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Cine España no es país para cortos

Este año la única presencia española en la gala de los Óscar viene con el laureado cortometraje 'Timecode', del  director Juanjo Giménez

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Fotograma del cortometraje 'Timecode', de Juanjo Gimenez.

Más de una década ha pasado desde que el cine español lograra por última vez tener presencia en la ceremonia de los Óscar, en la categoría de nominados a mejor película de habla no inglesa. Con la nominación de Mar Adentro en 2004, las apariciones españolas en la ceremonia más prestigiosa del mundo han sido menores o los medios se han encargado de difundir esa idea.

Desde 2004, a pesar del silencio mediático, el cortometraje ha sido el máximo exponente del cine español en los Óscar; con hasta seis cintas de corta duración presentes en la ceremonia angelina. Una de ellas, La dama y la muerte, hizo historia en 2009 al convertirse en el primer corto de animación español en estar nominado a los Óscar.

Euskadi fue la pionera en llegar hasta Los Ángeles, con directores como Nacho Vigalondo o Borja Cobeaga que han alcanzado gran relevancia más tarde en el largometraje.

Este año la única presencia española en la gala de los Óscar vendrá de Catalunya con el laureado cortometraje Timecode, cuyo director Juanjo Giménez se convirtió este año en el único director español galardonado con la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Las quinielas apuntan a que, después de cinco nominaciones, este año sí pueda venir la estatuilla para casa.

El caso de Juanjo Giménez no es excepcional. En los últimos años, la calidad del corto catalán va en aumento. Otra creación catalana como Graffiti quedó este mismo año entre los diez finalistas para los Óscar.

Para la distribuidora de Timecode (Marvin&Wayne) el recibimiento y aplauso de la crítica han sido únicos y su principal éxito se debe a la conexión con el público desde el minuto cero.

La victoria en Cannes hizo el resto y les ahorró la ardua tarea de promoción a la que están acostumbrados, cuenta Pablo Menéndez, uno de los fundadores de la distribuidora: “Lo que suele suceder con otros cortos es que encuentras un montón de dificultades por el camino para darlo a conocer al gran público e incluirlo en festivales. Timecode ha ido siempre por delante de nosotros desde que Juanjo llegó con la noticia de que había inscrito el corto en Cannes el último día de plazo. Que notes desde el primer minuto que la gente conecta con el corto fue realmente espectacular”.

Cartel del cortometraje 'Timecode', de Juanjo Gimenez.

Timecode (disponible en Filmin o Movistar+) sucede en uno de tantos parkings públicos o de centro comercial que frecuentamos a diario. Luna y Diego, dos trabajadores de seguridad del parking, dedican las largas guardias nocturnas a bailar para escapar de la monotonía y la soledad de su trabajo.

Parte del éxito de Timecode, apunta Pablo Menéndez, tiene que ver con el buen sabor de boca que deja en el momento cuasi apocalíptico en el que estamos inmersos: “Es un corto que va muy bien en los tiempos que corren, las películas y cortos que triunfan en festivales suelen ser dramas bastante fuertes. De hecho, en Cannes los otros nueve cortos con los que competíamos eran dramas. Lo que distingue a Timecode es su visión positiva que anima a revelarse contra la rutina diaria y la mierda en la que estamos metidos”, asevera el fundador de Marvin&Wayne.

El éxito de Timecode es la excepción que confirma la regla. Con exiguos apoyos económicos por parte del estado, el corto catalán salió adelante gracias a la colaboración de la Escola de Cinema de Reus donde el director Juanjo Giménez imparte clase.

“El gran problema de los cortos es que la financiación viene a posteriori y que no recuperas lo invertido. En un largometraje después de pasar por taquilla puedes recuperar la inversión, pero en el mundo del cortometraje no hay un mercado donde vender el producto”, explica Pablo Menéndez.

La situación del cortometraje, precaria de por sí, se vio agravada en abril de 2016 debido a una resolución del Consejo de Ministros en la que bloqueaba las ayudas a la producción de cortometrajes. Un total de 700.000 euros que sustentaban un sector cuya dotación presupuestaria se ha reducido en un millón desde 2011, financiando en la actualidad la mitad de proyectos que hace seis años, según datos del ICAA (Instituto de la Cinematografía y de las Artes audiovisuales).

