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El Niño de las Pinturas, a los 40: de la calle al taller

El reconocido grafitero granadino Raúl Ruiz ofrece una exposición en el Cuarto Real de Santo Domingo en Granada una exposición con 18 cuadros. Explica a 'Público' su evolución vital y artística

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Asistentes observan los cuadros de Raúl Ruiz, en el Cuarto Real de Santo Domingo, en Granada. RAÚL BOCANEGRA

Un árbol frondoso pintado sobre trazos de madera cuelga estos días en una pared del Cuarto Real de Santo Domingo, en Granada, un antiguo palacio de la época musulmana. El cuadro es tal vez la obra que mejor refleja el estado vital y artístico de Raúl Ruiz, el Niño de las Pinturas. El árbol parece vivo sobre un cielo azul. En él habita un verde que respira: inspira y espira. Una nube de raíces penetra el suelo terroso, ocre. Árbol. 61 x 61 cm. Técnica mixta sobre madera, dice la tarjeta de presentación. Esa que se cuelga en todos los museos al lado de cada obra.

Si se viera ese cuadro por separado, fuera de contexto, difícilmente pensaría nadie que su autor es un aclamado grafitero, que primero llenó con su personal visión y su original sensibilidad las paredes de su barrio, El Realejo; después, media Granada (lo que le ha causado periódicos enfrentamientos con las autoridades) y luego edificios de medio mundo: Marruecos, México, Ecuador, EEUU… A sus 40 años, ese grafitero estrena en una sala del Cuarto Real, cedida por el Ayuntamiento de Granada, la exposición Del viento y otros soportes.

“Pintar en la calle es lo que más me gusta. No creo que deje nunca de pintar en la calle”, dice mientras comparte una cerveza de domingo en la plaza del Campo del Príncipe. Pero el Niño de las Pinturas le está cogiendo el gusto a pintar en el taller, a explorar una nueva manera de enfocar su talento, su arte, su vida. “He estado muchos años de inmigrante. He tardado en tener un huequecillo bonito, pero mira, tengo mi espacio, no es que sea el taller del artista”, dice, recalcando las palabras taller del artista, como si se estuviera riendo de ellas, “pero es mi espacio”.

Viene de ese lugar a la entrevista con publico.es. Ha estado escuchando un disco con temas inspirados en la película La Haine (El Odio), de 1995, protagonizada por Vincent Cassel. “Le he estado dando vueltas toda la mañana. Vi la peli en el cine. La vimos dos veces y las dos veces, al terminar, la gente no se levantaba de la butaca”. El taller, en el que ha producido las 18 obras expuestas en el Cuarto Real, le ha llevado a descubrir nuevos caminos, a explorar senderos artísticos por los que antes no había transitado. “Piensas: yo me apaño un sitio aquí grande y voy a estar a gustito, pero claro, ahora te metes ahí, y estás más solo que la una. No me he dado cuenta nunca de que no estaba acostumbrado a eso. Yo llevo pintando cuadros toda la vida, pero de repente pasar tanto rato en el taller y hacer menos calle no lo había hecho”.

Detalles de los cuadernos en los que Ruiz trabaja sus creaciones antes de plasmarlas. RAÚL BOCANEGRA

Prosigue Ruiz su reflexión: “El sitio te aporta muchas cosas. El propio lugar, cómo se mueve la sombra, la visión que tienes. Me gusta el taller para ir trabajando todos los días. Porque aquí hay poco trabajo si vas a pintar soportes que no son móviles. Para eso tienes que ir a sitios, y es muy bonito viajar. Pero pintar los lienzos aquí a gustito es también muy interesante. Y de repente, empecé a darme cuenta de cosas. La tarde que me puse a pintar lienzos desde el balcón de mi casa, me pinté tres lienzos verdes, y me dije: no soy muy yo de verde. Claro, estás con el lienzo aquí y con los árboles en la plaza. Me suele pasar que los colores que voy viendo, me da por meterlos. Aquí el lienzo se puede mover, es otra historia diferente. ¿Qué pasa aquí? Intento pensar que ese lienzo está en un sitio y me lío a pintar y es como si estuviera allí. Es un truco mental muy tonto. Cuando te ves un poco apretado, vas buscando vereda y sales del callejón. Y en lugar de pensar en las cosas que había perdido, empecé a pensar en las cosas que había ganado. Hace frío y vas a estar calentito o hace calor y vas a estar fresquito. Escalera poca, visitas, las que te apetece, a gusto”.

