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Música latinoamericana Salsa, sexo y revolución o cómo Julio Iglesias desactivó la rabia

El capitalismo convierte la banda sonora de los movimientos contraculturales latinos en modas y productos mientras los habitantes del gran continente pugnan por defender y bailar la música popular.

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Julio Iglesias. AFP/Archivo

"La forma en que follas es política". Es una frase de Irantzu Varela que resume a la perfección la consigna que enseñaron al mundo las feministas radicales de los años 60: 'Lo personal es político'. La forma de elegir tus parejas sexuales, tu orientación sexual o la manera de plantearte las relaciones sexoafectivas son políticas, como también lo es el cuerpo y el uso que se hace de él.

Bailar, soltar el cuerpo, cuidarlo, liberarlo, son acciones muy posibles de realizar si suena, por ejemplo, Atrévete, de Calle 13, un tema que continúa sorprendiendo y gustando hoy en día, doce años después de que la banda puertorriqueña lo lanzara al mercado de una incipiente y bastante monotemática industria reguetonera. Residente, su exvocalista, sigue defendiendo ese "atrévete-te-te, salte del closet": la desinhibición a la que invita vale para todos los aspectos, “no solo a nivel sexual sino también religioso o político”, puntualiza.

Bandas latinoamericanas como Calle 13 han popularizado la mezcla entre baile y reivindicaciones sociales más allá de sus fronteras. El cantante viajó a rincones recónditos de Siberia, Burkina Faso o Osetia del Sur y capturó los ritmos populares de esas zonas para dar forma a su disco en solitario y lanzar un mensaje multicultural e integrador: “Todos somos residentes del mundo, no hay nadie ilegal”.

Acotar el perímetro de la música latinomericana combativa es complejo, pero se puede empezar por la década de los cantautores. Como señala Romina, la artista argentina que milita en el lesbian reguetón bajo su proyecto musical Chocolate Remix, “en los años 60 hubo un movimiento artístico muy potente en el que se vinculaba música y política” y que se expandió en las décadas posteriores. Desde Silvio Rodríguez o Pablo Milanés hasta Cateano Veloso, Chico Buarque o Gilberto Gil, pasando por Mercedes Sosa o Víctor Jara. “Es indiscutible la lucha de estos artistas a través de la música por la libertad e identidad latinoamericana”, relata a Público.

Residente, exvocalista de Calle 13.

Para Residente de Calle13, la música latina siempre ha tenido un fuerte componente político. "En Puerto Rico se siente muy dentro la política, para empezar porque somos una colonia y naces mirando dos banderas y cuestionándote por qué en otros sitios solo tienen una", subraya. "La propia cumbia nace del mestizaje entre tres culturas: la de los esclavos negros, los indígenas colombianos y la llegada de las gaitas y la música europea", explica Daniel, miembro del colectivo Sonidero Mandril, dedicado a la experimentación entre ritmos tropicales y la electrónica.

Las letras de la cumbia, ese estilo musical que nació en Colombia pero se volvió villera en Argentina, chicha en el Perú o sonidera en México, hablan de la vida cotidiana: el día a día, el amor, la calle, los barrios populares. "En México, las letras suelen pillar el tono telenovela y cantan a sus ganas de tener dinero o de comprarse un gran coche", concreta Daniel.

“Hubo más rebeldía musical en el pasado de Latinoamérica porque existía una mayor conciencia de los problemas sociales que hoy en día, donde andamos contaminados por el consumismo y el egoísmo”, resalta César Pagano, periodista colombiano, musicólogo e investigador de músicas populares latinas. “El canto social tuvo sus inicios con Atahualpa Yupanki y Violeta Parra en Suramérica y vivió un momento de apogeo en la música andina que compartimos con Venezuela, donde abundaron los cantos por la tierra y la libertad”, cuenta.

La región del Caribe colombiano es una zona con gran riqueza cultural y con grandes motivos para pelear a la contra: esclavitud, explotación, discriminación, colonialismo o desigualdad entre clases sociales. “Todos estos problemas trascendieron en la música que se hace allá”, sigue César, de la mano de compositores colombianos tan venerados como José Barros. Suya es una de las mejores acepciones que se han hecho sobre ese ritmo típicamente colombiano que se baila en toda Latinoamérica: “Yo siento la cumbia, vivo a través de ella. Me da fuerzas cuando estoy vencido y a veces hace que se me olvide que tengo hambre o sed”.

Sus canciones han sido versionadas por compatriotas como Carlos Vives y es el orgulloso autor de la cumbia de El Pescador, cantada por las más variopintas voces y estilos, desde la artista caribeña Totó la Momposina hasta el carabanchelero Jairo Zabala con su proyecto musical Depedro.  

Algo que echa en falta el periodista colombiano es que la música que se hace hoy en su país no incluya referencias al proceso entre la guerrilla de las FARC y el Gobierno que está viviendo Colombia: “¿Por qué no hay obras que hablen sobre la paz, que la celebren o que la rechacen?”, se pregunta.