El directo Juanjo Gimenez, con el Goya al mejor corto por 'Tmecode'. EFE

Esa falta de ayudas, que se concentran en apenas 70 proyectos, ha lastrado excesivamente a la industria del cortometraje. Aunque a finales de 2016 el gobierno desbloqueaba las ayudas al corto, gracias a la labor de presión realizada desde la Asociación de la Industria del Cortometraje (AIC).

Desde la asociación tienen la convicción de que la industria se verá mermada a lo largo de 2017: “El bloqueo de ayudas pegó un frenazo a muchísima gente porque en el mundo del corto hasta que no se resuelve la ayuda, no te lanzas a producir si no sabes si tienes el apoyo institucional suficiente para abordar la producción. Ha habido mucha gente que se ha quedado en el camino por miedo y en la cosecha de este año habrá un menor número de cortometrajes producidos, o producidos en unas condiciones peores”.

La dependencia de la financiación, explica el presidente de la AIC Mario Madueño, se antoja fundamental para un sector sumamente desprotegido: “La ley no permite que la inversión pública sea mayor del 50% del coste total de la película, los cortos sí que a veces admiten hasta un 70%, con lo cual la dependencia de la financiación es muy importante. En un largometraje, el Estado financia el 50% pero el resto puede cubrirse con la financiación de una televisión privada o ventas internacionales. Un cortometraje no puede ir a salas y las televisiones no te compran ni siquiera a posteriori. La única televisión que ahora mismo adelanta dinero a los cortometrajistas es Movistar+ y no hace más de diez al año. Entonces la única opción de progresar es a través del éxito en los festivales”.

El desinterés del gobierno central deja en manos de las comunidades autónomas la financiación del cortometraje, generando los habituales desequilibrios entre territorios y creando una España de dos velocidades.

Comunidades como Catalunya, Madrid, Valencia o Andalucía con una política clara de ayudas al cortometraje se ven favorecidas a la hora de recibir la subvención. “Por el hecho de haber recibido una ayuda de una comunidad autónoma recibes más puntos para la subvención estatal. Eso genera una desigualdad tremenda y en Murcia o Cantabria se complica sobremanera la labor de realización de cortometrajes”, sostiene Ismael Martin, responsable del departamento de distribución de la Escuela de Cinematografía y del Audiovisual de la Comunidad de Madrid (ECAM).

Desde su puesto como distribuidor de cortometraje en la ECAM, Ismael ve cómo la falta de apoyos institucionales acaba con las oportunidades para los jóvenes que se forman en las escuelas especializadas repartidas por España y resalta los procesos cada vez más tortuosos a los que se enfrentan para pedir financiación: “Vamos a notar estos años una bajada del nivel de producción de cortometrajes qué va a lastrar bastante el corto español. Estamos notando que los procesos son cada vez más burocráticos y la gente de entrada ni intenta pedir las ayudas. Por ejemplo, se han complicado los procedimientos para pedir la licencia de calificación que acredita el ICAA, sin la cual no contabilizan los cortometrajes realizados, y no sé facilita que la gente joven pide ayudas porque la mayoría van a parar a gente que ya ha recibido subvención anteriormente”.

Juanjo Giménez, Palma de Oro al mejor cortometraje en el Festival de Cannes. REUTERS

Un mero trámite como calificar una obra en el ICAA provoca una distorsión en las cifras de cortometrajes españoles producidos. En muestras como Cortogenia y al Notodofilmfest se presentaron entre 700 y 1.226 cortos respectivamente. A años luz de las 233 cintas que basándonos en el ICAA se realizaron en el año 2015.

Esa abrumadora presencia en festivales va en aumento cada año y ha generado una escena al margen del recorrido comercial. En 2016 las cintas presentadas en festivales se han duplicado y triplicado, pasando de recibir 1500 y 2000 inscripciones a 6000 en un solo año.

A nivel internacional el Festival de Clermont-Ferrand no para de crecer y recibe cerca de 8.000 cortometrajes. Este certamen calificado como uno de los más importantes del mundo, es una guía fundamental para conocer el estado de salud del sector. En el festival galo, España ha sido el quinto país con mayor número de inscripciones (un total de 392).

