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Los ojos de un cambio revolucionario

Primera antológica de Josep Brangulí, el fotógrafo que fue "notario de Barcelona"

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Josep Brangulí conducía sin miedo su cámara por el Ensanche, el Barrio Gótico y la Ribera en 1909, al tiempo que aprendía y daba sus primeros pasos como fotógrafo. A ciegas reconocía la técnica y encontraba a su paso la complicidad de una población entregada a la imagen y de una ciudad dedicada a la transformación industrial. Barcelona crecía a ritmo de revolución y Brangulí(1879-1945) se estrenaba con un gran reportaje fotográfico: la quema de iglesias en la ciudad, la Semana Trágica, entre el 26 de julio y el 2 de agosto de 1909. De aquellas fotos seleccionó 38, las encuadernó y las vendió como postales a una peseta. Si se quería con derecho a reproducción, cinco pesetas.

Su hijo Joaquim dijo de él que quiso ser 'un notario de Barcelona' y el repertorio sociológico de costumbres, tiendas y personajes de los primeros 20 años del siglo XX hace de aquellas imágenes de encargo un icono universal, que hasta el momento se había enseñado desperdigado. Por primera vez, gracias a la Fundación Telefónica y al Arxiu Nacional de Catalunya (ANC), y después de más de cien años desde que Brangulí tirase sus primeras fotos, se presenta la primera exposición antológica, que descubre a un fotógrafo de carrera prolífica, testigo de los años más convulsos de Barcelona y España.

El archivo, comprado por la Generalitat en 1992 a la familia Brangulí y depositado en el ANC, está compuesto por cerca de un millón de negativos con la firma Brangulí, de los que aproximadamente medio millón se atribuyen a Josep.

La muestra expuesta en la sede de la Gran Vía madrileña, con 300 fotografías, hasta el próximo 30 de enero, coincide con la otra gran antológica de la misma época: Santos Yubero, a menos de cien metros, en la sala Alcalá 31. Ambos pasaron por la Segunda República, ambos por la Guerra Civil, ambos en la retaguardia y en el frente del ejército republicano, ambos en la dictadura. Uno en Barcelona, otro en Madrid. Los dos tragando ante el régimen autoritario y censor que les obligó a depurarse por escrito como fieles al régimen para poder seguir trabajando, para conseguir el carné de fotógrafo y poder retratar la pompa del fascismo de las fuerzas sublevadas. La cintura les hizo convertirse en fotógrafos del régimen y la Historia les ha devuelto la dignidad haciendo de ellos y de sus trabajos un referente contra el olvido.

Cuando el 26 de enero de 1939 entran las tropas franquistas en Barcelona, 15 días después recibe una notificación del Servicio Nacional de Propaganda que le obliga a entregar todos los negativos y copias de las fotografías tomadas desde el 18 de julio de 1936. Brangulí esconde la mayoría y entrega sólo 29 hojas de unos pocos actos. Hoy conservamos más de 5.000 imágenes de aquellos dramáticos días, aunque en la exposición apenas hay referencias a la contienda. Sabemos que tuvo bastantes inconvenientes para ejercer su profesión para las revistas y periódicos en los que colaboraba, tanto por las dificultades de transporte como por la escasez de material fotográfico (esta situación se prolongará hasta su muerte).

Entonces, las imágenes de gestos obligados, el testimonio de la ceremonia franquista, los actos oficiales brazos en alto y una dignidad a prueba de balas... Atrás quedaron las instantáneas de la ciudad que se llena de naves industriales y empuja al país lejos de su oscuridad.

Junto a Josep, sus hijos, siguiéndole en el gran oficio familiar, acompañándole en el último reportaje que haría y con el que se cierra la espléndida exposición de Telefónica. Los tres en el puerto de Barcelona, el 17 de mayo de 1944, acompañando el canje de prisioneros de la Segunda Guerra Mundial entre ingleses, americanos y alemanes.

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