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El Museo del Prado desentraña los misterios de 'El Labrador'

Organiza la exposición más grande de uno de los pintores más desconocidos y exquisitos del barroco, maestro de las naturalezas muertas y de la pintura de uvas

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Con once obras, el Museo del Prado organiza la exposición más grande de las que puedan hacerse sobre Juan Fernández El Labrador, uno de los pintores más desconocidos, enigmáticos y exquisitos del barroco español, maestro de las naturalezas muertas y, en especial, de la pintura de uvas.

Cinco de las obras exhibidas pertenecen al Prado -cuatro de ellas, procedentes de la Colección Naseiro-, y el resto han sido cedidas por el Museo Cerralbo, la colección de la reina Isabel II de Inglaterra y colecciones particulares.

Con una sola obra firmada, de las trece atribuidas en todo el mundo a la mano de uno de los pintores de bodegones más destacados de la Europa del siglo XVII, el Prado llegó a comprar en 1946 la pintura Florero, que se exhibe en la exposición, pensando que se trataba de una obra de Zurbarán.

También es un florero la única pieza firmada por El Labrador. La obra se encuentra en una colección particular holandesa y no ha viajado a la exposición. El estudio de la firma, en la que en lugar de Fernández se puede leer Fernandoz, indica, según Ángel Aterido (especialista en pintura española del Siglo de Oro y comisario de la exposición), 'que no sabía escribir'. A un nivel semejante al de Juan Sánchez Cotán y superior al de Juan Vand der Hamen, El Labrador 'es algo excepcional y único' en opinión del comisario, quien espera que a raíz de esta exposición 'surjan más cuadros del artista. Según las cartas y la documentación que hemos estudiado, a Gran Bretaña viajaron entre ocho y diez pinturas de las que solo dos están localizadas'.

Una de ellas es Bodegón con uvas, membrillos y frutos secos, que regaló sir Francis Cottington al rey Carlos I Estuardo en 1639 y que desde entonces se encuentra en la colección de la reina de Inglaterra. La otra de las pinturas localizadas en Gran Bretaña, regalada también por Cottington a Carlos I, se encuentra en Kent, en la mansión del vizconde de L'Isle. La obra forma en la actualidad parte de un gran cabinet del siglo XVII, adornando los frentes de sus compartimentos.

Los escasos datos que se tienen de este 'perfecto desconocido', lo presentan como un hombre de origen campesino, que vivía alejado de la corte, a la que viajaba una vez al año, preferiblemente en primavera, para vender sus cuadros. El Labrador entró en contacto con el noble romano Crescenzi, que potenció la pintura de bodegón. Crescenzi protegió a una serie de artistas a los que persuadió con las novedades estéticas traídas desde su país y, al parecer, transmitió a El Labrador las del caravaggismo: la fuerte iluminación dirigida sobre los objetos que sirve para destacarlos y valorar sus texturas con una pincelada fina y prieta.

De esta época son las obras exhibidas en el primer apartado de la exposición bajo el título Un Zeuxis moderno, en referencia al pintor griego del siglo V, quien pintó unas uvas que engañaban a los gorriones. 'Se trata de uvas misteriosas que se encuentran suspendidas sin que se pueda ver de dónde. Con esta eliminación de datos logra unas imágenes enigmáticas', afirmó el comisario, para quien esta forma de trabajar es 'muy novedosa'.

En el apartado Naturalezas en el lienzo: primavera y otoño se exhiben las composiciones más tardías, a partir de 1633, con otras más complejas en las que amplió su repertorio con frutas y ramos de flores. En Florero, la última obra documentada del artista, de 1636, El Labrador pintó unas flores con potente iluminación sobre un fondo oscuro. El modesto jarrón de barro es una referencia al mundo rústico en el que vivía, recordó Ángel Aterido, quien aseguró que, al parecer, esta obra formaba parte de una composición más grande.

En este mismo apartado se muestra Bodegón con uvas, bellotas y copa de manzana, de una colección particular barcelonesa y que desde 1979 no se había visto públicamente, así como Bodegón con uvas, manzanas, frutos secos y jarra de terracota, también de una colección particular y solo exhibido fuera de nuestro país. Junto a los anteriores cuelga el de la reina Isabel II de Inglaterra y en todos ellos se aprecia cómo el artista pasa a llenar casi por completo el lienzo, con frutos secos diseminados y un elemento central. Con la iluminación y los motivos que se salen del lienzo 'crea efectos desconcertantes', según el comisario, quien destacó que la pintura de El Labrador y la de otros pintores de bodegones suponen 'una vuelta de tuerca al naturalismo'.