Entre la ingente cantidad de festivales que computan para los premios Óscar, nuestro país ha logrado colocar (aparte de los Goya) cuatro certámenes ibéricos como el Alcine de Alcalá de Henares, Bilbao, Huesca y Gijón.

Pese a su progresiva proyección internacional, nuestro cortometraje no encuentra salidas comerciales en las salas del cine y en las televisiones. “Estamos encorsetados en los festivales y es urgente buscar nuevas salidas que den visibilidad comercial al corto, ya sean las teles, las salas o las plataformas digitales como Filmin donde hemos conseguido que Timecode sea lo más visto en las tres últimas semanas. Es algo histórico y demuestra que si es accesible, la gente está dispuesta a pagar por ver un corto. Un corto puede funcionar muy bien pero ni siquiera con Timecode hemos conseguido que se exhiba en las salas de cine españolas”, explica uno de los fundadores de Marvin&Wayne.

Frente a la cerrazón de los exhibidores y diseñadores de parrillas televisivas, con la programación anual de cortos nominados a los Óscar que diseñan los cines en Estados Unidos llevan 600.000 dólares recaudados en una semana; y han logrado que Timecode sea exhibido en 200 salas estadounidenses. El año pasado el cómputo total en taquilla alcanzó los tres millones de dólares.

La AIC, como principal voz que aúna al colectivo del cortometraje, también intenta que los directivos de televisiones abran las puertas de sus despachos y adquieran cortometrajes: “Ninguna televisión está dispuesta porque los formatos y las parrillas son específicas, Movistar+ no tiene ese problema y por eso siempre ha apostado por el corto. Las productoras de cine lograron hacer presión al Ministerio de Cultura para que las televisiones tuvieran la obligación de invertir con un 5% en largometrajes. Una parte de ese porcentaje se consiguió que fuera para producir series. La gente del documental está peleando porque en ese porcentaje se les incluya y nosotros estamos en la misma pelea. Todo depende del poder que tengas, Vasile o Carlotti tienen mucho más poder en un Ministerio que nosotros”.

Más allá de las rutas comerciales que abrirían un importante nicho a la industria del cortometraje, distribuidores y asociaciones coinciden en que el principal déficit de España viene de la falta de cultura, y más concretamente del audiovisual, en los planes educativos.

Una de las voces más respetadas en el mundo del cortometraje es Txema Muñoz, director del programa de distribución de cortos del Gobierno Vasco Kimuak, y artífice de haber situado dos cortos vascos por primera vez entre los nominados a los Óscar: “Formar nuevos públicos es muchísimo más fácil y útil si les dan las herramientas. Nunca se ha tomado en serio el audiovisual como arma educativa y herramienta de desarrollo, y en Francia lo llevan instaurando en sus programas educativos desde hace más de medio siglo”.

Ismael Martín, de la Escuela de Cinematografía y del Audiovisual madrileña, lamenta la falta de potenciación de las artes audiovisuales: “Si haciendo muy poco como se está haciendo salen cosas tan buenas, con un poquito más el potencial que tendríamos en este país sería descomunal. A veces siento aquí en la ECAM que somos el Silicon Valley del cine, no para de venir gente con historias y con unas ganas enormes de hacer proyectos. Pero eso no se traduce en que la gente puede entrar a la industria y llegar a vivir de ello.En Francia hay una participación en la educación de todas las entidades que intervienen en el cine, tienen programas para fomentar que vayan al cine y ayudar a que las salas de cine no desaparezcan. En España nos parece totalmente normal que un cine cierre pero en otros países se hace todo lo posible para que no suceda”.

Mientras las instituciones ni estén ni se las espere, el cortometraje quedará relegado a la incansable labor de distribuidores, directores, productores y asociaciones parar dar a conocer el talento autóctono.

Como la plataforma Cinemaattic afincada en Edimburgo que se dedica a dar a conocer el cortometraje español por tierras británicas. Para su director, Rafael Cueto, “exhibir corto español en Reino Unido es sadomasoquismo... o mucha pasión por el corto”. “Hemos conseguido atraer a audiencias más generales que nunca se había interesado por el corto y crear afición donde no la había. El cartel de no hay billetes se ha convertido en la tónica habitual y lo que empezó como una locura de amigos ya se ha expandido a Glasgow y Londres”, añade el director de Cinemaattic.