La costa Pacífica colombiana, donde predomina la música antigua de raíz, tiene a uno de sus máximos exponentes a la banda Chocquibtown. El musicólogo considera que su propuesta de fusión de sonidos contemporáneos como el rap o hip hop con el folckore tradicional de su tierra ha sido de las más interesantes de los últimos años, aunque nunca volvieron a ser los mismos a partir del primer Grammy: “Cambiaron hasta su forma de vestir, ahora cantan en inglés y han renunciado a sus raíces originarias”. Lo que toca Miami lo convierte en oro, aunque el precio que cobre sea “transformarlo en un producto uniforme para un mercado poco exigente y conformista”.

“El rey del comercio: Julio Iglesias”

Igual que la cumbia, la salsa también tuvo su momento protesta a mediados de los años 60, cuando se bailaba con rabia y las letras cantaban los episodios de pobreza y marginación que vivían los habitantes del este de Harlem, también llamado El Barrio, que sigue siendo la zona con mayor número de hispanoparlantes de la ciudad de Nueva York.

Allí la salsa resonaba con fuerza entre los asentamientos migrantes hasta que la todopoderosa marca Coca-cola empezó a verla peligrosa para sus intereses. Entonces decidió cortar el grifo de inversiones en ese ritmo que destilaba rebeldía social y alegría sabrosona para inyectarlas en proyectar música romántica, “inofensiva, e insulsas baladas que hacían vocalistas apuestos y atléticos pero insípidos, como el rey del comercio, Julio Iglesias”, critica César. Baladas y amor romántico contra los retratos salseros de penurias cotidianas y malestar social.

Cumbia, reguetón y esclavitud

"La música es lo único que no han podido quitarle al ser humano", recuerda Johan Posada, miembro de La Parcería, una asociación cultural que crea "puentes virtuales para el libre tránsito de propuestas artísticas con impacto social". "Los movimientos contraculturales siempre han tenido música, hasta que ha llegado el sistema de acuerdos morales, o el capitalismo, y le ha quitado el sentido contestatario a la música para convertirla en una moda, o un producto".

San Basilio de Palenque. Innovación Ciudadana

Donde no pudo entrar la mano invisible fue precisamente en los palenques, (como el de San Basilio, en el Caribe colombiano) que fueron los lugares de resistencia donde se refugiaban los esclavos ‘autoliberados’. Los hay desde México hasta Argentina, y en sus músicas le cantan a sus raíces negras con diferentes lenguajes musicales. En Perú, a ritmo de la marinera, en la costa pacífica, con la marimba, y en la Colombia caribeña, con la cumbia.

"¿Cómo que africana? Si es la música de mi tierra, ¡Barranquilla!"

En esa región colombiana se baila otro ritmo: la champeta. Es el sonido que entronca en lo musical con las raíces africanas de las comunidades que habitan el Caribe colombiano. Lo baila desde Carlos Vives o Juanes hasta Shakira. Y con ella el resto de blanquitos en el Waka waka, el himno del mundial de fútbol de Sudáfrica 2010. Cuando a la colombiana le preguntaron dónde había aprendido música africana, ella respondió: "¿Cómo que africana? Si es la música de mi tierra, ¡Barranquilla!".

Champeta y pasillo: colores entre el negro y el blanco

"Y el tango, el bolero, la lambada, ¿no son sexuales también?"

Decirle "champetudo" a alguien es poco más que un insulto, porque la palabra champeta hace referencia al cuchillo que llevaban los comerciantes de los barrios periféricos agarrado al cinturón en la ciudad colombiana de Cartagena de Indias. Lo usaban tanto para despachar el producto que vendían en el mercado como para intimidar en los picós de las fiestas populares en las que sonaba este ritmo, que incluso llegó a prohibirse. Se atrevió a hacerlo el alcalde de Cartagena en 2002. Su excusa fue la elevada carga sexual que tenían sus canciones, en la letra y en el baile. "Y el tango, el bolero, la lambada, ¿no son sexuales también? Además, sin sexo no hay vida. Hay que bailar la champeta para saber hasta dónde es sexual", recomienda Louis Towers, el champetero de San Basilio de Palenque. César, por su parte, define la champeta como un género lleno de “reivindicaciones urgentes y justas pero musicalmente poco elaborada, igual que las letras”.

La rica historia musical latinoamericana tiene por una lado, esa parte negra, relacionada con el movimiento de liberación de los esclavos africanos que hasta allí llegaron y con los pueblos originarios, y otra ligada al pasado colonial de muchos de esos países. "La parte blanca", sigue Johan, "es la historia de ritmos como el pasillo, basados en el vals austríaco". Fue el baile de la corte hasta que lo asumieron los criollos y ellos hicieron moverse al son del pasillo hasta al mismísimo libertador Simón Bolívar. "Cuando llegó la independencia y se dejaron atrás las colonias, los revolucionarios bailaban pasillos", y lo siguen haciendo, desde Ecuador hasta El Salvador. "Es un acto político asumir las músicas y hacerlas propias". Vengan de donde vengan.