“Hay que cambiar de gremio. Todos los pintores se quieren hacer grafiteros, han visto que en el mundo del arte tienes que venir con padrino o ser hijo de. Es difícil encontrar vereda y han visto que la calle es mucho más directa. Mogollón de gente se está metiendo. Pues yo al revés. No quiero dejar la calle, porque disfruto como una cabra, pero en el taller, si llego a tener la suerte de llegar a vejete, mucho mejor que con el andamio”, remata Ruiz.

Justo al entrar en el Cuarto Real se topa uno con una fotografía de la jirafa que el Niño de las Pinturas dibujó hace 16 años en un muro del Realejo. Hay un hueco a la altura de la cara para que todo aquel que quiera introduzca allí su rostro y se deje inmortalizar disfrazado de jirafa callejera. La cabeza original era un nudo de cables en una caja a los que Ruiz, con trazos simples, añadió el cuerpo del animal. El fondo de la pared, amarilla, hizo el resto. Este grafiti, uno de los más sencillos de toda su obra, sensible y profunda, se convirtió en un símbolo de su arte y de su personalidad artística, y en una leyenda granadina. Hoy la jirafa está borrada, después de años de pelea con el ayuntamiento, empeñado en cargarse esa pintura.

Felicidad y exploración

“Salud y libertad”, brinda el Niño, antes de tomar un trago de su cerveza. El cuadro que se ha utilizado en el folleto de presentación representa un pájaro de colores azul y amarillo, que aletea encima de un laberinto trazado en forma de cerebro sobre un fondo rosa, en el que se esconde el alfabeto en letras mayúsculas en horizontal y en vertical, en el que se lee la palabra libres, y en el que se adivinan las características tuercas de tiempo del Niño. Las obras de Ruiz tienen siempre varias capas, significados e interpretaciones. En la exposición hay reflexiones para todos los gustos, desde la educación de los niños, hasta el hartazgo por las cosas que le pasan a la gente, representado por una anciana que dice “hasta aquí hemos llegao”, pasando por unos ojos que lo miran todo y parecen llorar por todos. “He pintado cosas nuevas (para esta exposición). Hay cuadros en los que no he llegado a escribir nada y otros en los que he escrito y he metido un montón de manteca, como si estuviera en la calle. Lo que me gusta de pintar grafiti es que te metes dentro de la jugada y se te ocurren muchísimas cosas”.

Asistentes observan los cuadros de Raúl Ruiz, en el Cuarto Real de Santo Domingo, en Granada. RAÚL BOCANEGRA

El camino de la felicidad es para Ruiz, a sus 40, como lo fue a sus 20, el camino de la exploración: “Me dicen. Yo no sé, Raúl, cómo puedes hacer estos cuadros con espray. Sería hasta ridículo, Estoy probando con otras técnicas, cómo no lo voy a hacer. Me estoy haciendo polvo disfrutando con otras cosas. Movidas que en grafiti no se hacen. Claro que meto el espray, hay movidas que me molan que te cagas con el bote. Le metemos rotuladores, pincelillos, lo que haga falta. No hay miedo. En mi taller me he apañado para poder hacer todo lo que se me ocurra. A veces echo más tiempo que en mi casa. El objetivo es el que todos tenemos. Ser feliz. Estar a gustito. Te tomas tu café, sacas al perro, y te vas a trabajar”.

¿Qué es el arte, Raúl? “Aquí en Andalucía decimos rápido si las cosas están hechas con arte o sin arte. A cualquier cosa, se le puede decir. Yo veo el arte por todos lados todo el día. Yo pienso que yo estoy haciendo lo mejor que yo puedo hacer y pienso lo mismo de los demás”. Añade Ruiz: “Que el estilo se identifique es importante, al final es un truco para dar un mensaje que conecta y que llega bien fuera, que la gente entiende. Hay mucha gente que busca conectar con la banda, sentirse vivo y aquí. Tenemos que sentirnos aquí. Y sentirnos vivos. Yo tuve mucha suerte, porque mis maestros de grafiti, cuando era chiquitito, me guiaron muy bien. He tenido muchos maestros, pero recuerdo mucho una conversación con el Loco 13. Me dijo: el día que tú estés por ahí y veas una revista o algo y veas que hay otro que ha hecho algo parecido y pienses, este me ha mordido, pues lo único que tienes que hacer ahí es saber que vas bien y apretar los dientes y seguir trabajando. No me habló más, pero lo puedes interpretar así: esa persona que te ha pegado el mordisco está buscando su vereda y las cosas son así y te ves dentro de este movimiento infinito y ves las cosas de modo más trascendental y ves que todo forma parte de un crecimiento que viene de antiguo y que no se acabará con suerte. Y eso es grande”.

Un árbol frondoso sobre trazos de madera. En el Cuarto Real de Santo Domingo, en Granada. Allí está colgado.