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Un objetor desarmado, en medio de la carnicería de Okinawa

Mel Gibson reaparece a lo grande con ‘Hasta el último hombre’, una magnífica película inspirada en la historia real de Desmond Doss, un objetor de conciencia que estuvo en la sangrienta batalla de Okinawa, desarmado y decidido a no matar a nadie, y que salvó la vida de 75 soldados.

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Un instante de 'Hasta el último hombre'

@begonapina

MADRID.- “Hay ocasiones en que me avergüenza ser un miembro de la raza humana. Y hoy es una de ellas”. Palabras inolvidables del coronel Dax, uno de los mejores personajes del cine y un inmenso trabajo de Kirk Douglas al servicio de, probablemente, la mejor película antibélica de la historia, Senderos de gloria.

Si Kubrick en 1957, hace casi sesenta años, firmó una de las obras maestras, una de las más contundentes contra la guerra, ahora Mel Gibson se suma con la magnífica Hasta el último hombre a la nómina de cineastas que denuncian el sinsentido y el horror de los conflictos bélicos.

Inspirada en el caso real de Desmond Doss, un objetor de conciencia que salvó la vida de 75 hombres en la sangrienta batalla de Okinawa, el último gran duelo de la contienda entre EE.UU. y Japón que se saldó con un cuarto de millón de muertos, la película es la reaparición por todo lo alto de Gibson director.

Por mucho que chirríe, dada la inagotable colección de declaraciones reaccionarias, machistas, homófobas… antediluvianas del personaje, hay que concederle que con esta película resurge como un cineasta brillante, de un talento excepcional y de una vitalidad arrasadora.

Resuelto a no traicionar sus principios

Hasta el último hombre es un prodigio de realización y encierra un ritmo portentoso que hace que las dos horas y medias de metraje pasen en realidad como si se tratase de la hora y media convencional del cine. Y ello teniendo en cuenta que la segunda parte de la película es el conflicto en Okinawa, al que Mel Gibson ha puesto, eso sí, su sello personal. Mucha elegancia en el rodaje, pero cero sutileza, todo en esas imágenes es una denuncia del horror concebida desde el realismo más crudo sobre la auténtica naturaleza de una guerra.

El actor Andrew Garfield da vida Desmond Doss, un joven que se alistó en el ejército dispuesto a ayudar a los otros soldados desde su condición de médico, sin llevar jamás un arma y decidido a no matar a nadie. En la historia real y en la película, uno de los pilares sobre el que se sostiene este personaje extraordinario es su fe religiosa, sin embargo, la historia va mucho más allá y lo que Gibson propone, en realidad, es el retrato de un ser humano resuelto a no traicionar sus principios esenciales. La clave final es su convicción y esperanza en el ser humano y en la posibilidad de la paz.

Mel Gibson en el rodaje

"Hay que estar bastante loco"

“El panorama cinematográfico actual está plagado de historias de ‘superhéroes’ de ficción, pero creo que ha llegado la hora de celebrar a un héroe de verdad”, afirma el cineasta refiriéndose a este hombre, un vegetariano al que le gustaba más que le calificaran como cooperador que como objetor de conciencia. Desmon Doss murió en marzo de 2007 a los 87 años, poco después de que por fin aceptara que se hiciera una película sobre su historia, a lo que se había negado hasta entonces.

“Hay que estar bastante loco para enfrentarse a la carnicería que fue Okinawa desarmado. Doss desafió cualquier expectativa sobre esa situación. Una de las cosas que me sorprenden de Desmond es que hizo cosas heroicas durante un mes entero en Okinawa. Llevó su heroicidad a límites desconocidos”, dice el actor protagonista, que insiste en que “Desmond trataba al enemigo con el mismo cuidado que a sus compatriotas”.

De Tavernier a Manolo Matji

Hasta el último hombre se acerca, pues, a los grandes títulos antibélicos de la historia, entre los que sería imperdonable no mencionar La vida y nada más (1989), soberbia película de Bertrand Tavernier que evidenciaba la atrocidad de una guerra desde la historia de un grupo de soldados que se ocupan de buscar e identificar a los muertos.
Dalton Trumbo llevó al límite el horror en su novela Johnny cogió sus fusil, que luego llevó al cine y que es uno de los filmes más perturbadores que se han hecho jamás. Ambientada, como la anterior en la Primera Guerra Mundial, la revelación que tiene ese soldado que ha despertado en un hospital sordo, ciego, mudo, sin piernas y sin brazos, provoca un rechazo feroz a la violencia del conflicto.

Para mostrar su oposición al disparate irracional de las guerras, Lewis Mileston adaptó la novela de Erich Maria Remarque y firmó con ello una legendaria película antibelicista, Sin novedad en el frente (1930), donde contaba la experiencia de unos jóvenes estudiantes en el frente en la Primera Guerra Mundial. Y en España, Manolo Matji dio en el clavo con La guerra de los locos (1987) al presentar a los internos de un psiquiátrico junto a un grupo de anarquistas enfrentados a los brutales represores franquistas de la Guerra Civil.