Publicado:  20.02.2010 08:00 | Actualizado:  20.02.2010 08:00

Los nenúfares de Monet al final eran manchas

El Museo Thyssen-Bornemisza y la Fundación Caja Madrid descubren en las últimas pinceladas rápidas y expresivas del viejo pintor impresionista la influencia sobre el desarrollo de la abstracción en la segunda mitad del siglo

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Monet es un pintor de leyendas. Las que hablan de su ceguera le alejan de la pintura al aire libre y le encierran en su taller, obsesionado con la mancha y el color, con el gesto y el azar. Un anciano que se acercaba a los ojos gastados los tubos de óleo, para saber qué demonios iba a aplicar sobre la tela sin preparación. Leyendas que hablan de su extrema exigencia, que le hacía navegar por el río sobre una barca-estudio con caballete intentando atrapar de la manera más fiel los reflejos de la luz en el agua. Leyendas que le describen como un científico con paleta y pinceles que en sus inicios auscultaba la realidad, y un terco apasionado por sus propias visiones de la naturaleza al final de su vida.

Hay otras que le cuentan como pintor de un color, el azul en todas sus variantes. Las que hablan de él como un insistente artista que aplicaba color hasta el cansancio, corrigiendo, mejorando, hasta que el cuadro crecía en empastes, en capas, en grosor, en rastro de pinceladas. Leyendas de cuento, en las que contrata a diez jardineros para que le monten un parterre gigante en el que quedarse para siempre jamás, pintándolo una y otra vez, sin olvidar el puente japonés ni los sauces, ni los nenúfares ni miles de flores. Un mundo en el que encerrarse y ensayar sobre los mismos motivos.

"No tenía derecho a pintar de forma tan irreconocible", escribió Kandinsky

Monet es material incendiario de novela romántica, más cuando se confirman una tras otra las leyendas que labraron la vida del padre del impresionismo y uno de los motores de la modernidad. La última de las caras que demuestran la importancia de Monet en la tradición de lo nuevo es la de presentarle como antecesor de la abstracción, en la segunda mitad del siglo XX. Monet y la abstracción, exposición que se inaugura el próximo día 23 en el Museo Thyssen-Bornemisza y la Fundación Caja Madrid, es una arriesgada visión de la comisaria y conservadora de pintura moderna del Thyssen, Paloma Alarcó, en la que presenta "una nueva forma de ver a Monet", como destacó ella misma.

Sin embargo, no es una idea original. En la expocición Abstraction in the Twentieth Century, celebrada en el Guggenheim de Nueva York, en 1996, ya se dibujó a Monet como un "preludio de la abstracción". También la muestra Monet in the 20th Century, que tuvo lugar en la Royal Academy of Arts de Londres y en el Museo de Bellas Artes de Boston, en 1998 y 1999, demostró que Monet fue, sobre todo, un artista revolucionario. Monet y la abstracción del Thyssen sí es novedosa al formular la contribución del pintor francés a la transformación de un arte abstracto pictoricista, desde un arte representativo.

Guillermo Solana, director artístico del Thyssen, recordó que cuando el maestro murió en 1926, "su pintura ya había pasado de moda". Monet llegó a ser calificado en el período de entreguerras como "un artista blando e incluso kitsch". Fue cuando la historia apartó una de las capas de pintura que estaban embadurnando la interpretación de la trayectoria del pintor francés, cuando apareció el artista menos decimonónico, menos impresionista, de lo que tradicionalmente las miradas habían visto en él.

La muestra es "una nueva forma de ver a Monet", destaca la comisaria

De hecho, Kandinsky fue uno de los primeros artistas en interpretar a Monet en clave abstracta al manifestar, tras contemplar en 1896 una pintura de la serie dedicada a los almiares, que le abrió los ojos a la abstracción: "De repente, vi por primera vez una pintura. Era un almiar, según informaba el catálogo. Yo no lo reconocí. El no reconocerlo me causó malestar y pensé que el pintor no tenía derecho a pintar de forma tan irreconocible. Tuve un cierto sentimiento de que faltaba el tema en la pintura. Y me percaté con sorpresa y desconcierto de que la pintura no sólo me atrapó sino que se quedó impresa para siempre en mi memoria".

