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La novela política entre las palabras y las ideas

La literatura recupera la dimensión social ante las injusticias de un sistema insaciable

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En el rótulo, la pintura negra aún blanda, se puede leer: 'Prohibido el paso, camino particular'. Juan García Hortelano (1929-1992) utilizó esta imagen para explicar el cierre del acceso a toda persona ajena a los vencedores al final de la novela Tormenta de verano (1962). El franquismo se había acorazado para rechazar lo que no fuera orden, confort y fe. En su paraíso no entraban ni la injusticia, ni la pobreza, ni los problemas: 'Hace un tiempo espléndido, los críos juegan, las mujeres murmuran y nosotros descansamos. Es mentira que todo marcha mal, como aseguran los resentidos y los fracasados. Uno se pone enfermo leyendo el periódico', dice a pie de playa uno de los personajes favorecidos por la causa.

Hortelano arremetió en aquel libro contra una juventud universitaria inerte para la política. El joven escritor ya había apuntado en Nuevas amistades (1959), su primera novela, la crítica contra los privilegios adquiridos con la dictadura. Con ese texto conspirador Hortelano inauguró una narrativa de intervención social de urgencia, que fue denostada a los pocos años por los mismos que la apoyaron. El género social cayó en desuso, fue visto como un retraso estético y el boom latinoamericano dio la puntilla a las expectativas políticas.

'El realismo social ha sido despreciado y proscrito', asegura Isaac Rosa

'Los novelistas españoles de esa generación afrontaron el problema de la creación literaria desde presupuestos históricamente falsos: como una literatura de emergencia, una literatura prerrevolucionaria, a las puertas de una gran transformación del país, lo cual la historia ha demostrado que era absolutamente erróneo', declaraba arrepentido Carlos Barral en 1971, en una entrevista en la revista Tiempo Nuevo, de Caracas. Justo él, que había premiado, en 1959, con el Biblioteca Breve a Nuevas amistades.

'Los escritores que ahora definen la literatura española de los cincuenta, esos del realismo social, eran en su tiempo una clamorosa minoría sin aparente repercusión', cuenta Rafael Chirbes, autor de La buena letra, La larga marcha o Crematorio (todas en Anagrama). Para Chirbes, uno de los autores más actuales y menos presentes, toda literatura es ideología, porque cualquier texto es una mirada sobre su época: 'El lenguaje, las palabras son como las personas frutos de su tiempo y, en cada época, pelean por imponerse unas sobre otras. Decir libertad, amnistía y estatuto de autonomía era dinamita en una época, te convertía en delincuente. Hoy te llevan al Parlamento'.

Isaac Rosa, que con El vano ayer (Seix Barral) recuperaba en 2005 una tradición literaria intermitente en los últimos 70 años, tiene una explicación a esa desaparición: 'El realismo social ha sido despreciado y proscrito por críticos, académicos y escritores con tanta saña que finalmente lo fue también por los lectores. Pese a todo, la literatura española sigue siendo formalmente realista. Pero es un realismo sin realidad, aunque mantenga la ilusión de realidad'.

Almudena Grandes: 'A la novela española le vendría bien algo de combatividad'

'La ficción española, con las excepciones que por supuesto hay, ha vivido bien relatando una sociedad sin conflicto, con tanto éxito que hemos acabado creyéndonos que en efecto éramos una sociedad aproblemática. Y ahora, cuando comprobamos que no era así, estamos perdidos', recuerda Isaac Rosa.

Autores como Rafael Reig no creen que se haya roto con la tradición literaria que cambió las lecturas y conciencias de este país, aunque sigamos en un sistema que favorece lo complaciente y decorativo. 'Hubo un realismo socialista (que se llamó social por pudor) y que de inmediato fue arrinconado. Hablo de autores como López Salinas, López Pacheco, Aldecoa, Sueiro o García Hortelano. En cambio se favoreció lo que llamaban la experimentación formal: Luis Martín Santos, Goytisolo, Benet. Se promovió lo absurdo, lo formal y lo vanguardista para silenciar lo político', afirma Reig, que publica en Tusquets Todo está perdonado.

Chirbes cree que toda literatura es ideología, porque mira a su época

'Ahora mismo no se puede rastrear ese tipo de literatura porque es una situación distinta', apunta Almudena Grandes, para quien su generación vuelve continuamente sobre la Transición. Ella misma lo hace, con su megaproyecto de recuperar la memoria desde la posguerra. 'A pesar de no estar bajo una dictadura, creo que a la literatura española contemporánea le vendría bien un poco de realidad y de combatividad. No se recoge la realidad de la calle y lo digo yo que escribo sobre la Guerra Civil', dice la autora de Inés y la alegría (Tusquets).

Los márgenes con los que actúa la literatura tampoco favorecen el reflejo narrativo de la actualidad más crítica. El periodismo y el cine le ganan la mano en inmediatez: 'Hoy hay motivos para la novela política, pero la literatura no es tan instantánea como el cine. Los lunes al sol (2002) anticipó una situación dramática. La literatura es más sutil y profunda, necesita más tiempo para sedimentar', reconoce Grandes.

