Público
Público

"Nueva York es lo que para mí más se acerca a un hogar"

Laura García. Directora del centro García Lorca. Sobrina nieta del poeta, hizo sus pinitos como actriz y periodista. Y siempre buscó la compañía de los libros

Publicidad
Media: 0
Votos: 0

Llevar los apellidos de un poeta universal abre puertas, tantas como las que les cerraron a sus padres y a sus abuelos, que tuvieron que vivir en el exilio tras la Guerra Civil. Laura García Lorca, sobrina de Federico y nieta de Fernando de los Ríos (ministro de Instrucción Pública durante la II República), nació en Nueva York (1954), la misma ciudad en la que años antes, en pleno crash de 1929, su tío escribiría un poemario. Paradojas del destino.

Allí, en Nueva York, fue donde se acercó a la obra del poeta. Debía tener 7 años. 'Mis padres daban clases en la Universidad de Columbia y tenían un grupo de teatro. Estaban montando Don Perlimplín. Mi abuela daba clases por la tarde. No tenía con quién quedarme y mis padres me llevaban con ellos a los ensayos. Recuerdo que estaba sentada en el teatro y oí una cosa que me pareció preciosa. Era el poema del principio de Don Perlimplín: 'Amor, amor, que estoy herido, herido de amor'. Cuando llegamos a casa le dije a mi padre que quería leer aquello y me dio las obras completas de mi tío', cuenta Laura, que accede a la entrevista con la condición de no tocar un tema, la búsqueda infructuosa y con su oposición de los restos de Federico en Alfacar (Granada), que la ha dejado exhausta.

'En 'Vogue' hice de todo antes de ser subdirectora. Allí aprendí a trabajar'

Fue el primer libro que cayó en sus manos después de los cuentos. 'La lectura fue un descubrimiento. Fue lo más apasionante que me había pasado', dice. De ahí surgió la vocación de bibliotecaria, que olvidaría con el paso del tiempo, como la de secretaria, otro de los oficios a los que jugaba de niña. Laura aprendió a leer en inglés, pero pronto cultivó el español, la lengua que hablaban en su casa. Su abuela, Gloria Giner, contribuyó con unas clases particulares que incluían un dictado semanal.

Dos raíces, dos idiomas, dos culturas. Ella era consciente de lo que suponía para sus padres y abuelos el destierro neoyorquino. 'Eso de pertenecer a una familia en el exilio era algo que estaba muy presente. Mi familia era diferente a la de mis amigos, por el idioma, por el tipo de estructura familiar En mi casa convivimos cuatro generaciones, dos bisabuelas, cuatro abuelos, mis padres y nosotras, y allí era raro', relata cuando se adentra en su infancia, de la que mantiene recuerdos afectivos muy vivos.

'Sabía que algún día me tocaría gestionar el legado de mi tío'

Hoy es una mujer de su tiempo, producto del mestizaje, que no ha enraizado en ningún sitio. 'Me resultaría fácil vivir en cualquier lugar. Lo que más se acerca a un hogar es Nueva York, pero me siento más española que americana', comenta. Al fin y al cabo, sus padres retornaron a España cuando ella tenía 12 años. Su vocación de bibliotecaria ya se había esfumado. Desde entonces, nunca tuvo una meta muy definida.

Laura se ha dedicado a actividades muy diversas desde que dejó la carrera de Literatura Española, que había iniciado en Cambridge. Durante años quiso ser actriz y cineasta. Cursó estudios de cine e interpretación en Londres y en Madrid, realizó incursiones como script y como ayudante de dirección hasta que a los 25 decidió volver a vivir en Nueva York para estudiar arte dramático.

Pero se le ocurrió producir una obra de teatro y volvió a Madrid. El destino le reservaba sorpresas. Alfredo Mañas le propuso encarnar La zapatera prodigiosa. No era la primera vez que trabajaba en una obra de su tío. Ya había interpretado a Doña Rosita la soltera en Columbia.

Su paso por el teatro fue fugaz. 'Creo que no era demasiado buena como intérprete', confiesa. 'Me surgió la oportunidad de trabajar para Vogue, donde al principio hice de todo y, al poco tiempo, me nombraron subdirectora. Fue el lugar donde aprendí a trabajar'.

'Creo que no era demasiado buena como intérprete'

Pero tampoco se veía trabajando en la moda para el resto de sus días. Entonces su tía Isabel, la hermana pequeña de Federico, le pidió que dirigiera la casa museo de la Huerta de San Vicente.

No tuvo ni la opción de pensarlo. 'Era un deber y sabía que algún día me iba a tocar El siguiente paso fue tomar una decisión que toda la familia había deseado desde el principio: que el legado de García Lorca estuviera en Granada. Y empecé a trabajar en el centro'.