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Nueva York, ruinas y recuerdos de la que fue la capital del jazz

Con casi ocho millones y medio de habitantes, es la ciudad más poblada de EEUU y la segunda del mundo. Está situada en la costa este del país

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Hubo un tiempo en que Nueva York era la capital del jazz. De todas sus esquinas salían sonidos, disonancias, ritmos y voces nunca tocados ni escuchados. La ciudad ha sido sorprendentemente descuidada con su legado y queda poco de este pasado. Sólo algunos clubs. Sin embargo, algo queda, y es bastante mágico. Un ejemplo es la casa de Louis Armstrong, un milagro de conservación, un lugar por donde no han pasado los años, en pleno Queens, en Corona, un barrio predominantemente latino, a media hora en metro de Manhattan.

Louis Armstrong pasaba la mayor parte del tiempo de gira, pero de 1943 hasta su muerte, casi 30 años más tarde, este fue su refugio. Ahí tenía su colección de discos, sus grabaciones (solía conservar muchas de sus conversaciones con amigos y familiares o improvisaciones propias con músicas de otros), sus puros, sus recortes de periódicos... Su oficina ha sido preservada minuciosamente. Lucille, su mujer, vivió ahí hasta que murió a principios de los ochenta. Luego pasó a manos de las autoridades locales que hicieron lo posible (milagrosamente) por dejar las cosas como estaban. La casa resultó ser una mina: 5.000 fotos, 650 cintas grababas por el propio Sachtmo (por satchel-mouth, literalmente 'boca de saco', seudónimo con el que convivió toda su vida).

'A Armstrong no le gustaba destacar, no le gustaba que lo trataran como una celebridad, aquí la gente lo aceptó como uno más y eso le encantaba', dice Deslyn Dyer, subdirectora de la casa museo.

Lo más divertido de la casa son los baños. No es de extrañar que alguien tan compulsivamente obsesionado por los laxantes (consumía en grandes cantidades su marca favorita, Swiss Kriss) y que creció en la más absoluta pobreza en los peores barrios de Nueva Orleans se volcase con los aseos. Espejos de pared, grifería dorada, mármoles en blanco...

El local suple su falta de infraestructura con unos cuantos libros, CDs, exposiciones y un personal encantador

Lucille lo animó a mudarse a un sitio más lujoso pero Armstrong se había encariñado con Corona. Los niños de la calle venían a escucharlo cada vez que ensayaba. En su último año de vida, Lucille contruyó un jardín japonés abierto al público y en el que cada 4 de julio se celebraba el cumpleaños de Satchmo con un concierto gratis y un enorme pastel. Aún se mantiene esta tradición.

Otra etapa obligada del recorrido nostálgico en busca del jazz perdido de Nueva York es Harlem, más concretamente su museo del jazz, en la calle 126: un sitio algo destartalado pero entrañable, donde su director, Loren Schoenberg, acoge a los visitantes con cariño. Más que un museo, el sitio es un proyecto.

El museo tiene previsto instalarse dentro de unos años en la calle 125, frente a otro templo de la música e improbable superviviente de los altibajos de Harlem, el teatro Apolo. De momento el local suple su falta de infraestructura con unos cuantos libros, CDs, exposiciones y un personal encantador

Schoenberg atribuye la amnesia de Nueva York a la hora de honrar uno de sus mayores legados a una cierta dejadez. Carnegie Hall recuerda que 'Hubo otro intento de museo del jazz en 1972. Estaba cerca del Carnegie Hall, un proyecto privado que no duró mucho. El jazz es algo tan presente que ni se toma en cuenta. Por eso no intentamos preservarlo, pero es un error'.