'En eso, como en tantas otras cosas, el cine le ha comido terreno', se muestra tajante Ignacio Martínez de Pisón, coautor del guión de Chico y Rita. Para el escritor aragonés, las buenas novelas aspiran a perdurar. 'Eso influye para que los novelistas reaccionemos con cierta lentitud ante los cambios de la realidad. La literatura es una vaca que necesita digerir las cosas muy despacio', añade el autor de Enterrar a los muertos (Seix Barral).

Juan Marsé: 'No creo en la novela social, sólo en las buenas novelas'

Contra la doctrina

En ese sentido, Pisón desconfía tanto de los novelistas que se arman de un fuerte aparato ideológico, como de los motivos para actuar en la actualidad: 'La literatura de denuncia o de resistencia puede justificarse cuando se vive bajo una dictadura'. Otra buena noticia para los españoles, según este autor, es que desde la muerte de Franco y la Transición, 'en España no ha ocurrido nada importante'. 'Eso no es tan buena noticia para los novelistas, que con frecuencia tenemos que remontarnos al pasado para encontrar buenas historias que contar', justifica.

Tampoco Juan Marsé cree que haya motivos para rasgarse las vestiduras. 'Vivir en una dictadura te condiciona. Estaba muy claro dónde había que estar. Pero la situación cambió con la muerte de Franco. Cuando acaba la dictadura, la novela política desaparece. Hoy está la prensa, que antes era de los vencedores, y las opiniones políticas van en el periódico'.

'Me preocupa más el compromiso político fuera del libro', dice Javier Pérez Andújar

Para el autor de Caligrafía de los sueños (Lumen), la ficción es implacable: 'No admite el panfleto. Yo no creo en la novela social, en la novela política o en la novela religiosa. Sólo creo en las buenas novelas. Esas que llaman novelas de ideas no son mi predilección. Prefiero la narrativa, prefiero Dickens. ¡Dickens! ¿Tenía ideas políticas? Desde luego. ¿Estaban en sus novelas? No', cierra tajante uno de los escritores que tuvo que sufrir la censura hasta las cachas.

El crítico Jordi Gracia, que publica en las próximas semanas Derrota y restitución de la modernidad. 1939-2010 (Crítica), cree que la literatura que está condenada a la mediocridad es la novela de aleccionamiento y simplificación. 'La novela que interroga políticamente no puede llevar la respuesta preparada en la recámara, porque su tufo corrompido a falso artefacto literario es insoportable. Preferimos la duda a la arenga', aclara. Y señala autores que han firmado buenas novelas sin aleccionamiento político, pero políticas: Juan Gabriel Vásquez, Isaac Rosa, Javier Pérez Andújar, Jordi Soler, Cercas, Muñoz Molina, Chirbes y Martínez de Pisón.

Por tanto, la novela política no está en crisis: 'Más bien, la crisis es su estado feliz de existencia y sin crisis de modelo narrativo no hay novela política de valor. La actualidad está presente en las novelas de calidad de manera figurada e indirecta, casi nunca explícita o dogmática', asegura Jordi Gracia. Con mucha agudeza, Patricio Pron añade a lo dicho que la crisis está supeditada a la pérdida de interés social en la literatura y su incorporación a la industria del entretenimiento: 'En mi opinión, esa crisis es, sin embargo, una oportunidad, ya que devuelve a la literatura a unos márgenes que son su sitio natural y el mejor lugar desde el cual articular su crítica'.

'La novela española hoy ni rasca bien, ni rasca donde de veras pica', resume Falcón

'La crisis debería ser su estado natural, no concibo una novela política instalada, acomodada. Se ha asumido que la literatura política sacrifica la literatura a la política, que descuida aspectos, digamos, artísticos para dar prioridad a los aspectos políticos. Pero eso no vale como ley universal', defiende Isaac Rosa, que ultima su próxima novela.

Enrique Falcón acaba de publicar en la editorial La oveja roja Las prácticas literarias del conflicto, en el que hace repaso del estado político de las letras españolas. El panorama, dice, resulta a menudo desolador: 'Intimismo documental, poca ambición, guiños y coqueteos con las lógicas del poder, naturalismo sentimental, pereza intelectual, abandono de la plaza pública... La novela española de hoy ni rasca bien, ni rasca donde de veras pica', resume agriamente.

Para autores considerados 'políticos', como Javier Pérez Andújar, el compromiso es cultural no inmediato y, además, hay que disimularlo: 'Soy un escritor profundamente político, pero no en la superficie. No me preocupa el compromiso político dentro de la novela, me preocupa más fuera'. En la misma, línea camina el escritor Francesc Serés, que ya dibujó un panorama realmente cruel para los trabajadores en Materia prima (Caballo de Troya). Sin embargo, prefiere quitarle hierro y reacción a la política y a la novela: 'Lo de la rebelión se demuestra más con hechos que con palabras. Y la literatura no sólo se hace con ideas. Se hace, fundamentalmente, con palabras'.