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Nacho Criado, descreador de lo cotidiano

El filósofo Félix Duque piensa así en el amigo y en el artista, recién premiado con el Nacional de Artes Plásticas 2009

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Contra la “obscenidad” mediática (la absoluta puesta en escena, sin residuo) propia de un postmodernismo cansado de sí mismo, cada “puesta en escena” de Nacho Criado es literalmente una ex-posición, o sea: la “posición que viene de” un origen siempre desbaratado en tiempo, desbaratado a tiempo, y una ex-posición: la del propio artista, al arrojarse a la intemperie del “no ha lugar”, inhabitable e inevitable. Sus obras nada quieren saber de una topología, como si hubiera una idea rectora que delimitase, certera, el lugar de donde brotan las cosas; ni siquiera cabe hablar aquí de topografía, como si el lugar del arte pudiera ser descrito y medido. No. El arte de Nacho Criado literalmente no ha lugar: todo él es puro movimiento de formas en busca de absolutamente nada, porque ellas mismas, plásticas, se alojan sólo en las mnémicas huellas de su serie. Quizá la obra de Nacho Criado habría de acogerse a una definición móvil a su vez, algo así como una morfografía cinética: dejarse ir con el pálpito vibrátil de la tierra, desde lo más alto y difuso, como en ese cuerpo espectral, todo él salto, que es Dominio del aire, a lo más bajo y fecundo: la tierra en que se hunde serialmente un cuerpo del que sólo al final quedan las huellas (Recorrido blando); desde la camélida abstracción (B.T. desértico) de Mirada sedienta, zahorí de un agua congelada en estructura, pararrayos de un fuego hecho metal) a series de alcayatas que trepan por las paredes de la sala y que, en su regular disposición, tachan y a la vez revelan la blanca y opaca nada que sostienen. Un aire interrumpido, espacio hecho cadencia. Un ritmo que hace tiempo. Sabio desvarío consciente, delirio de la técnica: montaje de una seducción que nada quiere, salvo guardar el poso de una falta, desde el momento en que transforma toda sensación y todo sentimiento, esto es: toda referencia a un centro externo (la cosa) o interno (el yo), en pura reflexión que explora su vacío. Aquí el arte es desmantelamiento del sinsentido último de la creencia en una identificación sin restos entre la Técnica y el Mundo.

Si en cambio nos atenemos a esos restos, podemos ver cómo desde las tempranas obras de 1973, Nacho Criado ha insistido en el establecimiento de tácticas cuidadosamente preparadas para que, por ejemplo, los insectos royeran revistas o libros de arte (no sin regocijo por parte del manager de esos “agentes”), o bien el moho penetrara entre dos cristales superpuestos en las ventanas, como en la gran instalación del Palacio de Cristal de Madrid, en 1991. Se trataba desde luego, prima facie, de una irónica protesta contra la idea de la “subjetividad creadora” del artista, propalada desde el romanticismo y ensalzada por las vanguardias hasta que Duchamp ridiculizara sin piedad esa alta imagen. Pero también, y quizá con más calado, se ponía así de relieve el carácter temporal, efímero, de toda obra humana (también, y sobre todo, de la obra de arte) frente al ideal de erigir con ella un “monumento para siempre”: un símbolo que ocultaría un dogma, una exigencia perenne de conducta… y sumisión. Por el contrario, Nacho Criado (como seminalmente hiciera Duchamp con Le Grand Verre) parte del orden –un orden por demás anquilosado ideológicamente-… para corroerlo simbólicamente, haciéndolo con una tierna ferocidad mayor aún que la empleada por sus “colaboradores” en la otra corrosión, la física.

Su trabajo es pues el de una opera aperta; en definitiva, lo que él hace es rendir un conmovedor homenaje al carácter imprevisible e indomable de las fuerzas de la naturaleza, ofreciendo así, por ende, una muestra de profundo respeto a la tierra. Se trata de un arte literalmente humilde, pues que confía su acabamiento y perfección, paradójicamente, a la azarosa obra de la vida minúscula que surge de la tierra: humus, vida orgánica, apenas distinguible de su fondo telúrico. ¿Hará falta recordar que también homo procede de humus, y que, en consecuencia, ser hombre es saber ser humilde?

Y así, mirando con asombro las obras, sinuosas e insidiosas de Nacho Criado, uno piensa que en la distorsión plástica de sus espacios impensables se halla, de algún modo agazapada, toda la alegría, todo el júbilo de una (re)creación de infancia. De modo que incluso nuestra vista parece al fin haber sido forjada y formada por el flamante Premio Nacional de Artes Plásticas, forzada a hacerse tan dúctil y modelable como los tiernos hierros y los cristales en añicos de Nacho Criado, descreador y aventurero del mundo por de dentro.