Fue a la vuelta de la Segunda Guerra Mundial cuando se entendió que la obra tardía de Monet "tenía mucho que aportar" a los caminos de la abstracción. Precisamente, esta exposición trata de explicar, según su comisaria, "qué es lo que vieron en Monet" los pintores abstractos. El montaje dividido entre las salas del Thyssen y de la Casa de las Alhajas logra el diálogo visual evidente entre artistas como Pollock, Rothko, De Kooning, Cy Twombly, Mitchell, Richter, Barnett Newman o Sam Francis y el propio Claude Monet.

Monet llegó a ser calificado como "un artista blando e incluso kitsch"

Si la fiebre impresionista subió de temperatura con la muestra de la Fundación Mapfre y las estrellas del impresionismo que llegaron del Museo de Orsay, en este caso es el desconocido Museo Marmottan Monet de París de donde llegan las delicias del autor, como el grandioso cuadro de nenúfares, de tres metros de ancho, pintado en torno a 1917, que ilustra este artículo.

Como consecuencia del revival de Monet, durante los años cincuenta del siglo XX, el jardín del pintor en Giverny pasó a convertirse en "un lugar de peregrinación de numerosos artistas abstractos, tanto americanos como europeos", cuenta Paloma Alarcó. Ellsworth Kelly fue uno de los primeros artistas americanos que se acercaron a Giverny. En aquella época, la casa y el jardín de Monet eran un lugar silencioso y deshabitado en donde aún se guardaban numerosos lienzos realizados por el pintor en sus últimos años. Kelly reconoce que su primer cuadro monocromo (Tableau vert, incluido por petición del propio Kelly en esta muestra) surge de la visión de Monet, de las hierbas del fondo del estanque de nenúfares.

Tras copiarla naturaleza, decidió crearotra a su medida

Monet se instaló en Giverny en 1883, en una casa pintada con estuco rosa. Al poco de entrar a vivir "se consagró a diseñar con extremada pasión el jardín, que se convertiría en su fuente permanente de inspiración durante las últimas décadas de su vida", cuenta la comisaria. El jardín situado delante de la casa, que hoy mantiene fielmente el trazado original, está organizado a base de parterres dispuestos simétricamente con combinaciones de flores. El camino central, coronado con varios arcos rodeados de rosas, desemboca en el estanque de nenúfares, rodeado de agapantos, iris, lilas, glicinias y varios sauces llorones que rozan el agua.

Tanto la vegetación de los márgenes del agua como las plantas flotantes "fueron cuidadosamente elegidas por Monet en tonalidades frías y matizadas", explica Alarcó en el catálogo de la exposición. De esta manera nutría a su paleta de diversos tonos de verdes, azules y lavanda, con ligeros toques de rosa, amarillo y blanco. Monet, después de estar copiando durante años el más mínimo suspiro de la naturaleza, decidió crear otra a su medida. En los jardines de Giverny arrancó el proyecto abstracto de Monet, el camino de la libertad creadora que le alejaría de los parabienes de su época.

El trayecto por el viaje más radical de Monet deja a los nenúfares en las salas del Thyssen y al resto de flores, en las de la Fundación Caja Madrid. En estas últimas se sitúa el acercamiento más extremo a la abstracción del pintor, en la serie del Puente japonés, que lo mandó construir en 1893 sobre el estanque de nenúfares, y del que al poco se enredó una tupida planta de glicinias. Empasta los colores, construye con pinceladas cargadas, amontonadas unas encimas de otras, aplicadas en ocasiones directamente desde el tubo, "que acrecienta la planitud de la composición".

Diseñó con pasión su jardín, que fue fuente permanentede inspiración

Paloma Alarcó se pregunta si esa preocupación por la pincelada, la textura, la rugosidad del lienzo y el empaste que presenta Monet, no se pueden la experiencia concreta de la abstracción. "¿No estuvo también Monet interesado en descubrir cómo actuaban o reaccionaban entre sí los elementos materiales de una pintura tal y como les ocurría a los pintores abstractos?".

Efímero, rápido y fugaz, estas pinturas de Monet se concentran en alcanzar contrastes visuales con el color, con una espontaneidad sin precedentes que le llevó a abandonar cualquier recurso lineal y descubrir lo pictórico sin más aditivos. Para el último Monet, la pintura fue una experiencia visual y emocional total. Esa es la mayor herencia que dejó a las generaciones de pintores abstractos que encontraron en él, años más tarde, la ambigüedad de la visión, la que hace imposible saber qué vemos. La imagen que produce la mente.

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