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Música desnuda para el pueblo

Cada vez que le escuchaba cantar me asaltaba siempre el mismo estupor: ¿cómo se puede emocionar a 5.000 personas, con una guitarra y una sola voz?

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Cada vez que le escuchaba empezar a cantar, en uno de nuestros joviales conciertos compartidos, me asaltaba siempre el mismo estupor: ¿cómo se puede emocionar a 5.000 personas, con una guitarra y una sola voz? Era el milagro de Labordeta, un cantante inusual, insólito, que hizo de su propio estilo un género.

Estos últimos años recorrimos varios pueblos de Aragón subidos a la furgoneta, con el mejor espíritu juvenil. Habíamos grabado con Eduardo Paz, de la Bullonera, el disco Vayatrés!, y la inconsciencia nos había impulsado a subir a los escenarios. Fue Labordeta el que bautizó semejante trío con el desalentador mote de Los Tres Terrores, una muestra más de esa socarronería que llevaba su marca de fábrica.

En todos esos conciertos, descubrimos que no necesitaba orquesta, ni focos, ni humos, ni ninguna parafernalia que adornase la esencia de la comunicación. La gracia se tiene o se alquila. Desde esa voz singular, sin efectos ni adornos, cantaba a la vieja, a los leñeros, a todos los seres y paisajes que le dictó Aragón. No se inventó nada, simplemente supo ponerle música a un sentimiento común, que no sabía cómo expresarse.

Él sí sabía que utilizaba su voz como plataforma para expresar su dolor o su fiesta. Había aprendido en Francia, en los tiempos en que estuvo de lector de español, que cantantes como Georges Brassens o Brel o Leo Ferrè, eran portadores de un nuevo canto, de una fórmula que se acercaba a los más humildes y dolidos seres humanos, que no poseían voz ni rostro. En aquel Teruel profundo y hermoso, herido y olvidado, Labordeta retrató la soledad helada de los leñeros, de los masoveros, de las llegaderas que recogían las olivas en los páramos batidos por el cierzo de Belchite. Se había inventado un género, un sistema de comunicación que hablaba de una patria aún sin descubrir: Aragón.

Yo, que era su alumno en aquel Teruel desgarrado por la soledad y el olvido, aprendí a conocer a todos estos maestros de la rima y la poesía. Lo aprendí de su mano. Gracias a él fui eso que ni él ni yo quisimos ser ni buscamos alcanzar: cantantes populares. Pero la vida le empujó hacia ese destino, alejándolo de las aulas donde gozaba ordenando cabezas y dictando clases de democracia. Tardaremos muchos años en asumir que hemos perdido a uno de los hombres más fundamentales del siglo.