en medio de mi bandeja más tarde me dio vergüenza y me comí unas cuantas por si pasaba mi jefe. Era un trabajo bastante sencillo, pero estaba deprimida y no vendí nada. Lo supe al ver la mirada de mi jefe. A última hora de la tarde pude interpretar al ver esos ojos punzantes que mi trabajo había sido prescindible, supuse que jamás volverían a llamarme.

Lo primero que hice cuando llegué al coche fue quitarme los zapatos. Luego encendí la radio: sonaba una de mis canciones favoritas, subí el volumen y me quedé unos minutos escuchándola. La canción me animó pero rápidamente recordé a mi novio. Pensé que tenía que llamar a las modistas para cancelar la compra de mi traje de novia. Luego recordé a Yamila y empecé llorar. Estaba cansada y triste. No tenía fuerzas para arrancar el motor y regresar a mi vida rota.

Dormí un rato. Me despertó la danza silenciosa de las luces de los coches, había anochecido y muchas personas aparcaban a mi lado para ir al cine. Estaba un poco adormecida, encendí el motor, no tenía ganas de volver pero: ¿qué podía hacer? ¿Quedarme eternamente aparcada en un centro comercial eludiendo mi realidad? Mientras conducía por el aparcamiento pensaba todo tipo de ideas para recuperar a mi novio cuando reconocí su coche entrando en el parking. Apagué el motor, me detuve en la sombra, cerca de la gasolinera y espié.

La noche anterior estuve llamando a mi novio, marqué su número cientos de veces pero no me respondió. No tuve la oportunidad de escupirle todos los insultos que invadían mi mente como palomitas fritas

Era él, su Golf negro. Pasó bajo una farola, vi a Yamila sentada en el asiento del copiloto. Se estaban riendo. Se reían. Eran felices e iban al cine. Observé la boca de él, estaba hablando. ¿Qué diría? Aparcaron debajo de la farola. Se quedaron unos instantes dentro del coche, era horrible: se estaban besando.

No podía soportarlo, arranqué de nuevo el motor. Tenía que marcharme de allí como fuera. Pero antes de salir quise cerciorarme del beso, necesitaba verlo mejor. Era vil y horrible ser testigo de aquello, pero lo necesitaba, quería contemplar mejor ese beso que me dolía profundamente.

De repente pensé que si salían del coche tal vez reconocerían mi vehículo y me avergonzó que me encontraran allí, espiándoles. Luego pensé que era mejor que me vieran, por eso encendí las luces bruscamente y avancé lentamente. Pude ver cómo su rostro cambiaba al ver mi automóvil. Yamila se puso seria al reconocer mi Peugeot 205 de segunda mano. Quise saludar con el brazo pero no pude, me quedé allí quieta sujetando el volante frente a ellos. Mi novio se puso nervioso. Hizo un amago de salir del coche. Yamila estaba blanca, no decía nada, me miraba.

¿Qué haces con mi novio?

Pregunté despectivamente en voz alta. Yamila pareció escucharme desde el interior del coche de mi prometido y me respondió con unas palabras que terminaron en media sonrisa. Yamila me sonreía irónicamente desde el Golf de mi novio. Sonreía, me provocaba. Maldita sea: ¿cómo se puede ser feliz mientras alguien sufre? No pude soportar el ataque de su sonrisa. Por eso, no tuve tiempo de pensar, vi su gesto protegiéndose con los brazos y cuando fui consciente los cristales se tiñeron de sangre.

Desde entonces vivo en el parking. Durante el día ayudo a la gente a aparcar sus coches, y por las noches, intento rayar o pinchar las ruedas de los automóviles de las parejas que van al cine. Otras veces voy andando descalza hasta la carretera, allí espero a que algún conductor me vea, se asuste y, afortunadamente, se estrelle contra el poste de la gasolinera.

* Santander, 1981. La escritora y traductora ha trabajado en especial el relato, ganando varios premios, entre ellos el de Relato Breve no universitario de la Universidad Carlos III. Su primera antología, ‘Lola Dinamita’, fue publicada en 2010.