Publicado: 07.05.2015 21:51 |Actualizado: 08.05.2015 07:00

“Si no eres de buena familia, métete en un partido para medrar”

La periodista de la Fundación Civio Eva Belmonte retrata en 'Españopoly', los entresijos del poder en España.

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La periodista y bloguera ilicitana Eva Belmonte.

MADRID.- España vista como un gran Monopoly. La periodista Eva Belmonte pone sobre el tapete las vergüenzas de un país de pandereta. Un país de indultos y cacerías selectas, una país que confunde discreción con opacidad, un país en el que el amiguismo campa a sus anchas y los partidos políticos son, sumisión mediante, el trampolín ideal para alcanzar cuotas de poder si no eres de alta alcurnia.

En Españopoly. Cómo hacerse con el poder en España (Ariel, 2015) siempre juegan los mismos, muchos de los que movían ficha durante el franquismo siguen agitando el cubilete a su antojo, y lo que es peor, siguen imponiendo las reglas de un juego al que no estamos invitados.




Uno de los principales lastres de nuestro país es esa relación poco clara entre lo público y lo privado, siempre con sus tejemanejes tras el telón.

En realidad, la relación entre lo público y lo privado per se no es mala. Resulta lógico que una determinada asociación se quiera reunir con un ministro porque se va aprobar una ley que le afecta, a mí no me parece mal y pasa en otros países. La diferencia clara de España es el hecho de que no sepamos concretamente qué pasa y esto es muy significativo. Me escandaliza muchísimo, por ejemplo, que cuando Rajoy se reúne con alguien en secreto diga que es discreción y lo vea como algo positivo, cuando deberíamos saber con quién se reúnen todos los altos cargos porque de lo contrario no podemos valorar hasta qué punto influyen en la aprobación de leyes que luego nos afectan.

Deberíamos, también, conocer toda la huella legislativa, saber qué ha sucedido cuando una empresa lobista presenta un informe sobre una ley y se ha incorporado una parte. La diferencia de España con todos esos países, en especial con los anglosajones que son mucho más avanzados en estos asuntos, es que al final nosotros no sabemos cómo afectan todas esas relaciones.

Hace hincapié en las familias de alta alcurnia, muchas de ellas con unos privilegios que se remontan a antes del franquismo. Pero, ¿y si no perteneces a una estirpe de renombre? ¿Cómo acceder al poder?

Si no eres de buena familia o no has tenido la suerte de heredar una empresa, métete en un partido, es la mejor forma de medrar. En los partidos políticos no importa tanto quién seas, sino el hecho de que tengas relaciones, unas relaciones que puedes ir curtiendo a lo largo de los años. En España tenemos un sistema de partidos muy cerrado en el que se penaliza mucho la discrepancia, mientras que la corrupción apenas lo hace. El que no discrepa, el que no debate, el que no tiene enemigos, el que no se pelea con nadie es el que va ascendiendo, y ahí es donde encontramos una vía para alcanzar altas cuotas de poder sin tener relaciones previas.

No se premia, por tanto, al más cualificado de los partidos, sino al que menos conflictos ha creado. Hay muchísimos cargos, sobre todo cargos intermedios, que han ido medrando por tener buena relación con el resto de los del partido. Lo peor es que esa gente pasa, por ejemplo, de consejerías de transporte o turismo a encargarse de la sanidad sin importar la experiencia que tenga en un ámbito.

No cree que la situación terminará degenerando, es decir, el hecho de que las familias de alta alcurnia tengan libre acceso a puestos de poder económico en detrimento de la meritocracia puede provocar una pérdida de competitividad.

Es un problema clave para la competitividad porque puede ser que el hijo sea el mejor preparado, pero también puede ser que no lo sea. Algo similar sucede en lo público, puede ser que el que ha participado en la campaña del partido sea el mejor preparado para ese cargo, pero puede ser que no. Por eso creo que es muy importante que la persona que llega al cargo —ya sea en lo público o en lo privado— sea la mejor preparada. Si el criterio es familiar o el criterio es de fidelidad al partido, el mérito deja de ser importante y entonces ahí tenemos un problema.

Hay casos, por ejemplo, como el del director de red.es, que a mí me escandaliza porque apenas tiene un año de experiencia en el sector de la tecnología, pero que ha trabajado siempre con el ministro Soria. Creo que el director de red.es no puede ser simplemente un cargo de confianza.

Ha habido alguna saga familiar que le haya llamado especialmente la atención.

La saga de los March me parece muy interesante porque tiene mucha historia novelesca detrás; una historia en la que hay contrabando, la figura de franco, el avión que le pagó… Tuvo una vida muy interesante y además me parece muy relevante el hecho de que sea una banca familiar que se lleva de padres a hijos, que es una característica que distingue muchas veces a España.

De hecho, parece que vende…

Sí, parece que una empresa familiar es mucho más limpia, como por ejemplo El Corte Inglés o Mercadona. La saga de los March, en ese sentido, es un caso paradigmático porque se ha saltado siempre a las mujeres. Se critica mucho el hecho de que no haya una ley que obligue a que herede la monarquía la mujer, pero luego en este tipo de empresas que son casi el núcleo duro del país se sigue heredando de forma sálica, excepto en el caso de Ana Patricia Botin, que es la excepción.

Cuando las Koplowitz conocieron a los Albertos, lo primero que hicieron fue posicionarlos delante para que se hicieran cargo de la empresa. Al final se lo quedaron ellas porque se divorciaron, pero llama la atención que lo primero que hicieron cuando se casaron es ceder a sus maridos las riendas de la empresa familiar.